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Grecia y la olimpiada anticorrupción

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Fuera de Grecia, repartidos por los cinco continentes, hay cerca de 5 millones de griegos. Los principales grupos se encuentran en USA y Canadá, Australia, Chipre y Alemania. En octubre del año 2004 acompañé a mi marido a Atenas con motivo de la ceremonia de juramento de su plaza como Profesor en la Universidad, en el edificio central de la histórica Academia. Fue un momento solemne y lleno de emoción, tras una brillante carrera como investigador durante más de veinte años en el extranjero. Para un griego de la diáspora como él, qué mayor felicidad que un retorno a Ítaca… Nuestro viaje de vuelta duro poco, apenas seis meses, tiempo que dedicamos a reflexionar sobre si realmente merecía la pena volver, si era la decisión adecuada. Con la misma solemnidad con la que le nombraron, envió pasados unos meses un fax al rectorado: “lamentándolo mucho… por razones personales… dimito del puesto…”. Me acuerdo que habíamos hecho una lista escrita a dos columnas: ventajas e inconvenientes de ir a Grecia. En aquél entonces vivíamos en Londres, ambos trabajábamos en King’s College y acababan de nacer nuestros mellizos. La ventajas eran muchas y más bien de orden sentimental (clima, amigos, familia, cultura e historia…). Las desventajas apuntaban por un lado al materialismo más puro y duro ¿cómo mantener una cierta calidad de vida y una seguridad económica en Atenas a cuatro con un sueldo de 1,700 euros al mes? y, por otro, al orden moral, al terreno de los valores. Lo segundo pesó más que lo primero. He conocido a otros Ulises contemporáneos, orgullosos de sus peripecias, con una intachable trayectoria en otras tierras, dispuestos a compartir los tesoros de su sabiduría… dando media vuelta: Ítaca no es lo que era. En dos décadas el dinero fácil y rápido ha conquistado la sociedad por encima de valores como el bien común, la justicia, la responsabilidad o la legalidad, aquéllos que representan los héroes de la antigüedad. En nuestra lógica cartesiana las cuentas no salían: dos y dos no son ocho. Nos preguntábamos de dónde sacaban los otros dinero para la casa de verano en Halkidiki, pagar los estudios de los hijos en Toronto o en Múnich, las cenas de trabajo en el Hilton, la interna ucraniana o el Porsche Cayenne. Nos asustó el ritmo de un tren de vida por encima de la realidad. Nos asustó también la idea de tener que afrontar cualquier menudencia cotidiana (una gestión administrativa, una compra-venta, un permiso, un contrato o un seguro, una intervención quirúrgica…) como un laberinto sin salida donde el recorrido es tan opaco como maloliente. Hay una palabra universal como los poemas de Homero y clara como el agua de las cicladas, que no se ha dicho lo suficiente en los análisis político-económicos sobre la crisis helena: CORRUPCIÓN. Con humilde sinceridad el presidente Papandreo respondía la semana pasada desde la Casa Blanca ante los medios que no había venido a pedir dinero. La particularidad de Grecia es, de hecho, que habiendo mucha gente que sí tiene dinero, el Estado no lo tiene, las arcas están a cero. Los “fakelos”, (sobrecitos con dinero para pagar favores…) símbolo más elocuente de una corrupción estructural, han circulado entre los contratistas de obras públicas como por los despachos de abogados y notarios, pasando por la mesa de alcaldes y diputados, la consulta del médico del pueblo o la cartera del director de turno.

Muchos se han llenado los bolsillos con la especulación, las subvenciones europeas, el dinero negro y la evasión de impuestos y lo tienen debajo del colchón o en paraísos fiscales, o bien lo han invertido en ladrillo y cemento a base de quemar lo poco que iba quedando de verde. La victoria del individualismo ha devorado a los verdaderos héroes. Esta crisis es una excelente oportunidad (y ¡ya era hora!) de empezar una reforma de base de la moral económica y del sistema de control fiscal y anticorrupción en Grecia. Desde la idílica isla de Mikonos se anunciaba el otro día que los primeros investigados serán los propios inspectores, medida muy acertada puesto que a partir de ahora tendrán que declarar públicas sus cuentas bancarias. La gente honrada, los mileuristas que pagan sus impuestos a rajatabla, no tienen vacaciones ni chalés ni coches de lujo, tienen razón en salir a la calle a protestar. Quitarles a éstos lo que casi ya ni tienen no me parece la solución más justa. Por el contrario, cuando empiecen a salir a la luz los nombres de los peces gordos, se juzgue y se meta en la cárcel a los verdaderos ladrones-capos, podremos decir que la olimpiada anticorrupción ha sido un éxito. La carrera de obstáculos no ha hecho más que comenzar. ¿Será el presidente Papandreo quien se lleve la medalla de oro y todos los laureles? El quinto trabajo de Hércules consistió precisamente en limpiar de excrementos los establos del rey Augias, misión que realizó en tan sólo un día, abriendo un canal que atravesaba los establos, y desviando por él el agua del río, llevándose por delante toda la suciedad. La historia nos dirá si algún día nosotros podremos volver a Ítaca con la cabeza alta y el corazón tranquilo, sin pedir favores, sin ahogarnos en las aguas turbias de la corruptela.
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