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critica de opera

El Teatro Real estrena un [i]Holandés Errante[/i] a punto de naufragar

miércoles 13 de enero de 2010, 11:45h
Los primeros momentos del estreno anoche en el Teatro Real de “El Holandés errante”, la ópera para la que Wagner se inspiró en la leyenda del lúgubre barco errante y de su capitán, prometían un bello espectáculo.
Lo que bien podría compararse con unos créditos cinematográficos sobre un negro fondo que hacía las veces de gran pantalla anunciaban, primero, la obertura que empezaba a tocar la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por un apasionado Jesús López Cobos, e inmediatamente después, el inicio del primer acto. Y detrás del telón, la escena sorprendía con la imagen, recortada al más puro estilo cinemascope, de la cubierta de un barco que volvía a la calma tras haberse visto desviado de su ruta por una brutal tempestad. Así lo cantaba su capitán, Daland, el avaricioso padre de Senta, la romántica heroína de la historia, y la fantástica voz e interpretación del bajo alemán Hans-Peter König daba más razones para alentar ese agradable sentimiento de que lo mejor de la velada estaba aún por llegar. También el Coro Titular del Teatro Real (Intermezzo), dirigido por Peter Burian, demostraba con su impecable interpretación vocal y artística, lo que ya es sabido por todos: que en las obras de Wagner las partes corales llevan mucho del peso de la partitura.



Así las cosas, era difícil esperar que la decepción fuera embargando a un patio de butacas que ya sabía, además, que la versión original de la obra compuesta por Wagner en su juventud y que se representa este mes de enero en Madrid dura dos horas y veinte minutos sin interrupción, es decir, sin escapatoria. Porque después de un primer acto marcado por la belleza estética de una escena cuidada y coherente con la narración del encuentro entre Daland y el Holandés, el segundo empezó enseguida a mostrar más que preocupantes signos de alarma. Algo no iba como debía, se perdía fuerza dramática con la entrada en escena de Senta, a quien ponía voz una poco convincente Anja Kampe, y el espectáculo empezaba a perder coherencia a raudales en favor de elementos que parecían empeñarse en ser “rompedores” y que lo único que conseguían eran provocar la más tremenda de las desilusiones. ¿Por qué, si no, “destrozar” la ambientación, hasta entonces bien conseguida, de la cantina de una fabrica de conservas noruega colocando detrás de los enormes ventanales desde los que se veía el mar, figuras que desvirtuaban la acción sin aportar nada de valor? Lo que había conseguido Alex Rigola, el director de escena, contemporizando la ópera sin desvirtuar el principal mensaje de la leyenda de El Holandés errante, condenado a vagar eternamente en el inconmensurable desierto de agua hasta que la fidelidad de una mujer le salvara de tan cruel destino, con escenas de una absoluta coherencia empezó a degenerar hasta alcanzar el colmo del ridículo con la aparición de una especie de “botellón” con chicas desnudándose persiguiendo a un mozo de buen ver que huía en cueros despavorido y, peor aún, la incomprensible aparición de tres “demonios” encarnados en mujeres desnudas detrás de escaparates como en el barrio rojo de Ámsterdam.

Y que nadie vaya a pensar que, a estas alturas, el público se escandaliza. No lo hizo durante las representaciones la pasada temporada del Real con otra ópera del compositor alemán, Tannhäuser, y allí sí que se vieron muchos más desnudos y escenas de cargado erotismo, pero, entonces, se trataba de recrear la escena de la bacanal incluida en la obra y nada de lo que se vio quedaba fuera de lugar. Esa es, sin duda, la diferencia. Aún así, Rigola, en lo que supone su debut en el mundo de la ópera con esta coproducción del Real y el Liceu, donde se estrenó el pasado año, aunque recibió pocos y fríos aplausos, evitó el siempre detestable abucheo con el que otras veces el público no ha perdonado una desilusión de tal calibre.


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