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Arizona: entre la hipocresía y el oportunismo

miércoles 26 de mayo de 2010, 20:28h
Las leyes antiinmigrantes en Estados Unidos son un discurso tan viejo como ese país, que aún quiere presumir la juventud de la cual ya carece, históricamente hablando. Insistir en ser joven (justificando así atropellos o inexperiencia) lo coloca al borde del ridículo. Mas tales leyes son el cuento de nunca acabar y aparecen a lo largo de su historia, tanto como el discurso muy utilizado de que es un país formado por migrantes. Lo segundo no excluye a lo primero, lo genera.

El 23 de abril pasado la gobernadora Jan Brewer firmó la ley SB 1070, con la cual criminalizaba abiertamente la presencia ilegal en su estado, sujetando su verificación al perfil racial de sus habitantes. Tal vergüenza palpable y comprobable en su propio texto fue apenas alterada en la enmienda firmada el 30 de abril siguiente, en respuesta a la enorme protesta que se levantó en contra de tal disposición, por ser violatoria de los derechos humanos. En esa enmienda llamada ley HB 2162 se eliminaba el perfil racial como criterio aplicable y permanece la posibilidad de que quien sea detenido podrá identificarse utilizando la licencia estatal de conducir o la emitida en otro estado o identificarse como miembro de una tribu reconocida en Arizona, al tiempo que amplió facultades de identificación a inspectores y representantes de las ciudades, condados y del estado de Arizona. Unas por otras. Y para proceder debe mediar una parada legal, detención o arresto para inquirir el estado migratorio del detenido.

Para actuar en contra de los migrantes ilegales, bastará la simple percepción de las cosas, sea o no equivocada. Ese es el doble crimen de tal disposición legal: juzgar sin fundamento a la persona y hacerlo por su apariencia física. Eso encierra un racismo abierto y descarado, inadmisible.

Los autores de la ley arguyen sin poca ni más vergüenza que no quieren migrantes ilegales en Arizona, pero todo mundo sabe que los necesitan y de ellos se aprovechan con o sin papeles, para hacer todo cuanto sus contratantes no harán por sueldos más bajos que la media, como sucede en muchos casos.

Que nadie se engañe: el trabajo que los estadounidenses no desean hacer, lo hacen los inmigrantes; saben sus contratantes que un acuerdo migratorio con México eliminaría ventajas indebidas que de momento, muchos obtienen a la sombra de la legalidad y a costa de tales trabajadores inmigrantes; hay demasiados intereses de por medio, como para intentar que se legalice la migración a Estados Unidos que busca trabajo y que hasta ahora es ilegal,.

Las doctas autoridades de Arizona se defienden con argumentos que se caen solos; amén de invadir competencias federales, no se cansan de precisar que adoptando esta ley hacen lo que Obama (su contrincante partidista) no ha hecho en el tiempo que lleva gobernando: poner orden en la frontera. Un pleito partidista que de nuevo no atiende el origen del problema: Estados Unidos necesita de más mano de obra, pues en puerta tiene 10 millones de jubilados potenciales que no tiene cómo reemplazar. Y se niega sistemáticamente a establecer un acuerdo migratorio favorable con México.

El racismo puro que no sorprende, que no extraña, que es natural, está presente una vez más en Arizona, que, como el resto de Estados Unidos, se sirve de la mano ilegal para escamotear sueldos y ahorrarse dólares (parte de la riqueza acumulada por ellos a través de ese trabajo), explotando la necesidad de esos sujetos que no tienen derecho a estar allí, pues han entrado a Estados Unidos sin permiso. Mas en vez de deportarlos, los explotan.

Arizona se sirve de ellos como el resto del país. Sin acuerdo migratorio y siendo necesarios tales empleos y tales dólares que ellos generan para cada una de las partes involucradas, el problema no tiene solución. No importa que algunos políticos estadounidenses usen el tema para prometer mano dura en la frontera. Como la corrupción también habla inglés, nada han hecho y nada harán para remediar ese tráfico ilegal y esa ilegal estancia en su país.

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