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La revolución aparente

Juan José Solozábal
jueves 06 de mayo de 2010, 19:48h
He hecho acopio estos días de diferentes lecturas sobre las elecciones británicas que los españoles seguimos con inusitada atención. El lector conoce mis fuentes bastante citadas en estos recuadros: The Economist, The Times Literary Supplement, The Weekly Guardian. Añadan, por favor, un excelente artículo que aquí publicaba el pasado domingo William Chislett. La impresión de la situación que yo saco es, antes de nada, la de que hay que evitar dejarse llevar de las apariencias, pues estas son engañosas, algo, por cierto que ya denotaba en la política inglesa el periodista constitucionalista Walter Bagehot a mediados del siglo XIX cuando en su The English Constitution (1867) advertía de los rasgos aparentes, o superficiales, frente a los efectivos del sistema monárquico. Lo que pretendo decir es que no está tan claro que en las actuales elecciones se esté a punto de acometer el vuelco revolucionario que se pronostica por muchos observadores, si , como se presume, se abandonase como resultado de ellas el sistema mayoritario de distrito, y las elecciones dejasen de ser un procedimiento para elegir gobiernos, y se convirtiesen en medio de registro de la opinión pública, determinado por los estados mayores de los respectivos partidos. El Parlamento (llamado hum Parliament, dudoso Parlamento) recuperaría el liderazgo de la política británica, que le sería arrebatado al Primer ministro o líder del partido gobernante. Acabaría el sistema electoral mayoritario, llegarían los gobiernos de coalición, eventualmente la Reina podría recuperar un papel en la designación del jefe del gobierno (lo que faltaba a la cuestionada monarquía), se trasformaría, de verdad, la Segunda Cámara, se sustituiría el control del parlamentario de su distrito por la camarilla (the cabal) del partido, quizás se abordaría el control de la constitucionalidad de las leyes. Se exageraría, en fin, la tendencia hacia la profesionalización de la clase política y quedaría para la historia el espíritu amateur de la política, la imagen de Wilson, Callaghan o Major , tras sus irreprochables mandatos como primeros ministros, volviendo a su cátedras u ocupaciones anteriores. Ese regreso retomando una relación del político con la sociedad, nunca cortada, que tanto he envidiado en la política inglesa
Tendríamos una auténtica revolución constitucional, sería la segunda, la primera, como se cuenta en un excelente reportaje de The Economist en este último número, ya la llevó a cabo Tony Blair en los cuatro primeros años de los trece en el poder del partido laborista. Lo que ocurre es que esta revolución constitucional, de creer a los augures ineluctable, no ha sido adelantada a los electores ni está planificada como tal. Esta revolución partiría de la reforma electoral (“ el poder surge de la papeleta. Nada es más importante en la política democrática que las reglas sobre como votar”). Pero el autor de esta cita, indiscutible, señala en su contribución en el TLS lo difícil que es llevar a cabo una reforma electoral, cuyo propósito suelen olvidar tanto los ya instalados en el poder, por razones obvias, como los ciudadanos. Es preciso una grave crisis del sistema político para que ésta acabe en el cambio electoral, que en este caso la impresentable conducta de algunos diputados no ha logrado generar. De otro modo, los ciudadanos contrariados lo que hacen es debilitar su apoyo a las instituciones establecidas incrementando su apatía. Pero los ciudadanos apáticos, asevera Peter Riddell, “difícilmente ejercen la presión necesaria para superar la hostilidad de los políticos hacia la reforma”.

La tesis del The Economist, corroborando lo poco revolucionario de la situación, es que no hay demasiada diferencia entre los candidatos; así no hay que exagerar la frescura por ejemplo de Clegg, asumida como gran logro por The Guardian, cuya habilidad en la televisión no consigue superar algunas contradicciones de su programa, manifiestas en la política europea. Esto no es obstáculo para que el semanario de Londres, inconsistentemente, apoye al líder conservador en el fondo sólo porque, obviamente, no es Brown, cuyo record como Primer Ministro se subraya en el reportaje sobre la época laborista a que me refería al principio. Brown, nos ha mantenido fuera del euro, pero, dice The Economist, “está fatigado”.

En suma ni Brown, ni Cameron ni Clegg son líderes para los tiempos duros que corren, son tipos narcisistas superficiales (miembros de una “shallow narcissistic adolescence” dice algo exageradamente Michael White, de The Guardian), con un bagaje más de ingeniero de marketing o presentador de televisión que de estadista. Cielos, qué dirían estos observadores si echasen la vista por otros pagos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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