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Los peligros de Blancanieves, la Cenicienta y la Bella Durmiente

sábado 10 de abril de 2010, 20:56h
El Ministerio de Igualdad ha puesto en marcha la campaña “Educando en igualdad”: un grupo de formadoras va a recorrer los próximos días varios centros educativos españoles y a organizar talleres para alumnos de Educación Primaria y Secundaria con el fin de “construir valores en igualdad entre mujeres y hombres y la prevención de la violencia machista”, hasta hace poco “doméstica” y “de género”, como si la violencia, la paz o el perdón tuvieran género, que ésa es otra.

La guía para el docente destaca que el sistema educativo fue concebido para formar al alumnado en el marco de la “socialización patriarcal”, ignorando “la realidad histórica y social de las mujeres y ocultando su contribución a distintos campos del saber y al desarrollo de la humanidad”; los libros de texto, indican los pedagogos gubernamentales, “invisibilizan a la mitad de la humanidad”; para paliar esta deuda, el dossier se hace acompañar de un cuaderno de actividades que fomenten los cuentos “no sexistas”, ya que estas narraciones cortas “suelen estar llenas de estereotipos” en las que “casi todas las historias colocan a mujeres y a las niñas en una situación pasiva en la que el protagonista, generalmente masculino, tiene que realizar diversas actividades para salvarla”, como en los casos de “la Bella Durmiente, la Cenicienta o Blancanieves”.

Hace mucho, mucho, mucho tiempo (o érase una vez) que no leo semejante majadería, salvo en el resto de dossieres abstrusos provenientes de esa especie denominada expertos en pedagogía, aquellos que enseñan a enseñar y no enseñan nada, salvo a cómo justificar una plaza de funcionario del Estado retorciendo el lenguaje hasta el paroxismo en las célebres unidades didácticas y los llamados “procesos de enseñanza-aprendizaje”, “proyectos curriculares”, “niveles de respuesta”, “contenidos actitudinales del/la profesor/a y del/la alumno/a”, “el apropiado diseño espacial” y los “conceptos y actitudes”, circunloquios todos del vacío para la ignorancia de generaciones de este siglo y venideros. El exterminio del legado cuentístico universal programado por los comisarios políticos había de llegar, tarde o temprano… y ya está aquí.

Sin entrar en más detalle, porque cae por su propio peso, a nadie se lo oculta que los cuentos de hadas poseen elevadas dosis de violencia, discriminación, injusticia, crimen, extorsión, latrocinio y tantas malévolas acciones cuantas pone en práctica la humanidad desde que existe: para eso los hermanos Grimm, Andersen y Madame d’Aulnoy los recogieron: con el fin de que no se olvidara esta herencia cultural y antropológica y para que sirvieran a decenas generaciones como modelo de aprendizaje alegórico. En el caso de Les Contes des Feés, de la citada Madame d’Aulnoy, la mayoría están protagonizados por mujeres que toman las riendas de su vida y escapan a un destino social incierto, a un determinismo que las féminas rasgan con su coraje y espíritu aventurero.

El conocimiento y lectura de los conflictos psicológicos que plantean a los niños los cuentos de hadas y la resolución final de los problemas en ellos desarrollados, los ricos arquetipos –que no estereotipos– que presentan y que ayudan al niño a ir identificando metafóricamente a los buenos y a los malos, al pérfido gitano Stromboli y al buen Pepito Grillo, a los lobos feroces de las abuelitas, a las falsas sirenas y apolíneos vampiros de los rechazados patitos feos que esconden un cisne en su interior… a quienes, en definitiva, el día de mañana le buscarán su ruina o le favorecerán… es no sólo recomendable, sino obligado. El analfabetismo emocional y ético que nos encontramos cada día y la irresponsabilidad con respecto a las propias acciones es un descarado fruto del desconocimiento del legado anterior, de la sustitución de la sana lectura de estos apólogos ejemplarizantes por parte de los progenitores antes de acostar a sus pequeños… por la videoconsola o la conexión a Internet.

Decir, por ejemplo, que la Cenicienta es sexista es no tener la más mínima idea de un cuento donde la protagonista rompe el ínfimo estatus social de fregona a la que le han confinado sus tiránicas y envidiosas madrastra y hermanastras, y en el que finalmente contrae matrimonio nada menos que con el príncipe de un reino europeo por su esfuerzo, tesón y la inestimable ayuda de unos seres mágicos, como el hada y unos simpáticos roedores; afirmar que la Bella Durmiente es machista, cuando en el relato se nos cuenta cómo Aurora crece en armonía en un entorno femenino en mitad de un bosque donde tres hadas cuidan de la exquisita educación de una pequeña sobre la que pesa una terrible maldición, es coger el rábano por las hojas… del cuento; y, por último, insistir en que Blancanieves promueve el machismo porque la princesa escapó de las garras de su regia madrastra y se refugió en la casa de los siete enanitos, donde colaboraba en las tareas del hogar, es buscar tres pies al gato (con botas): si los hombrecillos, en vez de dejarla sola en casa, la hubieran incorporado a su diminuta partida mañanera de mineros del diamante, los pedagogos patrios hubieran dicho que el cuento potenciaba la explotación laboral de la mujeres.

A mí este cuento de los funcionarios del Ministerio de Igualdad me suena al de los tres cerditos y el lobo, quien ponía todo su afán en desbaratar lo construido por los tres cochinitos; al de la cigarra y la hormiga, donde el musical y saltarín insecto se dedicaba a la vida muelle mientras el resto de las hormigas españolas se rompían el espinazo de sol a sol para llegar a fin de mes; al de la liebre y la tortuga, donde la primera se durmió en los laureles de unas elecciones y la tortuga de la oposición le ganó por la mano; al Rey que rabió porque su hijo se casó con una plebeya; al Flautista de Hamelin, que ahogó con su dulce música de titiritero a todas las ratas de la región antes de que la SGAE cobrara la cuota de derechos de autor; etc, etc. Si ya nos quitan hasta los cuentos de hadas, pasará como en aquel otro de Alejo Carpentier, “El viaje a la semilla”, donde más nos valdría volver al óvulo materno o despertarnos convertidos en escarabajo como en el escrito por Kafka. La ignorancia es cuestión de tiempo y contumacia.
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