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Cataluña más allá del Estatuto

miércoles 21 de julio de 2010, 20:17h
Ésta, se lo advierto al lector, es una nota de tonos muy negativos. Una reflexión que nace, para empezar, de la convicción que la distancia que algunos observadores detectan entre clase política y ciudadanía en la Cataluña de principios de siglo XXI es un triste consuelo, una manera para no abordar de frente lo que ocurre. Puede, por tanto, ahorrarse su lectura si cree que va a tener un disgusto.

En Cataluña no hay nadie que alce la voz para rechazar la razón nacionalista. O somos muy pocos. Irrelevantes. Éste “dejar hacer” no es de ahora, no arranca con el Estatuto y el Constitucional. No es una novedad. Hemos callado -o no hemos tenido un criterio suficientemente decidido- ante las intromisiones nacionalistas en la literatura, el deporte, la religión, las actividades culturales o -para referirme al lugar en el que trabajo- la universidad. Tampoco hemos sabido exigir al poder político que su acción tuviese unos límites estrictos en lo relativo a la educación o, incluso y ejemplo último de dejadez, en la vida cotidiana. Aquellos que han osado, han sido estigmatizados y han dejado de formar parte de la arena interior. Aquella en la que se debate lo que nos afecta. En este sentido, que la Constitución se haya presumido caduca y se haya pretendido modificar -Pasqual Maragall, dixit- a partir de esa arena interior no es más que el corolario lógico. El resultado último de un proceso vivido durante décadas.

En Cataluña, como en todas partes, el nacionalismo hace explícito un desacuerdo radical, de cepa romántica, con la realidad. Se trata de una inconformidad de sustrato absolutamente religioso -como en rigor lo es, se lo diría cualquier liberal, toda expresión de inconformidad radical con la realidad. Ese malestar con lo que hay es independiente de lo que hay. Precisar dónde nos encontramos procediendo a mirar hacia atrás con criterio sosegado no es tarea del momento. Y no lo es porque el nuevo sacerdocio ha conseguido que el pueblo, o los creyentes, haya llegado a sentir la superioridad de un estado de cosas que, literalmente, no existe.

En este punto habría que introducir una mínima explicación al por qué de la unanimidad. No es únicamente la fascinación por lo no existente. Es que ésta, para alcanzarse, exige una previa renuncia a la cultura desde el punto de vista individual. En una perspectiva liberal la cultura es trabajo, rigor y sufrimiento. Eran éstos valores de cuya importancia sabían nuestros padres, o nuestros abuelos. De hecho, sobre este rasgo se fundó la singularidad catalana en los tiempos contemporáneos. Esto, evidentemente, ha sido liquidado. En toda regla. Empezando por la escuela.

La paradoja radica en el hecho que a mayor poder político catalán menor catalanidad antropológica.

Finalmente, habría que añadir, según mi perspectiva, un último elemento de análisis. El nacionalismo opera, incluso entre los que en principio se definían como no nacionalistas, como la excusa perfecta para una acción política que no ha sabido estar a la altura de su responsabilidad. El horizonte conquistado en 1979 era amplio y, en contra lo que dicen los medios políticos e intelectuales catalanes, de entonces a esta parte se ha ampliado. En realidad, los jóvenes que en Cataluña lideraron la transición, y los que les han seguido -porque el relevo generacional se ha producido- han tenido un casi ilimitado acceso al poder. El problema es que lo han malgastado. Lo vieron como una autorización para improvisar y para satisfacer fácilmente su vanidad. Nadie les ha pedido cuentas.

Como les decía al principio, la nota es absolutamente desesperanzada. Entiendo que la combinación de todos estos factores ha provocado un retroceso de la política hacia formas cada vez más irreflexivas, sentimentales y primarias. Entiendo, en suma, que a estas alturas cabe decir que los ideales de la vida política catalana no son, probablemente, administrativos. Son de orden revolucionario.
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