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crítica

José Emilio Pacheco: Como la lluvia. Poemas 2001-2008

José Emilio Pacheco: Como la lluvia. Poemas 2001-2008. Visor. Madrid, 2009. 212 páginas. 20 €
La concesión del Premio Cervantes al mexicano José Emilio Pacheco ha permitido que los lectores españoles descubran un poeta de escasa difusión en nuestro país, fuera de los medios más especializados. Me temo que, una vez pasados los fastos cervantinos de este año, vuelva Pacheco a quedar relegado a los estantes de algunos poetas y ciertos profesores de literatura hispanoamericana. Porque aún, nuestros profesores olvidan que es imposible explicar la literatura española separada de la que se hace en América, y de ahí el provincianismo que correa nuestros libros de historia y crítica. Y digo que lo temo porque un poeta como José Emilio Pacheco se hace a la par de la respiración de sus lectores, crece con ellos y, por lo tanto, resulta difícil, sin un esfuerzo de revisión general de su obra, enhebrar el ritmo de su aliento poético. De ahí la importancia del trabajo de la editorial Visor, que viene desde hace tiempo dando a conocer la obra el poeta, frente a otros que se apuntan al brote de la publicidad que el premio proporciona.

Visor, por tanto, ha publicado como novedad, a finales de 2009, dos libros de Pacheco, Como la lluvia y La edad de las tinieblas. Si el primero es un amplio volumen en verso, el segundo se subtitula “Cincuenta poemas comentados”. Son dos buenos volúmenes para apreciar lo que es la actual escritura del poeta mexicano y, además, para penetrar en lo que algún crítico denomina, en expresión que no me parece muy feliz por lo que luego diré, “poesía de senectud”.

Aquí, en estos libros, no se trata de una poesía del acabamiento, sino de la verdadera experiencia. No de poesía sobre las anécdotas personales que a nadie tienen por qué importar, sino transformación en palabra de la contemplación desde el conocimiento de los hechos cotidianos. Sólo por la larga observación de los fenómenos, éstos pierden su apariencia de anécdota para despojarse de las características personales, depurarse, y convertirse en símbolo de la vida. Así, el jabón de afeitar es como una lengua prístina que depurase lo que nombra, o conduce a la inocencia imaginaria. Los frijoles saltarines son el símbolo de nuestra vida. Las representaciones teatrales juveniles volverán a nuestro recuerdo como esquema de lo que fue nuestro transcurrir.

Como la lluvia es, de los dos libros recientes publicados por Visor, aquél en el que la mirada de la experiencia volcada sobre la realidad es más evidente, lo que no quiere decir que exprese sólo evidencias. El tiempo construye la mirada a la par que destruye lo mirado. La soledad del hombre parece el resultado necesario. Pero la soledad no es carecer de compañía sino saber que siempre se está sólo frente a la conciencia y al sentido último de la existencia. De ahí la conciencia de que el saber conduce siempre al no-saber, a carecer de respuesta para lo definitivo. Por eso Pacheco se refiere, por ejemplo, al bebé ultrasenecto que “…Navegó el río feroz de la vida a contracorriente. / Su victoria es ser de nuevo un recién nacido. / Pero esta vez ha llegado al mundo / En una tierra incógnita que llamamos Alzheimer” (p.32).

El libro, dividido en cinco partes, comprende poemas escritos entre 2001 y 2008, pero, aunque pudiéramos querer encontrar razón para cada una de ellas y ver que, por ejemplo, la cuarta sea una recopilación de textos de los que suelen llamarse de circunstancias, en verdad hay un hilo rojo que atraviesa y unifica el volumen: la relación o confusión entre la realidad y la literatura. Aquélla pudiera siempre verse, y de hecho así se hace, a través de ésta. Las referencias a obras literarias son constantes, sobre todo a la literatura clásica española que –y nunca mejor en este caso– sería preferible denominar literatura clásica del español, porque es la lengua y no la nacionalidad la que importa. En el poema titulado “Literatura y realidad”, se adjetiva a ésta como tremendista, que sería una calificación literaria. Ambas poseen la virtud artística suprema: no repetirse nunca, ser siempre nuevas y dejarnos siempre con la boca abierta; una y otra son imprevisibles.

La poesía directa, que pareciera ser la de José Emilio Pacheco, no lo es tal y no podemos confundirla con la que jugaron a hacer algunos de nuestros poetas de los ochenta y que tanto divertía a los lectores superficiales. Porque la superficie del texto en Pacheco no es sino la brisa que produce el libro al hojearse. La lengua es como el tobogán de leve inclinación que nos conduce a una conciencia agónica de la realidad. Lo agónico no tiene por qué ser terrible, sino combatiente, y el combate no es necesario hacerlo desde el apasionamiento: también resulta posible desde la serenidad.

La contemplación serena del transcurrir agónico de la realidad y de la vida. Eso es la poesía de José Emilio Pacheco. Si alguno preguntase: ¿Pero es una obra optimista o pesimista?, no podría sino contestarle: ¿Y la vida, es optimista o pesimista? Y diríamos que la vida es. La poesía de Pacheco es la poesía del ser.

Por Jorge Urrutia
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