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El extraño caso del juez Serrano, disidente

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El Consejo General del Poder Judicial acaba de abrir un expediente disciplinario al juez Francisco Serrano. El motivo ha sido haber ocupado la presidencia de la Asociación Española Multidisciplinar sobre Interferencias Parentales –vaya usted a saber qué demonios es esto- sin solicitar el preceptivo permiso. La falta debe ser gravísima porque los sindicatos de clase no se han movilizado en su defensa. Afortunadamente, ahí estaba la Federación de Asociaciones de Mujeres Separadas y Divorciadas impidiendo con su demanda semejante vulneración de la ley de incompatibilidades. La única sombra en la historia, limpia como la cuenta de un funcionario, es que ya a finales del año pasado varias asociaciones feministas solicitaron al Consejo que se abriera expediente al señor Serrano por otro motivo más deletéreo y mucho más justificado: la convicción de que su ideología personal podía representar un obstáculo a la hora de aplicar las avanzadísimas leyes españolas de defensa de la mujer. Los poderes fácticos impidieron con su habitual eficacia que la denuncia prosperara.

Como no conocía hasta ahora cuáles eran exactamente las ideas del juez Serrano he acudido a internet para informarme de lo que piensa. Después de buscar y rebuscar debo decir que el juez Serrano sostiene algo inadmisible, intolerable, francamente perverso, a saber: que tras las últimas reformas de nuestro ordenamiento jurídico, particularmente la ley de violencia de género, la mujer española ha quedado bajo la tutela de las instituciones (se ha pasado, dice irónica e imperdonablemente, de la tutela marital a la tutela institucional) y que esto no sólo no está favoreciendo la defensa de sus derechos y aún menos la igualdad, sino que está dando lugar a numerosos abusos que convendría corregir. Su tesis, apoyada en datos que nadie en su sano juicio tomaría en serio –informes del Consejo del Poder Judicial, partidas presupuestarias, estadísticas de denuncias falsas y garambainas por el estilo-, es que con el pretexto de corregir situaciones deplorables se ha montado en España lo que él llama con maldad desconcertante “negocio de género”, un tinglado que, a su odioso entender, tal vez esté beneficiando menos a las mujeres que a quienes usufructúan magnánimamente su defensa. Son ideas intolerables y no me extraña en absoluto que algunos de los afectados se hayan apresurado a tildar al juez Serrano de machista, defensor de los maltratadores, etc.

Cualquiera que esté familiarizado con el preclaro discurso feminista sabe a estas horas que sus interpretaciones de la realidad son la realidad y que dudarlo es como ponerse del lado de los que sojuzgan a las mujeres. El feminismo, doctrina moralmente superior a cualquier otra –superior porque el resto de las doctrinas provienen de una tradición discriminatoria- es la única ideología con derecho a pronunciarse sobre la mujer y sobre las leyes que regulan su situación en sociedad. Si un juez con ganas de llamar la atención pretende que los millones de euros empleados en la defensa de esta mayoría oprimida o el incremento colosal de cargos públicos o cargas públicas dedicadas a estos menesteres responde a intereses espurios o quién sabe qué otros innombrables motivos, se le acusa sin más tardanza de profesar una ideología equivocada, incompatible con su cargo, y se actúa en consecuencia. ¿Acaso el señor Serrano ignora que la objetividad es sexista?, ¿acaso se puede ser juez desconociendo que la verdad sobre la mujer sólo es accesible al que asume sin rechistar los principios fundamentales del movimiento feminista?

El juez Serrano debe pagar por haber expresado ideas tan atroces como las anteriores. Su comportamiento perturba la paz social e impide avanzar con paso firme por el camino de la Historia. No es un hombre de progreso y, por lo tanto, debe ser tratado como merece, quiero decir, inquisitorialmente. Como no tenemos ya galeras donde ponerlo a remar, mándelo a una celda en Torre de Juan Abad y oblíguenle a reciclarse como hacen con los profesores que se ríen de la pedagogía. Eso sí, no le den a estudiar mujeres de ideología equivocada, que de todo hay en la viña que antes era del Señor. ¿Se imaginan ustedes que por un conmovedor descuido de sus perseguidores, entregados a la causa de la mujer, cayera en sus manos alguna novelilla de María de Zayas o de cualquier otra fémina oprimida del siglo de oro y leyera, para ludibrio de su corrompido espíritu, aquello tan bonito, y tan falso, de “que las almas no son hombres ni mujeres”?
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