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Con los clásicos

Juan José Solozábal
jueves 15 de abril de 2010, 20:03h
Tengo pendientes de consideración sobre mi mesa dos libros con que ha iniciado su colección de clásicos del pensamiento político, el Institut d´Estudis Autonómics, el organismo que, desde hace ya unos años, con tanto acierto dirige mi querido amigo Carles Viver. Se trata de las traducciones al catalán de dos importantes libros sobre el federalismo, Federal Government de K.C. Wheare y The Federalist, de J.Madison , A.Hamilton y J.Jay en unas ediciones estupendamente servidas con dos enjundiosos prólogos y presentados con todo esmero.

El libro de Wheare a pesar de su importancia no se encuentra traducido al castellano. Me levanto de la mesa y alcanzo la edición de que yo dispongo de Oxford University Press de 1947 y que adquirí en Londres en la librería de viejo de la London School of Economics, nada más llegar a la universidad inglesa, allá por el año 1976. Es el libro fundamental sobre federalismo, típico del planteamiento concreto de la literatura jurídica inglesa, alejado de las nieblas de la especulación y con un pie en el derecho comparado (especialmente se estudian los casos de Estados Unidos, Suiza, Canadá y Australia) y otro en la ciencia político o, como se decía entonces, el government. La relación con la ciencia política y el estudio de ejemplos concretos llevaban a Wheare a establecer necesariamente una conexión entre la estructura jurídica federal y su correspondiente cultura. Entonces el federalismo era más que un Estado o sistema , diríamos, una fábrica u osamenta institucional, pues consistía asimismo en una determinada disposición para entender la política, una forma mental acostumbrada a la composición y el equilibrio. El sistema federal no se agota, tampoco, en segundo lugar, en una configuración establecida en la Constitución, sino que depende del desarrollo de esta, como en cascada, en planos normativos inferiores e incluso en decisiones o actos concretos. Esto significa que el federalismo se contempla en dos niveles que deben complementarse, de modo que el sistema federal es un conjunto dinámico, que comienza en la Constitución pero que adquiere verdadero cumplimiento en un plano ulterior. El decisivo es el último estrato, de manera que un país nominalmente puede ser un Estado federal pero en la práctica puede dejar de serlo, o viceversa, la Constitución formal puede aceptar un patrón no federal, pero en la realidad el modelo puede funcionar como federal. No tengo que decir que los planteamientos de Wheare resultan especialmente interesantes para entender un Estado como el autonómico que de partida no es federal, pero que en la práctica, sobre todo si se asumen las pautas de la cultura de este signo, puede finalmente considerarse próximo a tal tipo de organización territorial.

El Federalista en cambio es un libro que estaba traducido al castellano. La edición que yo manejo es la aparecida en el Fondo de Cultura en versión de G.R.Velasco de 1943. Este libro tiene especificidades que conviene resaltar: de ellas algunas resultan fácilmente comprensibles; pero otras no tanto. Se trata de una gran obra de Derecho constitucional, la primera teoría que aparece sobre la Constitución federal por excelencia, la norteamericana de 1787. Pero, como ocurre típicamente en el mundo anglosajón, no es un libro dirigido a un público especializado: en él se encuentran los artículos aparecidos en prensa, firmados por tres eminentes juristas, Hamilton, Madison y Jay, que utilizaban el seudónimo de Publius,y de los que dos habían tomado parte en la Convención de Filadelfia, que ven la luz inmediatamente después de la aprobación de la Constitución y justamente antes de la ratificación obligada por los Estados de la Unión. Lo que persiguen estos artículos es participar en el debate nacional sobre la ratificación de la Constitución, utilizando argumentos comprensibles y atendibles por el público que seguía la discusión constitucional del momento. La deliberación sobre los problemas constitucionales es un rasgo constante de la vida política de los Estados Unidos, pues dicha materia no deja indiferente a la opinión pública dados sus ingredientes éticos, ideológicos, etc.

Hay dos contribuciones de este libro capitales que curiosamente tienen plena virtualidad en estos momentos en España. En primer lugar, se llama la atención sobre la distinción entre la Constitución y la ley, aquella la norma aprobada por el pueblo, esta la acordada por los delegados del pueblo. De esto se deduce la atribución a la jurisdicción o poder judicial de la resolución del conflicto eventual entre la Constitución y la ley. Ocurrirá que si la ley dice algo diferente a la Constitución, si la contradice, es lógico que ese conflicto, indudablemente de naturaleza jurídica, sea resuelto por los jueces, que garantizan así la supremacía de la norma más alta, the higher law sobre las demás. En segundo lugar, El federalista, frente a la afirmación de la capacidad del sistema federal para atender el pluralismo, acomodando centralismo y autonomismo, lealtad nacional y estatal, en que insiste el libro de Wheare, justifica este tipo de organización territorial desde el punto de vista del ciudadano, por sus aptitudes para asegurar la libertad individual, pues si se divide el poder entre la Federación y los Estados disminuyen las oportunidades opresoras de toda autoridad. Es la libertad y no el pluralismo lo que explica el federalismo.

Dos libros, entonces, capitales, para entender la descentralización política en su manifestación por excelencia: el Estado federal.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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