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crítica

Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos

sábado 23 de enero de 2010, 01:09h
Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos. Seix Barral. Barcelona, 2009. 960 páginas. 24,90 €
Esta novela de Antonio Muñoz Molina obliga a que el lector, de modo más evidente que en otras novelas, tome una posición de entrada, establezca lo que sería algo así como un horizonte de expectativa. En la enorme campaña publicitaria que ha acompañado su aparición en librerías, el autor ha insistido en el trabajo de documentación que llevó a cabo para preparar la escritura. “Yo quería trabajar —dijo en una entrevista— trabajar con los testimonios personales de las personas [sic] que vivieron esa época, utilizando sobre todo las cartas y los diarios, porque tienen la ventaja de la inmediatez”.

Muñoz Molina defiende estas fuentes de documentación como distintas de las usadas para la novela histórica, puesto que con ellas se busca lo que el individuo siente al ocurrir los hechos y no las consecuencias de los mismos. La observación es aguda y, por eso, el articulista se extraña de la insistencia de los críticos en considerar La noche de los tiempos como una novela de la Guerra Civil. Muñoz Molina no toma la guerra de 1936 (y sólo la de 1936) como núcleo argumental, sino como fondo histórico que dramatiza aún más la peripecia de Ignacio Abel, el protagonista. Ahora bien, si el lector espera encontrar una novela histórica, sin duda la hallará.

El protagonista es un desclasado, hijo de obrero de la construcción que logra, a base de inteligencia, sacrificio y estudio, hacerse arquitecto y obtener algún contrato interesante que le sirve para entrar en relación con personas influyentes en la política y en la cultura. Su enamoramiento de una joven norteamericana le hace buscar el modo de poner tierra por medio (no se atreve a plantear un divorcio cuyas consecuencias no puede controlar), lo que consigue gracias al contrato de una universidad de los Estados Unidos. Desde ese momento, varios son los modos posibles de considerar el personaje y el novelista deja al lector que elija y decida. Puede considerarse que Abel es un intelectual pacifista desencantado con el país, que abandona porque no quiere mancharse las manos. Cabe pensar que es una persona decidida a sacar adelante un proyecto vital por encima de todos los inconvenientes. También pudiera Abel ser un individuo con mala suerte, que no desea hacer mal a nadie y contra quien se diría que todos los inconvenientes conciertan alianza. O tal vez no sea sino un egoísta, que se presenta como moderno y de izquierdas pero es una mala persona que abandona a su mujer y a sus hijos sin explicaciones en medio de la guerra, deja tirado a su cuñado que pide ayuda y posiblemente acabará asesinado, huye del país porque no está dispuesto a combatir por idea alguna si corre peligro su vida y aprovecha la posibilidad de un contrato americano para huir de un país que le resulta miserable. Para el novelista, sin embargo, Ignacio Abel no es sino una persona de valía pero incapaz de afrontar con madurez los problemas que se le ponen por delante, de modo que las circunstancias van arrastrándolo a un presente del que no es dueño y hacia un futuro que pudiera serle favorable o no.

La crítica se ha interesado por cómo son vistos algunos intelectuales que permanecen en España durante la guerra, pero siempre en labores de retaguardia y apoderándose de laureles. Miguel Hernández tiene dos poemas terribles, “Los cobardes” y “Los hombres viejos”, en los que ataca durísimamente a los que se esconden o buscan puestos para marchar al extranjero y huir de la guerra. Entre ellos hubiera estado Ignacio Abel, como estuvieron otros intelectuales de la generación del veintisiete. Pero al novelista no le interesa tanto su cobardía y su posible miseria moral, como la propia evolución del personaje, que se dice preocupado por el país y la situación de la guerra y acaba considerando una tontería que la joven de la que se creía enamorado se proponga volver a España para sentirse útil y decente.

Visto así, se trata de un personaje fascinante, no porque sea ejemplo de ninguna acción heroica, sino porque muestra todas y cada una de las debilidades del ser humano y, aun descalificándolo, no podemos apartar cierto sentimiento de piedad y una evidente comprensión. Y es que, al fin y al cabo, todos somos seres humanos, con debilidades y cobardías.

La noche de los tiempos es, técnicamente, una novela narrada en espiral, en la que todo se repite, pero en la que cada giro trae una información nueva. Pudiera parecerle a algún lector algo reiterativa, pero creo que el procedimiento es un acierto, porque permite apreciar mejor el hundimiento psicológico del personaje, probablemente el mejor logrado de la amplia y sólida obra de Antonio Muñoz Molina.

Por Jorge Urrutia

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