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Potosí: la melancolía de la decadencia

viernes 05 de marzo de 2010, 15:52h
Nuestros abuelos solían utilizar la expresión Vale más que un potosí, expresión que Miguel de Cervantes acuño en El Quijote como símbolo de riqueza, fortuna y poder. Era un dicho utilizado desde la época colonial en que la moneda española tuvo el mismo valor universal que ha tenido el dólar durante el siglo XX o el que empieza a tener el euro: moneda de referencia, moneda patrón, una auténtica divisa.

Potosí fue una moneda, y, sobre todo, una ciudad. En la actualidad cabeza del departamento del mismo nombre en el sudeste de Bolivia, uno de los más pobres del país ya en las fronteras con Argentina y Chile. Un mundo lejano, que respira pobreza y decadencia, que sobrevive a duras penas. Sólo sus hermosas calles coloniales, sus iglesias barrocas, sus plazas, sus museos, su ordenado urbanismo recuerdan su esplendor pasado cuando fue la ciudad más rica, floreciente e importante de América.

Construida a más de 4.000 metros, cerca del Altiplano, en medio de un agresivo paisaje, Potosí está presidida por el Cerro Rico, imponente, árido, ocre, sin vegetación, la mayor mina de plata del mundo. La ciudad, entonces perteneciente al Virreinato de Perú, fue el paradigma de la conquista de América que cumplió con creces el objetivo de la misma que, contrariamente a lo que suele afirmarse, no eran las especies sino el oro y la plata ya agotados en Europa. Potosí fue un centro vital para la economía del Imperio español, una montaña de plata que transformó económicamente a Europa.

La historia de la ciudad se inicia en una mezcla de historia y leyenda. Se dice que las vetas de plata del Cerro Rico fueron descubiertas de forma casual una noche de 1545 por un pastor quechua que se perdió mientras pastoreaba un rebaño de llamas. Llegada la noche encendió fuego para protegerse del frío. Por la mañana, se encontró que entre las brasas de la fogata brillaban hilillos de plata, fundidos al calor del fuego. Lo comunicó a los españoles que ya habían llegado a la zona. Los españoles, comandados por el capitán Juan de Villarroel, se dieron cuenta del enorme capital enterrado bajo la montaña. Poco después establecieron un poblado minero que en 1561 recibió el nombre de Villa Imperial de Potosí. Entonces se inició el esplendor y el horror de esta singular villa, nacida contra todo pronóstico, contra toda lógica, contra toda racionalidad, que encarna lo mejor y lo peor de la condición humana.

Para comprender el fenómeno hay que situarse a finales del siglo XVI, en América, en uno de los lugares más desolados y altos de las estribaciones de los Andes: sin vías de comunicación, sin ninguna agricultura organizada que proveyese lo necesario para la alimentación, en un mundo recién descubierto, un lugar hostil, árido, con un clima frio, por encima del límite de la vegetación arbórea, una zona desolada donde no vivía nadie. Potosí surge en torno a las minas de plata del Cerro Rico, un cono de casi 5.000 metros de altura, una roca ígnea cuya masa interior está impregnada de plata. Todo el cerro era un inmenso depósito argentífero. Como afirman los historiadores, para iniciar su explotación fue necesario llevarlo todo: mineros, herramientas, trabajadores, ganados, alimentos, absolutamente todo. Esta fue su mayor complicación. Estaba enclavado a 4.800 metros de altura. Ponerla en producción suponía llevar la colonización al techo del mundo, una zona desolada y alejada de cualquier lugar civilizado. Incluso hoy en día llegar a Potosí constituye toda una odisea.

Lo sorprendente es que 25 años después su población era ya de 50.000 habitantes. La inmensa riqueza del Cerro Rico y la intensa explotación de sus minas permitieron que creciera de manera asombrosa. En 1650 tenía ya 160.000 habitantes. Era la mayor ciudad de América, con más habitantes que Madrid y Sevilla, y un poco menos que Londres y París.

El Virrey de Perú Francisco de Toledo fue el verdadero artífice de la ciudad. Diseñó un urbanismo al estilo ortogonal de las nuevas ciudades americanas. Construyó lagunas artificiales al este de la ciudad que acumulaban agua de lluvia para abastecer la ciudad y mover los ingenios donde se molían los minerales y que representan una excelente obra de ingeniería hidráulica. Al Virrey Toledo se le debe también la terrible Ley de la Mita, un sistema organizado por los incas para trabajos colectivos que el Virrey aprovechó muy eficazmente y por la que se obligaba a los indios a trabajar hasta doce horas diarias en condiciones inhumanas. La Mita se prestó a toda clase de abusos.

Los indios eran obligados asimismo a trabajar en los ingenios donde los minerales eran molidos. Todavía existen 33 en el río La Rivera. Toledo también introdujo la amalgamación, un sistema experimentado por el sevillano Bartolomé de Medina para el aprovechamiento de minas más pobres en mineral y que consiste en la extracción del mismo a través del azogue (mercurio). Mercurio que llegaba desde las minas de Almadén hasta que se descubrieron los yacimientos de Huancavelica en Perú.

Francisco de Toledo, hombre lleno de talentos, inició también la acuñación de monedas al construir la primera casa de la moneda que estuvo vigente durante más de 200 años. En la ceca potosina se acuñaron toda clase monedas: potosís, macuquinas, pesos, reales, ducados, maravedíes. En época de Carlos III se decidió construir una nueva ceca. La diseñó el experimentado arquitecto Salvador de Villa. La construcción duró de 1759 a 1773. Ocupa una superficie de 7.570 metros cuadrados. Es un edificio majestuoso, construido en piedra labrada, ladrillo, maderas de cedro, rejas de hierro, en el que sobresalen sus cinco patios, Hoy es un interesante museo en el centro de Potosí, y todavía sorprende la grandeza del que durante dos siglos fue el edificio más grande de América.

En Potosí se produjo el 50% de toda la que se extrajo en el mundo desde el siglo XVI al XVIII. Una riqueza de la que disfrutó toda Europa. Potosí significó esplendor, prosperidad, opulencia, un imán para los negocios y el comercio. Los españoles que trabajaban en la ciudad disfrutaban de un lujo increíble. En las casas de los más potentados lucían porcelanas, objetos suntuosos de plata y muebles traídos desde la metrópoli, las mujeres utilizaban los perfumes, sedas, joyas, sombreros y calzados más sofisticados. La ciudad disfrutaba de bailes, fiestas, casas de juego. Junto a la riqueza floreció el arte y una pléyade de pintores, arquitectos, escultores, tallistas, orfebres crearon un impresionante universo urbano de palacios y casonas, Numerosas órdenes religiosas se asentaron en la nueva villa y levantaron iglesias y conventos. Todavía se conservan muchas de ellas. El Potosí colonial es una amalgama artística en la que se mezclan los órdenes artísticas pero en el que sobresale el barroco.

La decadencia de Potosí se inicia en la época de la independencia de las colonias de la metrópoli, datada en 1.810. Al finalizar la guerra, en 1825 nació la República de Bolivia donde se integró Potosí que sólo tenía 9.000 habitantes. Gracias a que en 1850 se descubrió el valor del estaño, al que los españoles nunca dieron importancia, se reactivó la vida económica del distrito. Potosí recobró el pulso y volvió a florecer durante 100 años. Hoy cuenta con 160.000 habitantes que sobreviven en una economía minera en decadencia. Buscan el turismo como una solución. Material no les falta.

Pese a la lejanía, al largo viaje, al cansancio que produce el mal de altura y que sólo en ocasiones se supera gracias al mate de coca, Potosí sorprende. El Cerro Rico preside poderoso una brillante y extraordinaria ciudad colonial que la Unesco declaró en 1987 Patrimonio de la Humanidad. El aire puro, el cielo azul impregnan las calles en cuesta, con hermosas casas, plazas recoletas, museos como el de San Teresa, lleno de pintura, escultura, orfebrería, retablos, la impactante Casa de la Moneda, las iglesias de San Lorenzo, San Agustín, la torre barroca de la Compañía de Jesús, la catedral en estilo gótico y hasta ochenta más con su aire colonial construidas en piedra, en ladrillo, y en adobe. Desde el tejado del espléndido convento de San Francisco se divisa la vieja ciudad, una vista que explica la melancolía que respira Potosí porque en su caso cualquier tiempo pasado fue mejor.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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