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crítica

Antony Beevor: El Día D. La batalla de Normandía

viernes 08 de enero de 2010, 23:50h
Antony Beevor: El Día D. La batalla de Normandía. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda. Crítica. Madrid, 2009. 704 páginas. 29,00 €
De todas las batallas que se libraron durante la II Guerra Mundial, sin duda Stalingrado, la caída de Berlín y el Desembarco de Normandía son las que más páginas han arrancado a la literatura bélica de las millones escritas sobre el conflicto mundial. El escritor inglés Antony Beevor ya había conseguido impresionantes “records” de ventas con las dos primeras, la narración del decisivo fracaso de la operación azul de Hitler sobre la ciudad emblemática soviética, llave del petróleo del Cáucaso, y el relato de la entrada del Ejército Rojo a la capital del Reich y su posterior capitulación sin condiciones.

La aparición este pasado otoño de El Día D. La batalla de Normandía ha llevado de nuevo a su autor a la cumbre de las cifras de venta, y sus seguidores han visto satisfechas sus expectativas al encontrarse en esta nueva obra las fortalezas del habitual éxito de Beevor: la narración minuciosa y pormenorizada de los acontecimientos, salpicada continuamente de citas y anécdotas que humanizan el hilo conductor a veces demasiado descarnado por cifras y datos tácticos y estratégicos que poco o nada cuentan con el factor humano, por otro lado tan importante a la hora de conectar con los lectores.

Beevor se enfrentó con un reto muy difícil a la hora de contar algo nuevo en un episodio del que se ha hablado hasta la saciedad y del que se han ofrecido todas las versiones posibles. Durante años buceó en archivos, visitó a muchos protagonistas supervivientes, analizó in situ los escenarios de las batallas libradas y, cuando afrontó la fase de redacción del libro, optó por una forma ortodoxa y clásica de narración cronológica y seriada de los acontecimientos brindando –como en un rodaje cinematográfico consecutivo– diferentes puntos de vista: la lucha cuerpo a cuerpo de los soldados muriendo o sobreviviendo en el frente, la línea de comandancia en la que los oficiales deciden los movimientos de las tropas, el lado civil, franceses aterrados contemplando e incluso interviniendo –de forma voluntaria o a su pesar– en el avance o retroceso de los combatientes, y los dirigentes políticos desde sus despachos asumiendo decisiones decisivas para la Historia. Con el entretejido de estas descripciones, la tela resultante es un completo escenario que permite medir la complejidad de la operación y dotar de coherencia las acciones que de forma aislada carecerían de sentido.

En esta múltiple oferta de perspectivas es también muy interesante comparar la lucha entre los combatientes a través de sus diferentes formas de enfrentarse a la batalla, aliándose en el mismo bando defensores de la democracia y del autoritarismo, superada esta crucial brecha por un enemigo común, la Alemania de Hitler. En el otro bando, un ejército de ideología enfebrecida que si bien mostraba ya signos de cansancio por la larga duración de la guerra, tomaba un segundo aire tras el fallido atentado e intento de golpe de Estado conocido como “Operación Valquiria”, ocurrido en julio de 1944. El fanatismo habitual de las S.S. contagió en esos meses a todos los niveles del ejército, convencidos sus integrantes de que una derrota significaría la aniquilación de la patria. La traición de Claus von Stauffenberg y sus compañeros de complot revitalizaron el espíritu de las tropas alemanas. A este renovado aire de tenacidad y férrea disciplina achaca Beevor una de las razones de por qué la batalla de Normandía y el avance posterior no resultó según los planes de los aliados, que esperaban un progreso más rápido una vez puestos los pies en el continente.

Los estudios de las diferencias entre los altos mandos militares aliados forman parte también de la tupida red de la narración. Eisenhower, mando supremo de las fuerzas aliadas, tenía a su cargo una enorme diversidad de estilos y personalidades, algunas de las cuales, además, discutían sus cualidades como soldado. Tuvo que enfrentarse a magníficos estrategas cuyos egos rozaron en muchas ocasiones la insubordinación: entre los más notables, están los casos de Montgomery, adicto a la gloria y a quien llegó a calificar en 1963 como “psicópata”, y el General De Gaulle, vanidoso hasta llegar a anular la también altísima autoestima de George Patton.

Hasta aquí hay una tarea extraordinaria en la coordinación narrativa en este tapiz de miradas y estrategias, pero sí fuese ésta toda la aportación ofrecida en sus páginas, no pasaría el libro de ser uno más de los que engrosan la ya abultada lista de tratados sobre el día en que las tropas aliadas pisaron Europa en la reconquista frente al régimen nazi. Todo lo narrado por el ex militar inglés estaba ya expuesto, y en otras monografías incluso con más profusión de datos y mejor exposición estratégica.

Lo que hace original el libro y por ello merece ser destacado son las nuevas contribuciones a través de testimonios que el autor encontró en los archivos que de forma casi espontánea se han ido construyendo en las playas escenario del desembarco. Muchos de los soldados participantes han donado en los últimos años sus cartas, diarios y memorias a los memoriales que en estos lugares se han construido dedicados a aquel 6 de junio de 1945. A través de ellos y de entrevistas con los supervivientes, Beevor acerca al lector la mirada del soldado, pero también sus pensamientos y sentimientos a base de trazos impresionistas, con párrafos de estos testimonios recogidos en el momento de la batalla.

Con estos ingredientes, el autor humaniza lo militar, acerca la fiereza de la lucha con espíritu épico pero no le resta dureza ni crueldad al relato y a los testimonios de los acontecimientos. Es constante la aparición de sentimientos contrastados y vividos en los mismos momentos, el terror y la esperanza presentes en los avances y retrocesos de los ejércitos, el valor y la brutalidad, salvando compañeros pero asesinando prisioneros. La vida civil francesa está envuelta de guerra y participa en ella. No solo la resistencia, también los colaboracionistas y sus depuraciones según se liberaba la Francia ocupada, las venganzas pero también los hechos heroicos se recogen en este volumen que nos devuelve aquel verano sangriento que no deseamos revivir, por lo que no está de más que de vez en cuando lo recordemos o, al menos, que no permitamos que se olvide.

Por Margarita Márquez Padorno
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