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Director de orquesta

Rubén Gimeno: "La educación musical sigue siendo nuestra asignatura pendiente"

viernes 11 de diciembre de 2009, 18:14h
Rubén Gimeno, Director Titular de la Orquesta Sinfónica del Vallés, es uno de los jóvenes directores de orquesta españoles que han tomado con fuerza el relevo generacional, valores en alza que ya cotizan muy alto al frente de de las orquestas de importantes teatros en todo el mundo. El pasado 10 de diciembre, Gimeno dirigió en Praga un emotivo concierto homenaje a Joaquín Rodrigo, organizado por la Embajada de España, y al que no faltaron la hija y la nieta del genial compositor.
Acaba de dirigir en Praga un concierto con música de Joaquín Rodrigo. ¿Cuál es la diferencia, si la hay, entre dirigir en un país o en otro?
Yo no diría tanto de país a país. Ya de orquesta a orquesta, encuentras mucha diferencia. Es obvio que son culturas diferentes pero, al final, también en este mundo globalizado todos hemos vivido o conocido otras culturas. La mayor diferencia es de una orquesta a otra, más que de un país a otro. Lo que sí considero importante es sentirte familiar con el idioma del texto a la hora de dirigir una ópera, porque me gusta entrar en la visión dramática del personaje.

En la formación de los directores de orquesta, lo normal siempre ha sido tener que salir fuera de nuestro país. Usted mismo, estudió primero en Maryland con James Ross y más tarde en Estocolmo. ¿Sigue siendo tan difícil formarse en España o, en su opinión, es algo que ya está cambiando?
Afortunadamente. empieza a cambiar. Lo que pasa es que hay que tener en cuenta que un director de orquesta no puede practicar con su instrumento en casa todos los días, por eso el proceso de aprendizaje es más lento y, obviamente, requiere por parte del centro medios, básicamente dinero, porque tienes que conseguir una orquesta con regularidad. Esto aquí, en España, hasta ahora no era posible. Ahora ya está cambiando y hay centros en España en los que se puede estudiar. Pero otros países nos llevan la delantera, como por ejemplo los países escandinavos en los que hay una gran tradición y Estados Unidos, que es un país con muchos medios, que puede invertir en la formación que un director de orquesta requiere, que asumo que es extremadamente caro formar a un director.

Lo cierto es que cada vez se habla más de esta nueva generación de directores de orquesta y que hasta ahora nunca había existido una concentración tan alta de batutas jóvenes como titulares de orquesta en nuestro país. ¿A qué cree que se debe este importante hecho?
Yo creo que al final se está viendo el resultado de estos últimos veinticinco años de eclosión de la música clásica y sinfónica con la creación de nuevas orquestas, ahora también con gente de mi generación que empezamos como instrumentistas y nos hemos pasado al lado de la dirección. También creo que es una época, a lo mejor, de cambio generacional, también de algún modo natural. En todo caso, tiene mucho que ver con el hecho de que hace cuarenta años había muy pocas orquestas que dirigir en España y ahora hay muchísimas, con lo cual, de nuevo volvemos a lo mismo. Los directores necesitamos orquestas y ahora hay más posibilidades de orquestas para dirigir, así que somos más.

Y en lo que se refiere a la educación musical en los colegios, ¿cree que sigue siendo una asignatura pendiente en España?
Absolutamente. Yo creo que la única manera de que la música clásica siga estando vigente es que esté de verdad integrada en el sistema educativo desde el principio, es la única manera de que no sea algo extraño. Luego no nos puede extrañar que alguien tenga miedo o le falte la curiosidad por conocer un mundo que no conoce a determinada edad. Si es algo natural, simplemente ni te lo planteas y esto es algo en lo que desafortunadamente también hay otros países que nos llevan la delantera.

En su nuevo cargo de director titular de la Orquesta Sinfónica del Vallés ha afirmado que la nueva programación es una auténtica declaración de intenciones, que pretende estar más cerca del público, romper barreras y eliminar fronteras. ¿En qué forma afronta la realización de estos objetivos?
En muchos modos. Primero, a nadie se le cuestiona si vas a un museo. Nadie te va a juzgar porque se piensa que puedes entender un cuadro de Velázquez. Sin embargo, con un concierto te da más reparo con la típica frase de que no lo entiendo o no lo voy a saber apreciar. Pero no. Obviamente es arte, pero hay muchos niveles a los que uno puede disfrutar y el grado en que uno disfruta en muchas ocasiones no va ligado a lo que se entiende. Le puedo asegurar que muchas veces sufro yo más en un concierto que alguien que simplemente va a estar relajado, con el oído bien abierto para disfrutar. Pero muchas veces el miedo a lo desconocido hace que la gente no vaya, con lo cual es una barrera que tenemos que lograr romper, sobre todo, en relación a la gente más joven. Y luego, la cercanía, sé que no somos los únicos en hacerlo, pero yo este año en algunos conciertos he hecho una pequeña presentación del concierto, pero no tanto encaminada a un concepto, digamos musicológico de la obra, sino detalles que a lo mejor ayuden un poco más al público a entrar en la atmosfera del concierto, pequeñas anécdotas, algo que en definitiva rompa un poco ese hielo, esa tensión que hay al principio y que es curioso, pero basta una palabra, un buenas noches, para relajar al público porque también tiene tensión y, al final, tú también te relajas y has establecido una relación un poco más personal.

Hábleme, por ejemplo, del proyecto de “Las sillas vacías”. ¿En qué consiste concretamente y cómo lo ha recibido el público?
Es la forma para que la gente pueda vivir un poco la experiencia desde dentro, que también es muy diferente. Es algo nuevo, la orquesta lo había hecho como experiencia piloto en conciertos de universidades en los que invitaban si alguien quería ir y unirse a ellos, pero nunca de un modo dirigido al público de concierto y yo creo que no se había hecho como experiencia. Entonces pensamos que desde este lado voyeur que tenemos, que nos gusta ver desde dentro, a veces, ver todo cómo se cocina, e igual que ahora hay restaurantes en los que puedes comer en la cocina, esto es como comer dentro de la orquesta. Y a la gente le ha gustado muchísimo, de hecho, me decían también que además me habían podido por fin ver la cara porque la espalda ya me la conocían, pero nada más. También luego entran en los camerinos, ven cómo se prepara un músico, han venido a hablar conmigo antes del concierto y después, y les ayuda un poco a entenderlo mejor y yo creo que lo han disfrutado.

En su opinión, ¿es posible hacer más cercana la clásica figura del director de orquesta subido en una tarima y dando la espalda al público?
Yo creo que sí, porque aparte de todo es una relación que es como estar en una cena con personas que ni siquiera te han presentado, toda la noche estamos compartiendo una cena pero falta algo ahí. Y el público es fiel a toda la temporada nuestra y, sin embargo, nunca ha tenido la oportunidad de sentirse algo más cercano, de romper esa barrera platea-escenario.

Rubén Gimeno. Desde pequeño y por el ambiente que se vivía en su casa, siempre tuvo claro que se quería dedicar a la música. Sin embargo, la dirección de orquesta surgió cuando ya era violinista en la Joven Orquesta de Galicia. ¿Cómo surgió esa vocación tardía?
Es una vocación, como muchísimas cosas que han pasado en mi vida, de casualidad o, a veces, pienso que son una casualidad premeditada. Simplemente me hice cargo de la Orquesta joven de Galicia como director artístico a la vez que estaba como violinista y entonces ahí empiezas un poco. Un día diriges un pequeño grupo por necesidad y, poco a poco, te entra el gusanillo, y luego me ofrecieron una beca para ir a Estados Unidos y podía haber dicho que no, pero dije que sí. Y de ese sí, en plan bueno, por qué no, se ha abierto un camino en mi vida que antes me habría parecido imposible.

Su nombre ya es un claro referente como director joven con gran proyección de futuro por sus cualidades técnicas y artísticas. ¿Cuáles son sus proyectos más inmediatos?
Ahora la Orquesta del Vallés es una parte muy importante por lo que significa el cambio, porque no es lo mismo sentirse responsable una semana como director invitado que tener la oportunidad de estar en un proyecto que crezca contigo con cosas que a lo mejor uno tiene en mente, pero que en el trabajo en una orquesta no puedes llegar a desarrollar, pero ahora me hace mucha ilusión poder explorar en ese campo y ver dónde somos capaces de llegar juntos, aparte de consolidar las relaciones que afortunadamente estoy teniendo con las orquestas para las que ya he trabajado. A algunas de ellas regreso en las próximas temporadas y siempre son retos, porque a lo mejor la primera semana ha ido más o menos bien, pero luego la gente te exige cada vez más y entonces tú también te exiges más y es mayor responsabilidad.

¿Y sus metas a un plazo más largo?
Me ilusiona, por ejemplo, el hecho de volver a la Orquesta de Valencia, porque yo soy valenciano, pero aparte fui un músico de la orquesta y ver que la relación con la orquesta se va desarrollando y tengo que volver el año que viene, me hace especial ilusión.

Con motivo de la llegada de Gerard Mortier al Teatro Real y la extinción del contrato del actual director musical, Jesús López Cobos, éste ha declarado que será la segunda vez que tenga que marcharse de España por culpa de una forma de trabajar en la que no tienen cabida los proyectos a largo plazo. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
Obviamente el maestro López Cobos puede hablar desde su prisma de su larguísima vida como director de orquesta y seguro que los proyectos, precisamente por su propia experiencia, han sido proyectos más longevos. También es verdad que yo creo que hoy en día todo va muy rápido y las etapas se queman antes, aunque para nada digo que su etapa estuviera agotada, pero somos más impacientes. Va a ser difícil ver ahora un Seiji Ozawa siendo treinta años director de Boston o alguien que está en el Metropolitan como James Levine otros treinta años o un Karajan, aun si bien es cierto que estas orquestas tienden a tener relaciones más largas por su propia tradición, pero vamos muy rápido y la inmediatez no sólo la vivimos aquí, por ejemplo la vemos también en el deporte, donde a lo mejor en el segundo partido un entrenador ya no vale. Y en ese sentido, probablemente, un teatro no sea más que el reflejo del ritmo al que vive la sociedad, pero sí que tengo que destacar que conozco a López Cobos personalmente, he trabajado con él y quiero destacar su profunda honestidad y respeto hacia el trabajo, su profesión y su total entrega.