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crítica de cine

[i]El retrato de Dorian Gray[/i]: la obsesión por la juventud y la belleza

domingo 13 de junio de 2010, 11:22h
Por tercera vez el director londinense Oliver Parker ha elegido una obra de Oscar Wilde para llevarla a la gran pantalla. En esta ocasión, con el retrato de Dorian Gray no sólo se atreve a adaptar a Wilde sino que además hace un remake de la versión clásica de Albert Lewin de 1945.
No es la primera vez que el director londinense Oliver Parker adapta para el cine una obra de Oscar Wilde. Lo había hecho antes con otros dos grandes títulos del genial escritor: en 1999, con “Un marido ideal” y, en 2002, con “La importancia de llamarse Ernesto”. Aunque Parker había confesado su temor a encasillarse como adaptador de las obras de Wilde, es de imaginar que para alguien que ha unido una parte importante de su carrera a las novelas de Wilde, la tentación de adaptar el título más inquietante de todas ellas tenía que ser demasiado fuerte y, como escribió el legendario autor, la única forma de vencer una tentación, es caer en ella.

De modo que Parker se ha lanzado a realizar una adaptación más de la gótica historia de Dorian Gray, pero, sobre todo, se ha atrevido a hacer un remake de la versión cinematográfica con la que, en 1945, Albert Lewin aterrorizó a los espectadores, convirtiéndose merecidamente en un clásico inmortal al que, por desgracia, la nueva versión, que acaba de estrenarse en nuestro país, no llega a la suela de los zapatos. Las faltas de esta nueva versión son demasiadas, a pesar de que para las nuevas generaciones de espectadores que nunca han visto la cinta rodada por Lewin en blanco y negro, utilizando el color sólo para las escenas en las que se podía contemplar el cuadro en un primer plano, seguro que habrá virtudes que destacar.

La principal, seguramente, es la interpretación que hace Colin Firth del personaje fundamental de la historia, aparte de Gray, y ello, a pesar de que George Sanders había dejado el listón muy alto cuando, en el 45, se metió en la piel de Henry Wotton, el aristócrata de la Inglaterra victoriana que contribuye, con sus amorales consejos, a crear el monstruo. Firth es, sin duda, el único que sale bien parado de la aventura de Parker y suyo es el mérito de salvar, en parte, el resultado. Se muestra eficaz a la hora de destilar esa ironía tan británica que acompaña a una destructiva filosofía que aconseja vivir sin culpabilidad los instintos más bajos en aras de alcanzar el placer absoluto, aunque, por supuesto, él nunca pierda la cabeza por entregarse a lo que predica.

En el joven Dorian, recién llegado a Londres para tomar posesión de la inmensa herencia que le ha dejado su abuelo, Henry Wotton encuentra al conejillo de indias perfecto, pero la interpretación del bello y joven personaje que vende su alma al diablo para no dejar de tener nunca su envoltorio perfecto, por parte de Ben Barnes, hace que la película pierda mucha de la intensidad que requiere la dramática y fantástica historia que nos hace reflexionar acerca de ese deseo tan típicamente humano de no querer envejecer nunca y poder entregarnos a los placeres, sin preocuparnos por dejar marcas en nuestro espíritu ni, mucho menos, en nuestro cuerpo. El joven actor británico, conocido hasta ahora por su papel del príncipe Caspian en Las Crónicas de Narnia, logra retratar al inocente Dorian que llega del campo y cae deslumbrado ante las atractivas perversiones que Watton le va mostrando, pero se desinfla sin remedio cuando su personaje requiere mostrar con sutileza su cada vez más poderosos lado oscuro; y, en realidad, sabemos lo mucho que Gray ha cambiado por los actos que le vemos cometer, pero nunca por sus estados de ánimo, que no transmite con su plana interpretación. Tampoco nos lleva a sentir el terror que siente cuando ve en lo que se está convirtiendo el apuesto joven que un día retrató su amigo pintor Basil, a quien da vida Ben Chaplin, también bastante anodino en su papel.

Ni siquiera los efectos especiales, visuales y sonoros, con los que el filme rodea las escenas del cambio que se obra en el famoso retrato son capaces de recrear aquel aire terrorífico que tan bien transmitía la clásica versión, a pesar de no contar con los modernos recursos tecnológicos al alcance de Parker. Es cierto que la repulsión se consigue, pero le falta el elemento de credibilidad que, a pesar de ser la misma increíble historia, sí tenía a raudales la antigua cinta de Lewin.
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