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la escasa retribución, su escollo

Usted los ha leído: así son los traductores de los grandes de la literatura

sábado 19 de diciembre de 2009, 20:37h
Llevan tras de sí la responsabilidad de adaptar obras literarias de calado a una lengua diferente a la original. El lector rara vez los tiene en cuenta y las editoriales pecan de descuidarlos. La realidad es que el oficio de traductor literario en España no remonta. Los que hacen posible la lectura en castellano de las obras de Orhan Pamuk, Ismail Kadaré, Günter Grass o Salman Rushdie, explican por qué.
Dedicarse a la traducción literaria en España no deja de ser una opción arriesgada. Los datos del Segundo Libro Blanco sobre la Traducción Editorial dicen que sólo un 6,8 por ciento de los traductores vive exclusivamente de adaptar libros. El resto compagina esta labor con otro tipo de traducción, como comercial o para prensa, así como con la docencia, entre otras cosas.

La escasa retribución del trabajo confirma la razón por la que los traductores dedicados en exclusiva a esta labor son una minoría. Así, para un 55,4 por ciento de estos profesionales, los ingresos de la traducción de libros suponen menos del 25 por ciento del total. Su media de ingresos brutos en 2008 fue de 10.854 euros.

El cumplimiento de la Ley de Propiedad Intelectual, la relación con las editoriales y su reconocimiento pleno son otras dificultades con las que se topan. Miguel Sáenz, traductor de Günter Grass, Salman Rushdie o Thomas Bernhard, lo tiene claro: “Esta profesión exige un alto grado de masoquismo”. Algo en lo que coincide Ramón Sánchez Lizarralde, traductor de toda la obra de Ismail Kadaré, cuando afirma que el problema de la profesión radica en su “alto grado de invisibilidad” y en la “condición de prescindible”.

No está reconocida ni valorada. Así lo sostiene la mayoría de los estos profesionales cuando habla de su oficio. Lo dicen, entre otros, Carmen Francí, traductora y secretaria general de ACETT Traductores, y Rafael Carpintero, traductor de la obra de Orhan Pamuk. “En el mejor de los casos, se nos considera un copista o un imitador del original”, cuenta María de las Nieves Muñiz, catedrática de la Universidad de Barcelona y traductora de los Cantos de Leopardi. “Los lectores no nos tienen en cuenta, para la crítica somos inexistentes y para algunos editores una carga económica que hay que reducir a toda costa”, dice Juan de Sola, traductor de Bertol Bretch o Joseph Roth. En los mismos términos reflexiona Sáenz cuando afirma que el traductor es “invisible” para el público y un “infraser” para el editor. La razón de esta aparente mala relación con la figura del editor la explica María Teresa Gallego, traductora de Amin Maalouf, Jonathan Little o Émile Zola y presidenta de la ACETT: “Hay editores que respetan la Ley de Propiedad Intelectual –por la que el traductor es considerado autor de obra derivada- y otros que consideran la traducción un coste del producto que intentan que sea lo más pequeño posible”.

Los datos aportados por el Segundo Libro Blanco sobre la Traducción Editorial dicen que el 27, 2 por ciento de los traductores trabajó sin contrato en la última adaptación que realizaron en 2008, mientras que del 72,8 que sí lo tuvo, el 40,6 eran ilegal. Del 11,7 legal, un 8 por ciento eran contratos abusivos. Gallego afirma que encuentran dificultades "a la hora de pactar sus condiciones laborales, ya que las editoriales que no respetan la Ley de Propiedad Intelectual pagan remuneraciones escasas". Además, afirma la representante de ACETT, "cuando las pagan puede suceder que el desembolso se haga meses después de haber entregado el trabajo e, incluso, en algunos casos, que no paguen y haya que recurrir a una demanda judicial". Una afirmación a la que se suma Francí cuando añade la necesidad de que "se contemple un porcentaje de derechos de autor que no viole la ley y tarifas que permitan vivir de la traducción literaria".

A la lucha para que su labor sea reconocida en lo profesional y en lo económico, se unen las exigencias propias de todo trabajo intelectual. Pese a que su dedicación varía según sean traductores esporádicos o intensivos, todos comparten la obligación de imponerse un alto grado de concentración, una continuidad de horas dedicadas y un reciclaje permanente del lenguaje. Aunque el ritmo de trabajo lo marca la fecha de entrega del texto que, según cuentan, no siempre se ajusta a lo razonable, el método de trabajo varía en cada uno. Carpintero lo explica: “Hay quien lee atentamente el libro a traducir antes de empezar y quien prefiere no hacerlo para mantener la intriga”. A estos perfiles se unen, según relata el traductor de Pamuk, “quienes quieren saberlo todo sobre el autor, hasta el punto de llegar a tener un retrato sobre la mesa, y quien opina que esto interfiere en la interpretación de la obra”. Sobre la exigencia de cada texto, Lizarralde comenta que los hay que “pueden traducirse de corrido y otros que requieren consultas constantes y cavilaciones sobre palabras, frases, neologismos o jergas”.

La cantidad de horas dedicadas tienen como meta lograr que "al texto traducido no se le note que está", según José Luis Moralejo, Premio Nacional a la Mejor Traducción 2009 por su adaptación de Sátiras. Epístola. Arte poética de Horacio. Para lograrlo, lo pueden llegar a leer infinitas veces, aunque también se puede dar el caso de que comiencen a trabajar sin haber leído el original ni una vez. “La lectura del traductor es una de más atentas y exigentes”, comenta Lizarralde, quien añade que “sin comprender a fondo los juegos verbales y captar los matices, es imposible pretender siquiera volver a producirlos en la lengua en la que el traductor escribe”.

A la pregunta de si los originales ganan, los traductores discrepan. Sáenz afirma que “suelen ganar", aunque reconoce que "puede haber casos que desmerezcan”. Lizarralde confiesa que “se hace difícil conseguir resultados equiparables, aunque a veces se consigue” mientras que Francí afirma convencida que hay traducciones que mejoran el original. Gallego opina que en la traducción “siempre se pierde algo” y Moraleja sostiene que “una versión moderna de un poeta antiguo es como un reportaje sobre flores filmado en blanco y negro o como una fuga de Bach tocada con un acordeón”. Por último, Carpintero cita a Lefevere para responder: “Para los lectores que no pueden contrastar la traducción con el original, la traducción es, sencillamente, el original”.

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