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México: la mediocridad satisfecha

jueves 22 de julio de 2010, 10:21h
El país se encuentra sumido en el adocenamiento pero las élites tan campantes, como si nada ocurriera. El insignificante papel del fútbol mexicano en Sudáfrica pinta, de cuerpo completo, lo que ocurre, más bien deja de ocurrir, en México. El pueblo, generoso pero naïf, “tenía fe” en que la selección pudiera derrotar a Argentina.

Los mediocres resultados electorales, observados desde un inicio, han sido magnificados, a pesar de que algunos “asalariados” del gobierno (Rafael Segovia) alaban unos resultados que sólo ellos conocen, como Enrique Krauze, quien afirmó que los resultados del 4 de julio fueron “un gran paso en la maduración de nuestra democracia”. La mayoría de los analistas serios los juzgaron de manera diferente.

Ante todo hay que señalar un embrollo con las cifras: se dan unos resultados poco convincentes en cuanto a la participación en los estados en que triunfaron las coaliciones; mucho menos se habla de las cifras obtenidas por el PAN (las derechas) o por el PRD (las izquierdas). Las encuestas previas, las serias, se vieron contradichas por los resultados, lo cual no dejó de sorprender y de arrojar sospechas acerca de la limpieza de los procedimientos.

Todos los partidos guardan silencio y sus dirigentes han sido parcos en proclamar victorias; saben que no hay mucho que festejar. El PRI perdió tres estados importantes y ganó el mismo número, pero mucho menores en cuanto a población y actividad económica. El PAN y el PRD coaligados serán marginados por los futuros gobernadores: dos (el de Sinaloa y el de Oaxaca) son ex priístas que ya han manifestado su intención de gobernar con “los mejores” o sea que no dudarán en llamar a sus leales. El tercero, en Puebla, triunfó gracias al apoyo del sindicato de maestros, condotiero electoral que realiza todo tipo de trabajos, salvo enseñar, ya que no pocos maestros no concluyeron sus estudios básicos.

Que el PRD, dividido al infinito, se haya acogido a una alianza con su archienemigo ideológico no sorprende. Era una cuestión de vida o muerte, pues se encontraba a punto de perder su registro electoral por falta de votantes. La situación del PAN era menos drástica, no así la del presidente sumido en la depresión. Cuatro días antes de las elecciones manifestó a los dirigentes empresariales: “Dentro de poco ya no voy a estar y la situación –la narcoguerra– va a seguir”. Un arrollador triunfo del PRI, como se preveía, hubiera significado el acabose de su gobierno. De ahí que los resultados, aunque mediocres, hayan sido considerados satisfactorios.

La alianza antipriísta permitió a Calderón salvar la cara, pero en forma alguna representó un triunfo. El presidente aprovechó la circunstancia para cambiar algunos ministros y a otros funcionarios de su entorno. Siempre se ha dicho que un jefe mediocre se rodea de medianejos colaboradores a fin de no ser opacado. Tal ha sido el caso de todos los nombramientos realizados desde 2006 y, este último, no fue la excepción. Delicada, en particular, fue la designación del Ministro del Interior, oscuro y limitado funcionario del lejano y fronterizo estado de Baja California, ajeno a la política nacional. La intención es clara: el presidente quiere manejar, sin llamados a la reflexión, la política interior. El ministro destituido tenía la personalidad y la capacidad para disentir, lo cual resultó intolerable a un hombre corto de entendederas.

En más de una ocasión, Calderón se consideró jefe de la llamada corriente “doctrinaria” del PAN que ponía énfasis en su apego a los principios y programas fundacionales. Esta autodefinición le permitió marcar distancias con la corriente calificada de “pragmática” que hacía gala de su ignorancia, pero había demostrado mayor capacidad para ganar elecciones locales. Uno de sus mejores exponentes fue Vicente Fox.

Bien haría el presidente Calderón en releer algunos párrafos de la carta del fundador del PAN, Manuel Gómez Morín, al escritor y ex secretario de Educación, José Vasconcelos, que aspiraba a la Presidencia de la República en 1929. Con base en su gran prestigio intelectual y en la posibilidad de formar un amplio movimiento popular, con alianzas de todo tipo, Vasconcelos intentó, sin éxito, oponerse al recién creado Partido Nacional Revolucionario (PNR), después PRI. En dicha carta hay dos puntos que merecen destacarse: por un lado, Gómez Morín condena los movimientos basados en una persona (caudillos) como antidemocráticos y, por otro, desconfía de los entusiasmos “nacidos de valores negativos”, pues considera que, en caso de triunfar, “al día siguiente del éxito, la fuerza adquirida se desmorona”. No es difícil imaginar la reacción de Gómez Morín a las alianzas de su partido con el PRD sobre la base de un movimiento nacido de “valores negativos”, el antipriísmo, y que para colmo postulan a un ex priísta.

El balón de oxígeno que obtuvo Calderón durará poco y aunque los promotores de las alianzas hablan de otras futuras, falta por esperar los primeros resultados de gobierno de estos neocaudillos. También está por verse la acción de los nuevos funcionarios calderonistas y, más importante aún, la reacción del PRI que conserva su mayoría en la Cámara de Diputados y en buen número de los congresos estatales. Huelga comentar que la guerra contra el crimen organizado ha escalado (el uso de autos bomba), el número de muertos va en aumento y que el gobierno hace cuentas alegres sobre la recuperación económica y el empleo.
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