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reseña

Rosario Castellanos: Oficio de tinieblas

sábado 20 de febrero de 2010, 01:22h
Rosario Castellanos: Oficio de tinieblas. Prólogo de Jordi Soler. Libros del Silencio. Barcelona, 2009. 480 páginas. 24 €
La historia que narra Oficio de tinieblas está basada en un hecho real que ocurrió en San Cristóbal, Chiapas, en 1867: el levantamiento de los indios chamulas que culminó en la crucifixión de uno de ellos, proclamado por los amotinados como el Cristo indígena. “Por ese momento, y por ese hecho, los chamulas se sintieron iguales a los blancos”, afirma la autora, quien, sin apenas documentos, utilizando entrevistas personales, reconstruye este calvario y lo engrandece con la sensibilidad de su pluma y el profundo conocimiento de la historia y sus protagonistas. A modo de estrategia deliberada, Rosario Castellanos decide trasladar el episodio a una época que ella conoce bien: el México de Lázaro Cárdenas. El resultado es una novela atrapante en la cual el lector es mantenido en vilo, no puede dejar de penetrar en la intimidad de cada uno de los personajes, pues más allá de emprender una lectura despreocupada, se trata de ocupar el rol de testigo omnisciente de varias historias entrelazadas en las que cada palabra, cada imagen, devienen en piezas claves de una trama compleja cuyo desenlace, no por anticipado, deja de ser menos desgarrador.

La hacienda fastuosa es el escenario donde el caudillo déspota con pretensiones políticas domina a sus subalternos, somete a su esposa, viola a las indias o seduce a su amante de turno. Mientras tanto, en San Juan Chamula los indios chamulas o tzotziles –“hombres murciélago”– sobreviven en la más extrema pobreza de espaldas a la ciudad de los blancos que los menosprecia, e intentan conjurar el olvido perpetuando ritos sincréticos donde la religión católica se confunde con ceremonias ancestrales, en honor a figuras totémicas. El lenguaje de la tierra huele a alcohol, está plagado de voces lacónicas y de gestos quizá demasiado toscos para la idiosincrasia del blanco “ladino”; pero ése es el idioma de los chamulas, el mismo que Rosario Castellanos respeta y escribe sin rodeos con el rigor intelectual de aquél que sabe con certeza de lo que está hablando.

Puede que la misericordia sea el concepto que sintetice el clima que recorre el argumento de Oficio de tinieblas. Pero, como comprender no equivale a justificar sino al contrario, en la novela de Castellanos los personajes no dicen todo lo que piensan, como en la vida misma. Detrás de la aparente linealidad de los diálogos se agazapa el simulacro. En efecto, como en un iceberg, los protagonistas sólo pueden descifrar una parte; los únicos capaces de comprender los duelos retóricos en los que la lucha por la dominación no da tregua, son la voz del narrador y los lectores.

Jorge Luis Borges dijo que la literatura es una forma de alegría; por eso, si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Leer un libro no debe requerir esfuerzo, como la felicidad tampoco debe hacerlo. Oficio de tinieblas se lee con esa pasión que nos amenaza con arrastrarnos al abismo pero que a la vez nos tienta con atisbos de felicidad plena: razón suficiente para asumir el riesgo.

Por Verónica Meo Laos
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