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Un año nada imparcial

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Hace un año comencé mi colaboración con este diario y empezaba sobrando. Consciente de las cientos de plumas que se explayan a gusto en los periódicos y revistas de este país, venía yo a sumarme al arte de la doxología justo en la época en que los blogs se multiplican y en el que las nuevas tecnologías han creado mil esquinas y altavoces en los que opinar y ser escuchado.

Entonces percibí como un lujo poco merecido esta oportunidad de escribir y ser leída en este rincón digital, mi Caja de los truenos en El Imparcial. Un año después, la experiencia me deja una reflexión muy personal. Es cierto que sobra quien opine, es cierto que mis opiniones, muchas insustanciales, muchas seguramente equivocadas, muchas apresuradas por la inmediatez de los acontecimientos, a veces pasionales y viscerales, todas ellas serán tan efímeras como el verso dicho al aire o la palabra al viento, pero mi experiencia de doxóloga, visto desde el punto de vista de la narradora, me habla de otro acontecimiento mucho más profundo, el de la escritura cotidiana.

Un año escribiendo, un año enfrentada cada semana a la página en blanco, un año pensando toda la semana cuál de los rayos y centellas que pasaban por mi cabeza merecía ser desarrollada y escrita. Un año pensando, pero pensando de un modo nuevo: pensar para escribir. Pensar puede ser un verbo transitivo e intransitivo; cuando lo tomamos como transitivo, si lo unimos al papel y la pluma, es un pensar que se refuerza, que se estructura y argumenta para ser más comunicativo.

Lo visceral, lo pasional y lo inconsciente se vuelven blancos del dardo de la escritura. Atrapar un relámpago y no dejar volar las palabras que pasan un día, a cualquier hora, en cualquier circunstancia, ver la luz y no dejar que simplemente fluya sino asirla para que permanezca un rato más y poder escribirlo. Pensar para escribir.

Los relámpagos quedan encadenados y se convierten en corriente. Un pensar productivo y reproductivo, cada semana con una idea, una luz, un trueno capturado.

Como lectora no puedo hacer evaluación de este año. Como doxóloga, lo dejo a los que disienten o asienten mis propuestas y en cada ocasión que lo consideran me lo dejan saber. Pero como escritora sí puedo decir, sí puedo seguir diciendo sobre la satisfacción de compartir las tormentas que forman mi cotidianeidad y que gracias a esta caja de truenos, superada la vergüenza y la timidez, han pasado de la esfera privada a la pública, en un nuevo ejercicio apasionante que amplía la mayoría de edad kantiana, mi mayoría de edad, en la que el sapere aude da paso a la comunicación pública, a compartir lo vivido y sentido en la intimidad en este espacio que es El Imparcial y su propagación por la red.

Tras un año nada imparcial, sólo me queda dejar por escrito mi alegría por poder escribir, mi gratitud por lo compartido y por lo permitido y fomentado, por la libertad ejercida y posibilitada y sobre todo, por la libertad compartida.
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