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El pinganillo

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El pinganillo es ya la metáfora de España. Lo fue la pandereta, instrumento para ejecutar sonidos, y ahora lo es el auricular para recibirlos. Para que digan que España no avanza en el uso de la tecnología.

La palabra pinganillo, como aparato receptor de sonidos, no existe más que por el uso popular. La única acepción de la RAE es asimilarla a “carámbano”, como pedazo de hielo. Y ahí acierta, porque si hay algo frío en las relaciones de comunicación es un pinganillo.

El pinganillo ha llegado para que se puedan entender los políticos españoles, gracias a la capacidad del instrumento para transmitir la traducción de las lenguas que transitan por esta comunidad patria. En el fondo, es un aparato inútil, porque lo que no entienden nuestros políticos entre sí no es el idioma, sino su contenido. Pero sí tiene un significado simbólico. Eso es lo importante de la generalización del pinganillo: que cada uno vea al otro como distante, incapaz de entenderle, diferente.

Es por ese simbolismo por el que los sectores nacionalistas, jaleados como siempre por los socialistas, insisten tanto en el uso del pinganillo. Para demostrar que son distintos al resto. En el mejor de los casos, españoles de otra condición. En el peor, simplemente no españoles.

Lo que refleja el pinganillo en los oídos de nuestros próceres en una sesión parlamentaria es, en efecto, un gesto simbólico, nacido de una reivindicación disgregadora del sentimiento nacional. Se trata de considerar al interlocutor “el otro” en sentido freudiano. O, más sencillamente, “no de los nuestros”.

Nos podremos reír de la imagen patética de Manuel Chaves, andaluz, poniéndose el auricular para entender al también andaluz Montilla. O al mismo Montilla, para entender a un gallego o a un vasco, que a su vez no se entenderán entre sí cuando empleen sus respectivas lenguas. Queda divertido verlo, además de que resulta algo cara la broma a los españoles, pero la moraleja de toda comedia siempre se aproxima al drama. En el fondo, Montilla ha llevado a Chaves y a su pinganillo al corral, le ha colocado en el lugar de quienes no entienden el lenguaje, que es la principal de las capacidades humanas. Y, después de su éxito al endosar a otro el pinganillo, ha tenido que someterse a la humillación de hacerlo él mismo, de donde se deduce que la traducción simultánea de lenguas españolas entre españoles que hablan español es un gesto perfectamente sadomasoquista.

Tienen razón los nacionalistas al considerar que su capacidad de éxito futuro, que es, como no ocultan en todos sus programas, la escisión de la comunidad nacional española, pasa porque España se fracciones simbólicamente y en su capacidad de comunicación interior. En que quede claro que somos diferentes, porque no podemos entendernos entre nosotros. Y si somos diferentes como comunidad humana ¿por qué vamos a componer una comunidad política?

Lo están consiguiendo, indudablemente. Eso sí: si usted quiere traducir del la palabra “pinganillo” del castellano o español al catalán, vasco o gallego le saldrá la palabra “pinganillo” o, lo que es más divertido, su traducción al español “receptor” o al inglés “earpiece”. Lo que demuestra que las tonterías se pueden hacer o decir en todos los idiomas con el mismo resultado. Y mira que era fácil llamarlo “pinganet”, “pinganinho” o “pinganinoa”, que esta gente no está en lo que hay que estar.
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