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Otra vez a propósito de la nueva gramática

lunes 11 de enero de 2010, 17:55h
Parece que un famoso helenista, preguntado sobre por qué no sabía griego moderno, contestó que nunca aprendería una lengua en la que ??ó se construía con acusativo. Nuestro helenista pensaba que las lenguas alcanzan un determinado nivel de perfección y a partir de ese momento sólo pueden degradarse. El griego moderno no podría ser, por lo tanto, sino depravación del clásico, como el español lo sería del latín. Joseph Vendryes asegura, en un libro de 1923 que puede considerarse vigente en muchos de sus aspectos, que, en el terreno gramatical, el griego clásico supera a todas las demás lenguas por la precisión de sus morfemas que consigue lúcidamente la formación de palabras, por la flexibilidad de su sintaxis que le da al pensamiento todo su valor y lo sigue en todas sus ondulaciones, que deja ver, en su transparencia, todas los matices.”Nunca —dice— se forjó una mejor herramienta para expresar un pensamiento humano”. Sin embargo, no cree que pueda hablarse de una lengua perfecta. Umberto Eco dedicó hace unos años un libro al estudio de la búsqueda de la lengua perfecta.

Cabría preguntarse, de hecho, por qué pueda ser una lengua perfecta. Las lenguas evolucionan en virtud de las necesidades expresivas y, por lo tanto, todas cuentan con procedimientos para abordar los nuevos problemas, lo que no quiere decir, claro es, que ofrezcan la solución en el mismo momento en el que la demanda se produce por vez primera. Cuanto más alejadas de la novedad estén las poblaciones afectadas, menos se adecuará la lengua y, si se quieren saltar etapas, es preciso pegar un salto artificial cuyas consecuencias de uso son imprevisibles. Piénsese en el ejemplo del batúa, que aún no se sabe si reavivará el vascuence o lo fulminará.

Si no hay lengua perfecta, ¿es posible defender la normatividad de una gramática? Sí, desde luego. Porque una cosa es la evolución histórica de una lengua y otra cuál sea el uso estándar de la misma en un momento determinado. Saussure ya fue muy claro distinguiendo la diacronía de la sincronía. Sé bien que en el corte sincrónico resulta posible apreciar las instancias de cambio, pero son minoritarias y, por eso, pueden distinguirse de la norma.

El trabajo del profesor Ignacio Bosque, un excelente gramático, ha sido de una gran importancia a la hora de dirigir y acompasar la llamada Nueva Gramática de la Real Academia Española. Él mismo ya había dirigido una espléndida gramática hace unos años que modernizaba nuestra mirada sobre el español. Ahora no se trataba —creo yo— de hacer una obra de autor (por eso se impidió en su día la oficialización de la gramática de Emilio Alarcos Llorach) sino un libro que explicara sincrónicamente el funcionamiento gramatical estándar de nuestra lengua, asegurando su unidad. Un libro de referencia para los hablantes y, sobre todo, para la enseñanza del español. No sé si a las Academias de la lengua les correspondía hacer otra cosa. Muchas veces lo mejor haya sido enemigo de lo bueno. Ojalá la gramática manual que, dentro de unos meses, debe criarse a los pechos de esta magna gramática madre nos ponga lo bueno entre las manos.
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