www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Maledicencias

martes 20 de abril de 2010, 12:43h
En varias ocasiones, los medios de comunicación y los analistas políticos han sido fustigados por el presidente Calderón por “hablar mal de México”. A las críticas se han seguido los exhortos a reconocer las fortalezas del país y los avances en el quehacer gubernamental. Los llamados de este tipo nada tienen de extraño y todos los gobiernos los formulan con resultados diversos en la opinión pública.

Nadie duda de las buenas intenciones del presidente mexicano, pero la mayoría coincide en su incapacidad política y la ineficacia de su equipo. Uno de los mejores analistas de la vida pública mexicana, Rafael Segovia, puso el acento en la í: “El arte de no gobernar.” Los panistas en el poder desde hace nueve años han dado sobradas muestras de que la política y la administración pública les resultan ajenas. Desgraciadamente para el país, estas limitaciones no son circunstanciales, sino genéticas: el origen social de sus funcionarios, su formación escolar y su actividad profesional los privó de sensibilidad social, de oficio político y de conocimientos acerca del país y de la situación internacional. Su visión del mundo y de México es pueblerina y se traduce en un discurso ramplón.

De ahí que los llamados gubernamentales no sean escuchados, ni cuando van acompañados por el uso de la fuerza. Los narcotraficantes se han dado el lujo de atacar las sedes consulares de Estados Unidos en la frontera y de asesinar a su personal. En otro extremo, el presidente de la filial mexicana de Telefónica, ex secretario de Hacienda del presidente Fox, no dudó en desafiar públicamente al gobierno, rechazando suspender el servicio de telefonía móvil a los usuarios que no registraran su aparato antes de la fecha fijada por la ley (11 de abril). A pesar de la “firmeza” verbal del panista que preside la Comisión Federal de Telecomunicaciones y de sus amenazas de imponer sanciones a las compañías que no acataran la ley, se convino una “suspensión gradual”; el clásico “obedézcase pero no se cumpla”.

Por falta de oficio, no hubo información suficiente y menos campaña de convencimiento para que el público cumpliera con su obligación. Sabido es que el nivel de conciencia ciudadana en México es bajo. Sin embargo, ningún partido político ni institución alguna hablan de los “ciudadanos desobedientes” (el tema ha sido tratado por el profesor Fernando Escalante). Estos “ciudadanos” no dudaron en registrar sus teléfonos a nombre de personajes conocidos, como el empresario Carlos Slim o el ex presidente Vicente Fox. Ya se anunció un proceso de depuración del registro por el cúmulo de irregularidades de este tipo, aunque nadie sabe quién será el responsable.

No se cumple con las leyes por su imprecisión y por falta de responsabilidad cívica, porque se sabe que después “se arreglarán” con la autoridad, mediante el soborno. Las élites económicas tampoco lo hacen por arrogancia y por contar con firmas de abogados que entablarán litigios interminables. Las autoridades tampoco han sido particularmente respetuosas del orden jurídico, ya que la corrupción o el abuso del poder han sido tradicionales desde la Colonia, y las actuales no han sido la excepción.

La Iglesia católica tampoco contribuyó en los 200 años de vida independiente a la formación de ciudadanos. Más aún promovió rebeliones armadas contra el Estado liberal del siglo XIX, con el lema de “religión y fueros”, y en el XX contra el Estado de la Revolución mexicana que mantuvo, sin añadir nada, las normas constitucionales de 1857 sobre la separación de Iglesia y Estado. Todavía en 1996, el actual arzobispo de la ciudad de México, y cardenal, exhortó a no obedecer las leyes que se oponen a los “derechos divinos o al proyecto de Dios (?) sobre el hombre”. Cabe preguntar a quién corresponde, dentro del cristianismo, definir nada menos que “el proyecto de Dios”: ¿al Vaticano?, o ¿a la Iglesia Luterana o a la Ortodoxa? La pretensión de ser depositario de un proyecto divino y con base en él promover la desobediencia civil es grave en extremo y fuente de conflictos interminables. Tampoco difiere de la voluntad de los fundamentalistas islámicos para imponer la sharia al conjunto de la sociedad. Ambas aspiraciones son contrarias a la democracia y al pluralismo y en nada contribuyen a la formación de ciudadanos.

No son maledicencias hablar del fracaso en el combate al narcotráfico o de la corrupción; tampoco lo es señalar la anomia del equipo gubernamental o la ineficacia de la política social. Nada de ello es “hablar mal de México”. Ni el equipo en el poder, ni su partido son México; representan una parte del electorado que les ha ido retirando su apoyo en las últimas elecciones, lo cual ha mermado la escasa legitimidad con la que Calderón llegó al poder.

Este tipo de mixtificaciones impiden plantear los problemas con claridad, proponer soluciones viables, y más importante aún, movilizar a la sociedad para asumir los costos que implica salir del marasmo nacional. Este sí es fuente de rumores y maledicencias que debilitan, todavía más, la credibilidad gubernamental, el espíritu cívico y la confianza en el país.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios