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García Lorca y su muerte: un testimonio singular

lunes 04 de enero de 2010, 19:33h
Cuarenta años separan la trascripción de una conversación mantenida en la terraza de un bar de Punta Umbría (Huelva) en un mediodía del verano de 1970, entre D. Alfonso García Valdecasas y cuatro personas más. En la hermenéutica de la historiografía más canónica medio siglo es el mínimo plazo temporal para que un acontecimiento pueda entrar con propiedad irrefragable en el campo de Clío y sus servidores. Por desgracia, otro de los requisitos indispensables, el refrendo de los protagonistas o testigos directos, es ya imposible de obtenerse, pues han desaparecido D. Alfonso García Valdecasas y D. Vicente Cacho Viu., principal colocutor en aquella ocasión del inolvidable intelectual y político granadino, con la intervención muy esporádica del abajo firmante, su esposa y un notario sevillano que residenciara, al correr de los días, su despacho profesional en la capital de Navarra. Aun así, dada la gran trascendencia del contenido de dicha conversación merece que éste sea conocido de la opinión pública.

Como recordarán algunos de los integrantes de la tercera edad, al término de los treinta años de la guerra civil y con los diques de la censura franquista ya muy disminuidos, alzaron el vuelo controversias de amplio radio y gran intensidad sobre aspectos significativos y enjundiosos de la tragedia de 1936. El asesinato de García Lorca en la Granada de los primeros días de la contienda centró una de las principales. Un actor de excepción, el poeta Luis Rosales, antiguo y destacado falangista, la galvanizó y protagonizó en ancha medida, exceptuando de la alevosa ejecución toda participación familiar y militante. In media re de la mencionada polémica y a requerimiento del descollante contemporaneísta y universitario de excepción, V. Cacho, D. Alfonso desgranó pausada pero trementemente lo que él vio y vivió en dichas horas en la ciudad del Genil. Como acompañante de D. Manuel de Falla en la visita que éste hiciera al gobernador designado por los sublevados después del falangista José Valdés Guzmán, el teniente coronel Velasco, a fin de indagar la suerte del autor de Romancero Gitano, aquél se autoexculpó de cualquier responsabilidad en el destino de Federico, acerca del que no aportó detalle alguno. Empero, manifestó a sus interlocutores que él podría justificar el asesinato del poeta, en los momentos efervescentes del desencadenamiento de la guerra, por su autoría del “Romance de la Guardia Civil española”. Al replicarle Valdecasas que a García Lorca también se debían los versos “¡Ay Federico García / llama a la Guardia Civil”, como símbolo de justicia, legitimidad, derecho y orden, el gobernador “empalideció; y desde ese instante, supe que Federico había sido fusilado”.

Relata, referro, D. Alfonso, impar conocedor de García Lorca y “su” Granada y falangista encumbrado en la época por su estrecha amistad con José Antonio, se extendería después en punto a pormenores muy sabrosos y, tal vez, de enjundia histórica acerca de las elites y grupos políticos de la ciudad de los Cármenes en las vísperas del 18 de julio de 1936 así como de los motivos que impulsaran a Falla, hombre de hondas convicciones religiosas, a preocuparse vivamente por su amigo Federico en la apertura siniestra de la hecatombe. Nada de ello, sin embargo, conectaba esencial y directamente con el asesinato del autor de Mariana Pineda y, por ende, no tiene cabida en una nota ocasionada tan sólo por la estridente disputa mediática del día en torno a García Lorca y su osario, estridencia que, afortunadamente, halla un estimulante contrapunto en la indeficiente dignidad de la familia de la figura más conocida de la Generación del 27.
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