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Sorpresas en La Habana

miércoles 05 de marzo de 2008, 18:57h
Aquellos que esperan el paso aunque sea gradual de la Cuba de Castro a la democracia, van de sorpresa en sorpresa. Como presumían con razón que ese paso sería imposible mientras Fidel Castro retuviera la plenitud del poder, creyeron vislumbrarlo en julio de 2007 cuando el dictador, después de una operación de emergencia, quedó al borde de la muerte.


La suposición era que los colaboradores de Castro, si quedaban huérfanos de quien había gobernado la isla con mano férrea y sangrienta por casi cincuenta años, no podrían sostenerse mucho tiempo por las suyas. Pero entonces pasó lo que nadie había imaginado: que Castro, sin vivir de veras, tampoco murió de veras durante un año y medio. La larga y hermética agonía de Castro les dio a sus colaboradores lo que más necesitaban para gobernar al amparo de su inesperada supervivencia: les dio tiempo.


Como sucesor transitorio de Fidel, su hermano Raúl tomó las riendas de un proceso que, para algunos, abría tenues esperanzas. Se decía por ejemplo que, como era más flexible que Fidel, Raúl estaba pensando en convertir a Cuba en una minúscula China: políticamente totalitaria pero económicamente capitalista. Pero la sombra de Fidel, que seguía ocupando el máximo sitial del Estado cubano, bloqueaba cualquier esperanza de inmediata transformación.


El diagnóstico giró en dirección del pesimismo cuando todos advirtieron que, aun si Raúl Castro alimentara secretas fantasías reformistas el presidente de Cuba, es decir su hermano, las ahogaría.


Pero he aquí que Fidel Castro, al renunciar a la presidencia de Cuba, acaba de darles a propios y extraños una nueva sorpresa. Si bien nadie dudó de que en el alto cargo lo sucedería Raúl, algunos volvieron a animarse con la idea de que una "joven guardia", marcando el advenimiento de una nueva generación, lo rodearía. No hubo tal. Tanto Raúl como los colaboradores que ascendieron con él al primerísimo plano con la renuncia de Fidel, son los ancianos de la vieja guardia.


Si algo faltaba para sembrar la desilusión hasta entre los optimistas fue que el propio Raúl, al ser elevado a la presidencia, pidió y obtuvo de la asamblea que lo eligió, siempre por unanimidad, el permiso de consultar a Fidel cada vez que lo demandara el destino de la revolución.


Algún empecinado optimista podría suponer todavía que, con la idea fija del modelo chino, Raúl Castro quedó a la espera de que una novísima sorpresa, que no podría ser otra que la muerte de Fidel, le abra finalmente las puertas de la reforma.


Esto es improbable aunque no imposible. ¿Pueden hacer algo en todo caso las demás naciones para que Cuba termine por encaminarse hacia una apertura por lo menos económica?


Dos estrategias se han diseñado en este sentido. Una, la línea dura del embargo a la Cuba de Castro que favoreció durante medio siglo y aún favorece el gobierno norteamericano. Otra, la línea blanda europea de comerciar con Cuba e invertir en ella, como ya lo ha hecho España en materia de turismo.


Ninguna de estas estrategias asegura el éxito, pero lo que queda por decir es que la línea dura norteamericana ya ha demostrado su irracionalidad porque brindó a Castro la mejor excusa para oprimir a su pueblo al levantar la bandera de un nuevo David frente a Goliat, particularmente atractiva en ese continente al menos retóricamente antinorteamericano que es la Iberoamérica actual.


Pero lo que es en los Estados Unidos irracional desde el punto de vista diplomático no lo es desde el punto de vista político, ya que los votantes decididamente anticastristas de un Estado tan importante como la Florida han mostrado ser altamente apetecibles tanto para los demócratas como para los republicanos, particularmente en este año electoral.


Lo que queda sin explicar es por qué los anticastristas de la Florida persisten aún hoy en la línea dura. ¿No sería más inteligente abrir el comercio y el turismo con la Cuba de Castro, como ya lo está haciendo el anticomunismo de otras latitudes, tanto en Corea como en Vietnam? Resulta comprensible que los exiliados cubanos quieran dar salida a sus sentimientos después de tanta opresión. Lo que es comprensible humanamente, sin embargo, ¿es políticamente eficaz?

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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