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reseña

K. Méndez-Monasterio: La calle de la Luna

domingo 30 de mayo de 2010, 01:01h
K. Méndez-Monasterio: La calle de la Luna. Ámbar. Barcelona, 2009. 192 páginas. 14 €
“Era otro siglo, sí, pero entonces también lo parecía”. A comienzos de los noventa, en un Madrid cambiante, en tránsito de un mundo a otro, la primera generación de jóvenes nacidos en democracia salía –salíamos– por sus calles en busca de los últimos vestigios de aquella idealizada movida, alentada por el Ayuntamiento y construida de anhelos adolescentes y canciones que escuchaban nuestros hermanos mayores. Procedente de una ciudad costera, Luis Peralta, protagonista de la primera novela de Kiko Méndez-Monasterio (Madrid, 1972), La calle de la Luna, llegará a la capital para estudiar Derecho y contar ese universo donde “todo tenía su música y su letra”.

El monólogo de su historia constituirá una novela de aprendizaje, escrita con soltura y jerga de la calle, cuya estructura remeda las partes de una canción pop: en su “melodía”, Luis, pletórico de vida y sensaciones, comienza a explorar todos los rincones, a empaparse de música, de noche, de alcohol, hasta montar su propio bar de copas. Pero, sin tiempo de asimilar tantas experiencias, su vida madrileña se hará cada vez más oscura (“cada vez menos día, cada vez más noche”), tanto como los antiguos calabozos de la comisaría de la calle que da nombre al libro, adonde irá a parar en una noche de reyerta.

Mientras su grupo crecía, maduraba y terminaba sus carreras, Luis continuaría su descenso a los bajos fondos, resistiéndose a crecer y a integrar un mundo sin melodías, actuando “como si no existiese el día siguiente, una estupidez extendidísima y algo placentera en un principio”. En el “estribillo” de la obra, acabará por perder el contacto necesario con la realidad y el orden: con la Universidad, con su novia y amigos, con su familia –excepto con Agustín, el tío “Latines”, a quien tampoco le gustaba lo real–, cayendo en una soledad absoluta que ni siquiera paliarán las mujeres que aparecen en su camino; también Madrid cambiaba, “se hacía europea”…

Huir de la ciudad y el fracaso por intentar resucitar un antiguo amor, ver que “atrás no quedaba nada bello, ni había que albergar esperanza de hallarlo en el futuro”, le salvan aparentemente, emprendiendo una vida “normal”, con un trabajo y un horario disciplinado; pero sin ilusión ni canciones que suenen en su cabeza, sólo nostalgia de la melodía en que habitó algún tiempo. Según él mismo, la frontera era el secreto: “Aprender a vivir en el canto, encima de un muro estrecho. De un lado anda la gente que se levanta por las mañanas, que tiene familia o la planea, hipoteca y plan de pensiones; por otro están los que no se acuestan, los de la Dama Blanca y brazos apretados con una goma en el cuarto de baño. Y no son extremos, ni lo uno ni lo otro, solo son ineludibles finales de trayecto; del viaje que uno empieza cuando decide caminar a un lado u otro del muro. La frontera es tutearse con los dos mundos”. ¿Cómo volver a vivir allí, donde únicamente el existir parece soportable, asumiendo el riesgo de caer por cualquier lado? La respuesta reside en el mismo libro; ya lo decía su mejor amigo: “Qué hijo de puta Carlos, que ya sabía que yo iba a terminar escribiendo todo esto…”

Por José Miguel G. Soriano
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