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Ventanas a la realidad

domingo 02 de marzo de 2008, 20:47h
La realidad y la estructura misma de la vida son tan complicadas que resulta casi imposible abarcarlas en su totalidad. Nuestro humilde cerebro tiende al infinito, vive sumido en una búsqueda continua de respuestas imposibles, pero choca siempre con el duro muro de sus limitaciones. Inconscientemente, vivimos cada segundo de nuestra existencia tratando de resolver un problema existencial del que no alcanzamos ni a plantear la incógnita. Es por ello que necesitamos simplificar las cosas, desmenuzar lo cotidiano y crear marcos referenciales a los que aferrarnos como a un débil candil que ilumine un trocito de la inmensa oscuridad que nos rodea.


La sociedad actual nos obliga a ampliar nuestra experiencia vital, a globalizarla hasta límites insospechados. Sin embargo, la mayoría de las personas no podemos permitirnos tener un conocimiento directo de todo cuando acontece en el mundo y nos sentimos obligados a conocer. Aquí entran en juego los medios de comunicación, la ‘ventana’ a esa realidad, el ojo de buey que nos permite expandir nuestra día a día. Sin embargo, y aquí radica la trampa, esa ventana a la realidad es ficticia. Por ejemplo, no todo el mundo ha estado en Nueva York, pero todo el mundo ‘debe’ conocerla, así que no tenemos más remedio que asumir una Nueva York simbólica en nuestra cabeza, construida a través de los millones de imágenes que todas las películas, series, reportajes o noticias que hemos visto a lo largo de nuestra vida han volcado en nuestra mente.


De esta manera, vamos construyendo la realidad sumando las experiencias propias a las experiencias que nos transmiten los medios de comunicación, hasta el punto que acabamos confundiendo ambas fuentes. De hecho, muchas veces resulta difícil distinguir entre nuestros propios criterios y aquellos que los medios han ido introduciendo en nuestro esquema mental del mundo. Lo que vemos a través del cristal no es la realidad, sino, en el mejor de los casos, un cuadro aproximado de la misma. En el peor, una mentira con la que manipularnos.
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