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crítica

San Martín: un hombre silencioso, un héroe americano

viernes 11 de diciembre de 2009, 22:36h
John Lynch, San Martín. Soldado argentino, héroe americano. Traducción de Alejandra Chaparro. Crítica. Barcelona, 2009. 416 páginas. 28 €
La historia argentina en los textos escolares ha sido escrita, hasta la reforma curricular de 1979, en clave militar antes que en término de ideas. En esta lectura particular del pasado de aquel país, analizado por un grupo de historiadores encabezado por Luis Alberto Romero, José de San Martín se ubica en lo más alto del podio de los héroes nacionales. Imagen congelada en la célebre estatua ecuestre que inmortaliza el instante en que el prócer apunta con su sable en alto el sendero de la cruzada libertadora.

Los detalles de las campañas militares emprendidas por San Martín son descritos en estos textos de manera minuciosa. Allí, el carácter de prohombre máximo de la nacionalidad se agiganta gracias a su visión americanista de la independencia, en la medida en que decide luchar por la independencia de los países vecinos, un desprendimiento análogo con la generosidad que caracterizaría a la nación argentina. Sin duda el relato acabado que se escribió en los textos escolares ayudó a naturalizar la figura de un prócer ajeno a las debilidades humanas, rasgo que, si bien contribuiría a ubicarlo en la cima del panteón de los héroes, también habría de alejarlo de las tensiones que permean las relaciones sociales.

El “Santo de la Espada” no es sólo el epíteto inherente a José de San Martín, es la construcción simbólica que impide leer la campaña libertadora desde una perspectiva de análisis que pueda contribuir a desmantelar la imagen monolítica tejida en torno a la figura de El Libertador. La semblanza de San Martín escrita por John Lynch, vendría a saldar este sesgo. En efecto, San Martín. Soldado argentino, héroe americano, deja entrever algunos rasgos de la personalidad de esta figura clave en la historia americana que, aunque lo alejan de la hagiografía, invitan al lector a deconstruir la epopeya y a analizar sus contradicciones.

A lo largo de las 416 páginas, John Lynch –profesor emérito de la Universidad de Londres y director de su Instituto de Historia de América Latina– relata la biografía de un héroe verdadero –en términos de Umberto Eco–, es decir, de aquél que lo es siempre por error, que no se vanagloria de su muerte ni de la ajena y que no se arrepiente pero que sufre en silencio. El héroe que define Eco y que coincide con la biografía de San Martín sólo es un hombre común que supo actuar con dignidad y coraje bajo el imperio de las circunstancias. “La desgracia de ser un hombre público, sí amigo mío, la desgracia porque estoy convencido de que serás lo que hay que ser, si no, no eres nada”, resume la pesadumbre con la que el Libertador debe afrontar la fatalidad de tener que ser héroe.

Pero el San Martín de Lynch también es reconstruido gracias al testimonio de los amigos del prócer, muchos de los cuales son británicos como William Bowles, Basil Hall y William Miller; argentinos como Tomás Guido o chilenos como Bernardo O’Higgins. En rigor, la mirada británica es clave en la biografía que delinea Lynch sobre San Martín, tanto así que hasta llega a preguntarse quién fue el verdadero autor del “Plan continental”. La respuesta, si bien es categórica, (“Él [San Martín] fue sin duda el autor”), el hecho de que el historiador británico cite la tesis de Rodolfo Terragno acerca de que el Plan continental habría sido obra de un oficial militar escocés de alto rango, se postula como una estrategia del autor para abonar la controversia.

Cabe destacar que, de los anglosajones, el testimonio más importante surge de la pluma de William Miller (1795-1861), soldado de importante desempeño en las guerras por la Independencia americana cuyas memorias fueron publicadas por su hermano John en 1827 y cuyo relato ha sido una fuente bibliográfica clave a la que Lynch recurrió para delinear la biografía sanmartiniana con rigor intelectual.

Pero a la par de los amigos ingleses, también son muy importantes las acciones de los personajes antagónicos tales como Bernardino Rivadavia, Carlos de Alvear o Cochrane, entre otros, que son quienes contribuyen a descalificar al prócer pero que a la vez lo fortalecen porque lo obligan a encontrar soluciones a los conflictos desencadenados por ellos. Véase con atención la confesión de puño y letra de José de San Martín ante la desilusión sufrida por la ausencia de respaldo del gobierno de Buenos Aires:

“Se me ha abandonado y comprometido del modo más inaudito. Yo bien sabía que ínterin estuviese al frente de estas tropas no solamente no se haría la expedición de Chile, sino que no sería auxiliado, así es que mis renuncias han sido repetidas no tanto por mi salud atrasada cuanto por las razones expuestas… San Martín será siempre un sospechoso en su país y por esto mi resolución está tomada: yo no espero más que se cierre la cordillera para sepultarme en un rincón en que nadie sepa de mi existencia; y sólo saldré de él para ponerme al frente de una partida de gauchos si los matuchos me invaden”.

El párrafo que antecede no es sino una muestra elocuente de las contradicciones de un hombre común que supo que su fatalidad estaba signada por el cumplimiento inclaudicable de la empresa libertadora para la cual estaba destinado. Paradójicamente, el prohombre máximo de los argentinos afrontaba con pesar el hecho de saberse un extranjero en su propio país.

Puede que la prosa, en algunos momentos lenta, de Lynch pretenda acompañar un rasgo característico de la personalidad sanmartiniana: su mesura. En efecto, la prudencia, junto a un indeclinable sentido del deber y una capacidad de liderazgo natural, fueron el Norte que guiaron las acciones del Protector de Lima. Unos rasgos de carácter que no impidieron, sin embargo, que fuera tildado de irresoluto, despiadado, y aun traidor, por sus detractores. A pesar de lo que puede suponerse en primera instancia, éstas y otras contradicciones no menosprecian la grandeza del prócer, por el contrario enriquecen su semblanza, pues contribuyen a elaborar una imagen más humana del Libertador, a la vez que fortalece la estatura del héroe.

En definitiva, el libro San Martín. Soldado argentino, héroe americano, no decepciona, por el contrario, invita al lector a continuar indagando en la riqueza de una personalidad fascinante –véase la profusa bibliografía al final– que, como toda personalidad que ha marcado un hito en la historia y, a pesar de su preferencia por el laconismo y el exilio, ha dado y dará todavía mucho que hablar.

Por Verónica Meo Laos
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