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La venganza catalana

miércoles 17 de febrero de 2010, 20:25h
Parece mentira.

El gobierno tripartito que encabeza don José Montilla ha hecho gala de un extremado historicismo en el terreno simbólico. Dicha opción quería dejar claro que, aunque natural de Iznájar, él no había venido tanto a poner orden en la ordinaria administración de las cosas –que quizá también en su fuero interno- como a reforzar la sacrosanta identidad. Una identidad milenaria.

Es así que el honorable Montilla se ha reclamado, en los últimos meses, legítimo heredero de una institución de raíces feudales, dinásticas y estrictamente fiscales –la Diputación del General creada en las Cortes de Cervera, en 1359. Lo ha pregonado con un énfasis mayor al que se aplicaba para entroncar la Generalitat restaurada en la Transición con la experiencia de autogobierno que, gracias a la prodigiosa intuición de don Fernando de los Ríos –andaluz y socialista-, fue bautizada, en 1931 y para deshacer entuertos, con el glorioso patronímico histórico.

Escribía, al abrir esta nota, que parece mentira. ¿Qué es lo que resulta inverosímil? Simplemente que Montilla no haya tenido presente que existe una expresión, tanto o más antigua que la de Generalitat, que alude a la extrema crueldad con la que los almogávares –catalanes de oficio, aunque de procedencias varias y mercenarios de quehacer- se aplicaron tras el asesinato de Roger de Flor: la venganza catalana.

La familia Maragall no se tomó, en su momento, nada bien el brusco descabalgar que sufrió Pasqual Maragall. Fue, desde su perspectiva, un asesinato en pleno banquete. Ha llegado la hora del resarcimiento. Cual Berenguer de Entenza –el justiciero de la memoria de Roger de Flor en Tracia y Macedonia- el hermano del ex presidente, y consejero de Educación, está diciendo grandes verdades: que la sociedad catalana está fatigada de tripartito. Se olvida, por el camino, de algunos otros datos –como que no hace mucho esa misma sociedad asistía hastiada a las excentricidades de su hermano, el mayor.

En cualquier caso es bonito comprobar que la sociedad catalana sigue siendo, básicamente, lo que fue: una sociedad de familias. Cruel, tanto o más que con el inadaptado, para con el extraño.
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