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reseña

Octave Mirbeau: El jardín de los suplicios

sábado 08 de mayo de 2010, 00:49h
Octave Mirbeau: El jardín de los suplicios. Prólogo y traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 216 páginas. 19 €
El jardín de los suplicios, de Octave Mirbeau, es una novela de extraordinaria intensidad y belleza. El sexo (en sus variantes lujuriosas), la tortura, el dolor, el amor y la muerte son los ingredientes de esta historia excepcional, caracterizada por una estética marcadamente decadentista; sin embargo, la obra contiene una alta carga política y erótica, de delicadeza floreal y brutalidad humana dentro de sus páginas, “de asesinato y de sangre”, como atesta la dedicatoria del mismo autor.

El libro se articula en tres partes: un prólogo que reproduce una conversación entre amigos, en total libertad, sobre los conceptos de crimen y de muerte (“En cuanto se produce el despertar de la conciencia en el hombre, se le insufla a éste en el cerebro el espíritu del asesinato”), considerados intrínsecos a la naturaleza humana, subrayando su relación morbosa con la índole sexual (“Los grandes asesinos han sido siempre enamorados terribles”). A continuación –las otras dos partes del libro–, uno de los participantes que hasta entonces apenas había intervenido, pide permiso para leer el relato de su experiencia, titulado “El jardín de los suplicios”, donde se cuentan las aventuras del protagonista, su amor por una extraña mujer inglesa (Clara), su viaje a China y la visión del jardín de una prisión, donde se encuentran los ajusticiados y condenados. La atmósfera resulta contradictoria y la particularizada descripción de las torturas, manchas de sangre y restos de carne, que ofrecen una visión dantesca de la cárcel asiática, contrasta con la belleza del jardín, el poder curativo de las flores, la presencia de una naturaleza divina.

Clara se erige la gran protagonista de la novela: una mujer extraña, lujuriosa y sensible; una femme fatale que ejerce sobre el narrador una peligrosa atracción, una dominación donde se mezclan rechazo, magia y erotismo. Para ella, “la lujuria es la perfección del amor (…) como uno alcanza el desarrollo completo de la personalidad”: las torturas le generan un decadente placer; los horrores que contiene aquella atmosfera la llevan hacia un éxtasis erótico; la muerte y el dolor le provocan “raptos orgásmicos”… Y mientras tanto, el desconcierto del narrador, incapaz de entender si está soñando o si lo que ve es la realidad.

Sin embargo, el libro representa algo más de una novela sádica: se trata de una áspera crítica a la sociedad de su tiempo (“Los mediocres nos están ganando. El espíritu burgués triunfa en todas partes”), a la clase política francesa, a la difundida corrupción política y a los excesos del colonialismo (“Si los gobiernos y las firmas comerciales que nos confían misiones civilizadoras se enterasen de que no hemos matado a nadie… ¿dirían?”) Por eso, la novela debe ser entendida como una metáfora de la sociedad francesa escandalizada por el caso Dreyfus, donde los hermosos conceptos –amor, felicidad, progreso– ocultan los sufrimientos que se esconden y que preferimos no mirar: “Donde hay hombres, hay suplicios…”

Sexo, sangre y belleza caracterizan una de las mejores novelas del decadentismo francés. Mirbeau se confirmaría como un gran escritor, lúcido y perverso, capaz de escribir una novela que vincula voluptuosidad e instinto de sufrimiento, sexo desenfrenado y muerte.

Por Andrea Donofrio
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