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crítica

Abel Hernández: Suárez y el Rey

viernes 04 de diciembre de 2009, 19:53h
Abel Hernández: Suárez y el Rey
Espasa-Calpe. Madrid, 2009. 262 páginas. 19,90 €
La personalidad de Adolfo Suárez sigue despertando enorme interés entre los historiadores y quienes no lo son, por su ya acreditada trayectoria política y por la personal tragedia que lleva sufriendo desde hace unos años. Son cientos los libros que con mayor o menor rigor se acercan a su figura para reescribir su tarea política o desvelar los siempre atractivos secretos de la Transición y de quien fue su principal protagonista. Abel Hernández tiene ya en su trayectoria algunos libros publicados y en todos ellos ha acreditado su cercanía moral al ex Presidente, de quien se ha confesado pues admirador.

En este libro, Suárez y el Rey (Editorial Espasa) –galardonado con el Premio Espasa de Ensayo– el propósito del autor era narrar la crónica de la relación personal y política que existió entre ambos y hay que decir que en sus poco más de doscientas páginas revela la notable afinidad que surgió cuando se trataron inicialmente y los vaivenes que esa relación de afecto padeció hasta que el Rey le eligió para ser el artífice del paso de la dictadura a la democracia.

Hernández acierta al diagnosticar que la relación entre ambos empezó a enfriarse cuando Suárez se convirtió en un político de partido y el libro adquiere su mayor intensidad al relatar con minuciosidad la conjura política, social, periodística y militar que en el año 1980 se desencadenó para acabar con Suárez. En este sentido, para el lector que desconozca las claves de aquel tiempo resultará reveladora la actitud tanto de la intransigente derecha española de entonces como la de la impaciente y totalitaria izquierda socialista, quienes –esto lo digo yo– se aprovecharan del malestar militar por cómo se produjo la legalización del Partido Comunista y del implacable terrorismo “etarra”, para ir a la Zarzuela a pregonar un cambio de rumbo, un giro pretendidamente “constitucional”, un golpe de timón, eufemismos todos para describir un golpe de estado con mayor o menor grado de dureza o de supuesto encaje legal.

Abel Hernández consigue que el lector centre su atención en los capítulos relacionados con los preparativos del golpe del 23 de febrero en los que narra lo que aún resulta asombroso: que todo el mundo diera por buena la versión de que había que decirle al Rey, sugerirle al Rey, informarle al Rey…, y que los instigadores de esas iniciativas fueran expertos constitucionalistas, militares disfrazados de corderos, socialistas jugando a “golpistas”, franquistas nostálgicos, políticos de salón y moqueta de la oposición y periodistas de toda condición ideológica, empeñados todos en destruir la figura del primer presidente constitucional desde la muerte de Franco. Para el lector menos avezado en ese periodo histórico resultarán reveladoras frases como que “Felipe González le contó al Rey lo que había tramado en Lérida” (pág. 147), y que “Carlos Ollero –a instancias de los socialistas– habló en Marivent durante el verano de 1980 con el Rey para que echara a Suárez y formara un gobierno de gestión” (pág. 148).

Abel Hernández se ciñe al maridaje entre sus fuentes, que son todas personas del entorno político del entonces presidente –con distinto grado de interés o de fiabilidad– y por ello hay que lamentar que en más de una ocasión se eche en falta el criterio del autor para pulir y depurar algunos episodios o lugares comunes narrados en otros trabajos de mayor oportunismo y menor afinidad con el ex presidente. Se entiende mal que en un libro de ensayo histórico el autor reitere el uso del término “parece”, como cuando está describiendo cómo se entera don Juan Carlos de que Franco le ha designado sucesor a título de Rey; así, afirma: “Parece que esto ocurre el 15 de julio…” (pág. 53). Tampoco es muy afortunada la expresión cuando, en la página 130, escribe: “Algunos aventuran incluso que esa [se refiere a la negativa a entrar en la OTAN] fue la principal razón de fondo de la caída de Suárez, aunque no parece”.

La descripción de las razones del distanciamiento entre ambos personajes está argumentada. Menos, el relato del proceso de concesión del título de Duque de Suárez, que adolece de estar basada en testimonios algo ligeros.

Como conclusión, Suárez y el Rey es un libro que nos permite mantener viva la memoria de uno de los momentos más apasionantes de la reciente historia de España y que sin pretensiones de rigor histórico, está escrito con oficio, para que una vez más comprobemos la generosidad de la que hicieron gala algunos de los personajes en él reflejados. El título y la portada son uno de sus grandes atractivos, aunque ésta ha tenido que ser cambiada en una nueva edición, al no habérsele pedido permiso al autor de tan bella imagen: ni más ni menos que el propio Adolfo Suárez Illana, hijo del ex presidente y que por ella mereció el Premio Ortega y Gasset.

Por Carlos Abella

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