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75 años del Colegio de España en Paris: un espacio de civilidad en un mundo turbulento

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El vendaval de destrucción de 1936 arrasó en nuestro país con un siglo de ilustración y más de cien años de liberalismo. En aquel mundo trepidante de catástrofes y tragedias, del mundo académico y cultural de antes de la Guerra no quedó prácticamente nada. La excepción rigurosa fue precisamente el motivo que nos convoca en este acto: El Colegio de España. Ha sido un caso único, incomparable, porque no existe nada parecido: una institución que se prolonga desde 1935, y aún antes, hasta el presente sin solución de continuidad, no sólo en el nombre, sino en su tarea, en su atmósfera de libertad y tolerancia académicas.

La iniciativa del Colegio de España estuvo encabezada por las gentes procedentes de la Institución Libre de Enseñanza, agrupadas en torno a la Residencia de Estudiantes y a su Director, Alberto Jiménez Fraud, quien escogió como primer Director a don Ángel Establier Costa, un funcionario de la Sociedad de Naciones con amplia experiencia internacional. Hombre culto y liberal, abierto y tolerante, Establier supo crear un estilo de buen hacer, logrando con autoridad, y en momentos dramáticos, que el sectarismo y la violencia no traspasaran las puertas de El Colegio. Y, en efecto, durante la Guerra Civil, en el Colegio se refugiaron gentes venidas de las dos Españas. Todos coinciden en que el señor Establier logró mantener en El Colegio una isla de libertad, armonía, respeto y tolerancia fuera de una España cainita que se desgarraba. Don Ángel se limitó, “dada la situación política en España, a prohibir las discusiones políticas vehementes”. Conmovedor.

Con todo, las cosas no debieron resultarle cómodas nuestro primer Director. Su política de libertad y tolerancia, su disposición a acoger a refugiados de las dos Españas, no parece que despertara el entusiasmo de la Embajada de la República en armas. De hecho, Araquistaín, que había sido enviado como embajador tras el estallido de la Guerra, quiso destituirle. Fueron las autoridades francesas quienes impusieron el principio de libertad académica y se negaron a que criterios políticos sectarios entraran en el gobierno de la Cité. Cuando en Abril del 39 terminó la Guerra Civil, el primer embajador de Franco, Lequerica, no perdió tiempo en intentar también la remoción de Ángel Establier. Pero, una vez más, las autoridades de la III República francesa lo impidieron. Pero las tornas cambiaron: en la mañana del 24 de Agosto, los primeros half-trucks americanos de la división Leclerc, conducidos por españoles republicanos, liberaron París, penetrando por la Porte d’Orleans, muy cerca de nuestro Colegio.

Y, en este punto, la línea de continuidad institucional amenazó con romperse: la realidad de un régimen dictatorial en España, enfrentado a las autoridades anti-fascistas y democráticas de la Francia liberada y, en medio, un viejo diplomático liberal tratando de preservar la armonía, la libertad y la tolerancia de una pequeña institución académica, parecía una combinación demasiado frágil como para resistir mucho tiempo. Sin embargo, Ángel Establier sobrevivió el tiempo suficiente como para entregar con dignidad el testigo de la continuidad institucional, aconsejando el nombramiento de algún intelectual que, procediendo del régimen, como era inevitable, tuviera un perfil aceptable para los gobiernos de la IV República. Y así fue como entró el profesor Maravall como nuevo Director de El Colegio.

Fue un acierto sin reservas y, para los tiempos que corrían en España, otro milagro. José Antonio Maravall era ya entonces un gran historiador conocido y respetado en Francia, hombre cabal y bondadoso, conciliador e inteligente. Por eso, representó lo contrario de una ruptura: el señor Maravall fue garantía de continuidad de la línea liberal y el espíritu tolerante que había presidido El Colegio desde sus orígenes. De algún modo, estas cosas, si no se cortan, se perpetúan y transmiten. A José Antonio Maravall le sucedieron personas de corte y talante parecido. Tras la Transición democrática, y producida la primera alternancia con la victoria del PSOE en 1982, entró a formar parte del gobierno de Felipe González como Ministro de Educación, José María Maravall Herrero. Catedrático de la Universidad Complutense y uno de los principales sociólogos del país, Maravall Herrero era ya entonces un investigador consagrado con una amplia experiencia internacional. Hijo del historiador José Antonio Maravall, el primer Director tras la contienda, José María no dudó en emprender las profundas reformas que requería el Colegio. Finalizadas las obras de remodelación, el edificio fue reinaugurado, con la presencia de Sus Majestades los Reyes, el Presidente Mitterrand y el Ministro Maravall, en Octubre 1987.

Cuando, para mi sorpresa, me incorporé a la dirección del Colegio en otoño del 2002, me encontré una institución consolidada, en pleno funcionamiento, ordenada, bien administrada y cuidada por un personal motivado que se siente legítimamente orgulloso de trabajar en una de las mejores casas de la Cité. Desde el principio, comprendí que El Colegio era –y debía seguir siendo- mucho más que una simple residencia o dormitorio estudiantil. Quizá las aportaciones de mi etapa consistieron en subrayar la proyección de la España actual: porque entendí que, todavía hoy, la imagen de España en Francia seguía lastrada y un tanto distorsionada por un exceso de estereotipo, reforzada por el espectro trágico de la Guerra y la peculiaridad del franquismo.

Mi idea, simplemente, era presentar la España de hoy, telle qu’elle est. Y para ello, nada mejor que incorporar a nuestra programación lo más inesperado para un público francés: la divulgación de los progresos científicos españoles. Y así se hizo. Otra forma de perseguir el mismo objetivo, consistió en realizar frecuentes actividades con otras casas europeas sobre problemas comunes, tales como transiciones democráticas, inmigración, terrorismo, mercado de trabajo y desarrollo económico, ampliación y límites de la Unión, etc,. En esta misma línea, pero en orden a manifestaciones artísticas, se procuró traer al Colegio una pequeña muestra de los grandes museos o colecciones españolas inconnues en París, que fuera del Prado y del Museo Picasso de Barcelona lo son casi todas. Por fin, iniciamos una Revista del Colegio, Cahiers du Collège d’Espagne –que yo sepa, la primera publicación académica de la Cité- donde se recogieran, con un cierto orden temático, las principales intervenciones impartidas en nuestra institución.

En todo caso, intenté no estropear algo que había funcionado milagrosa y primorosamente durante muchas décadas. Pero, sobre todo, procuré –y creo que conseguí- continuar el espíritu abierto, libre y tolerante que había informado al Colegio desde su creación. Las gentes más diversas, de los ámbitos más diferentes han estado entre nosotros. Personas de toda condición y persuasión fueron recibidas e invitadas, con total independencia de sus inclinaciones políticas. En este sentido, debemos recordar que el Colegio es una institución académica y, como tal, debe preservar su independencia, fuera de los circuitos del poder y sin convertirse en botín de políticos, menos aún en un lugar politizado y sectario. Por eso, cuando en marzo del 2003 cambió la situación política y se me enviaron algunos mensajes -primitivos y sorprendentes pero contundentes- por parte de los nuevos empresarios del poder, en el sentido de que debía dejar la dirección del Colegio, el comentario que me hizo la directora de una de las Casas de la Cité, al indicárselo, a modo de despedida, me produjo el sonrojo de la vergüenza ajena, dejándome además un cierto regusto melancólico de fracaso: “mais, vraiment, c’est tellement politique chez vous?”. Ahora –a toro pasado y desde el hecho evidente que ya ni quiero ni puedo abrigar ningún interés personal- me atrevo a proponer que, fueran cuales quieran los resultados electorales del 2012, se mantenga en su puesto al Director de El Colegio de España: sería el mejor recuerdo a sus fundadores y el mejor homenaje y servicio que podemos tributar a la institución para que se siga sobreviviendo como tal durante muchos aniversarios más.
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