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reseña

Herta Müller: En tierras bajas

sábado 13 de marzo de 2010, 13:42h
Herta Müller: En tierras bajas. Traducción de Juan José del Solar. Siruela. Madrid. 2009. 182 páginas. 14,90 €
En tierras bajas fue publicada por primera vez, al completo, en Alemania –1984– donde recibió el premio Aspeke al mejor debut literario, lo que abrió a Herta Müller las puertas de su carrera en este país; por contra, acabó con cualquier posibilidad de prosperar en Rumanía –su tierra natal– donde, atenazada por pertenecer a la minoría alemana, el mismo texto había sido censurado, y editado sólo parcialmente, dos años antes, bajo el delirio represivo del dictador Ceaucescu.

Coincidiendo con su reedición en Siruela, el pasado octubre la escritora centroeuropea fue galardonada con el Nobel de Literatura. La obra que nos ocupa, una crónica de la cotidianidad, de fuerte raigambre en lo vivido, explora, mediante un premeditado tono “monocorde” –cercano al de las cancioncillas populares– plagado de metáforas y en un lenguaje hermoso y sensual, la diversidad de matices que brinda a la autora la emocionada mirada rumana inserta en su idioma alemán –en el que escribe– sobre el mundo rural, cerrado y abusivo, de su infancia.

A través del examen aparentemente ingenuo de una niña, en el relato principal que da título al texto van apareciendo cada uno de los objetos que mantienen a sus familiares, aunque insensatos, protegidos de alguna apremiante locura: los geranios de la abuela creciendo –por cientos– en ollas soperas, las escobas que mensualmente compra mamá (una para las paredes, otra para libros, otra para sartenes...), los clavos del abuelo que brotan en los lugares más insospechados…; y cada uno, aferrado al fetiche de su devoción, va soportando la carga de vivir bajo la superstición mientras se silencia lo que realmente importa.

Frente a estos hueros “fantasmas”, la fría pero intensa descripción infantil se detendrá, con frecuencia, en los animales (la vacas “ebrias” y “…ausentes cuando rumian”) o las plantas (“las ortigas que fustigan el pueblo”), pues sus comportamientos no se diferencian apenas de aquellos de las personas, excepto porque la tosquedad y la superchería hacen a éstas aún más infames. Lo único que, tal vez, les redima de tanta mentira, sea la pobreza en que viven y la ignorancia –pariente último de todas las maldades– de haber sido instruidos para no pensar bajo el régimen totalitario.

Por Inmaculada López Molina
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