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Obesidad Infantil

María Elízaga Viana
lunes 15 de febrero de 2010, 18:48h
Nada es perfecto. Ni falta que hace. No existen los padres ideales, salvo en la imaginación de los niños. Fíjense si no en los suyos, en sus amigos, en ustedes mismos.

Reconocer esto nos puede llevar por dos caminos: pensar que no importa lo que hagamos, pues todos los niños salen adelante, o querer hacerlo un poco mejor. Yo les propongo que, para esta segunda vía, pensemos hoy acerca de la alimentación de los niños.

¿Recuerdan el caso de Moisés, el niño de Ourense con obesidad infantil? Un juzgado lo apartó de su familia para que las instituciones sociales se hicieran cargo de su crianza.

¿Qué puede llevar a un niño o niña a comer tanto? ¿Qué pueden hacer unos padres para ayudar a un niño a no enfermar así? ¿Actuó bien la justicia? ¿Era ésta la salida más beneficiosa para el pequeño?

Es frecuente ver cómo ante un niño inquieto, nervioso o disgustado, la respuesta del adulto es ofrecerle algún alimento. Desde bebés, cuando se relaciona con el hambre todo malestar y se les ofrece de nuevo el pecho, un biberón, o un chupete, hasta el trozo de pan, el huevo de chocolate o las chucherías que se dan a los más mayorcitos cuando protestan o lo piden directamente.

Es cierto que la comida calma la ansiedad en un primer momento. No hay más que observar los anuncios de la televisión para saber que los adultos también recurrimos a eso. Pero tiene un problema, y es que no resuelve nada, con lo que aquello que nos inquietó volverá a aparecer, probablemente con la misma intensidad, si no más.

Si un niño nos muestra su malestar provocando conflictos, llorando sin motivo aparente, durmiendo mal o con cualquier otro síntoma, podemos reaccionar de muchas formas. Intentando que desaparezca lo más rápido posible la manifestación de su angustia: que deje de pegar, de llorar, de gritar o que duerma, ofreciéndole una salida inmediata, como puede ser el alimento o el chupete, o bien ayudándole a entender su displacer y a resolverlo. ¿Cómo se hace esto? Fundamentalmente con palabras. “Ya sé que estás nervioso, que hubieras preferido no marcharte del cumpleaños, o no irte a la cama para estar más tiempo con papá o mamá, que sientes celos de tu hermanita a la que hacen tanto caso, etc.” “Y es normal que sientas eso, está bien, pero las fiestas terminan, lo mejor para ti es que duermas las horas que necesitas, y tu hermanita al ser pequeña necesita esas atenciones, pero no por ello la queremos más que a ti.”

Estas palabras calman y además ayudan al pequeño a entenderse a sí mismo, le ofrecen una salida mejor que aplacar su angustia con un alimento placentero, porque legitiman su malestar. Le estamos diciendo que es humano sentirse celoso, que es normal que le moleste terminar una situación que tanto le divertía, que es lógico que proteste por separarse de los padres para irse a dormir. Y que nosotros, los adultos, le entendemos y vamos a ayudarle a manejar esas situaciones, esos conflictos que tendrá toda su vida, de la mejor manera posible.

Criar a un niño, requiere poner límites a sus demandas. Educar no consiste en caerle bien a nuestros hijos, ni conseguir que comprendan porqué hacemos las cosas. Esto vendrá como consecuencia de una relación saludable. Los niños necesitan la ley que sus padres o educadores les imponen, y está bien que protesten ante ella. La dieta tiene que ser equilibrada, todos lo sabemos, y puede que protesten ante algunos alimentos, que pidan siempre los mismos, que les cueste aventurarse a nuevos sabores. Pero esa es la función de los padres, acompañarles en la aventura de vivir y aprender, mostrarles que la vida no consiste en obtener inmediatamente aquello que creemos desear, prometerles que si hacen ahora lo que les proponemos (comer verduras y frutas en lugar de bollería industrial cada día por ejemplo), de mayores van a estar mejor. Y es cierto, su organismo será más sano, pero además les habremos dado una herramienta esencial para afrontar sus malestares, sus disgustos futuros. Les estamos ayudando a que sean más seguros, más capaces y más libres.

Si unos padres no son capaces de encarnar esa ley en la crianza de sus hijos y llegan al extremo de dejarlo enfermar por ello, está bien que otra instancia intervenga para protegerlos. Es discutible la sentencia, sí, sin duda sería preferible que los Servicios Sociales dispusieran de más recursos para ayudar a los padres con graves dificultades a criar a sus hijos.

Recuerden, pongan palabras a las inquietudes de los niños, proporciónenles asideros para resolverlas. No es tan inmediato como un trozo de pan, pero es más eficaz y seguro a largo plazo.

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