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Literatura panhispánica

martes 08 de diciembre de 2009, 16:28h
En un libro de ensayos de 1991, Patrias imaginarias, el novelista anglo-hindú Salman Rushdie se planteaba el significado del concepto “Literatura de la comunidad británica”. Llegaba a la conclusión de que no incluía la escrita por los ingleses, puesto que se trataba de un corpus literario creado, en lengua inglesa, por personas que no son ingleses blancos, o irlandeses, o ciudadanos de los Estados Unidos de América.

Naturalmente no se trata de que haya diferencia lingüística alguna. El autor de Los versos satánicos observa que, al referirse a la literatura de la comunidad británica, nadie se plantea que pudiera escribirse en lengua distinta a la inglesa. Incluso asegura que, pese a ofrecer la más novedosa literatura en inglés, el marbete no se inventó para destacar su calidad, sino para crear un gueto, para situar la literatura de la comunidad británica como algo distinto y por debajo de la inglesa.

Más allá de la posible postura militante de Rushdie —postura que, por otra parte, sería lícita—, lo que debe interesarnos es si distinción similar pudiera o no aplicarse a la literatura en español. ¿Qué entenderíamos por una expresión como “Literatura de la comunidad hispánica”? Un libro de Carlos Fuentes sobre los novelistas que sustentaban el famoso boom de la novela hispanoamericana, publicado en México hace ya más de treinta años, incluía en la nómina al español Juan Goytisolo y le dedicaba un capítulo. Fue un síntoma de nuestra manera de considerar la literatura moderna de España y de Hispanoamérica.

Una de las características más atractivas de la cultura hispánica es la unidad de su variedad. Todos nuestros creadores trabajan sintiéndose miembros de una comunidad más amplia que la administrativa o política y cuyos límites están marcados por la extensión de la lengua española. No hay poeta, novelista, pensador hispanoamericano que ignore cuanto de interés se produce actualmente en España, ni español que no siga, si le preocupa lo literario, la actividad intelectual americana. El sentido nacional se borra de la consideración de la escritura para imponerse el sentido lingüístico (la lengua como patria del poeta, que hubiera escrito Cernuda), y eso que la literatura fue, desde el Romanticismo, vehículo par la constitución de la esencial patrias, Incluso hay un sentido superior matizado, porque los exiliados de los años cuarenta supieron integrar libros en otras lenguas peninsulares y los mejores escritores en dichas lenguas —me temo que con el dolor de los políticos— se saben hoy partícipes y protagonistas de la cultura en español.

El dominicano Max Henríquez Ureña publicó, al final del primer tercio del siglo XX, un libro que buscaba definir una nueva situación histórico-literaria con un título brillante. El retorno de los galeones. Veía en el Modernismo la devolución que hacía América a España de su esfuerzo de civilización. Más allá de lo acertado o no de la propuesta, lo importante es que el autor fue el primero en concebir la cultura hispánica como unidad basada en la ida y la vuelta, en el trueque continuo de invenciones estéticas que permite fijar valores compartibles.

Cuando algún crítico busca proyectar sobre la literatura de nuestros países la teoría anglosajona del poscolonialismo, sólo puedo pensar en un comportamiento abusivo. Sobre todo si pensamos que ello supone cuestionar los valores heredados que se vienen considerando propios. La unidad de la literatura hispánica es un beneficio para todos pero, además, es que no podríamos ya concebir otra cosa.
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