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El periodismo literario: preservación de un género

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 26 de julio de 2010, 19:43h
Existen escritores que poseen la clave del artículo formalmente impecable, sazonado con todos los ingredientes para provocar la fruición del público. Son por lo común, prosistas de un amplio registro estilístico, con mucho oficio a sus espaldas y certero instinto sobre los gustos de la audiencia de los medios periodísticos. La glosa del acontecimiento del día, el escolio del suceso que ha conmovido a la opinión, prestan, de ordinario, los elementos para tejer con primor el artículo ocasional que no abdica, empero, de cierta pretensión de permanencia. Su panoplia ideológica suele estar menos abastada y la reiteración acecha a sus trabajos cuando no los estraga. El virtuosismo estilístico opera milagros mientras que el equilibrio entre fondo y forma logre mantenerse siquiera sea en precario. Si el segundo llega a desaparecer, los articulistas de tal sesgo se suelen momificar.

La otra raza de los escritores de que hablamos es aquella en que el lenguaje, el vehículo expresivo se subordina a la riqueza de pensamiento, al mensaje de levedad trascendente que sella habitualmente los productos más destacados del género literario a que se alude. En su axiología, el artículo sólo se legitima por su sustrato doctrinal, la fuerza de su discurso y su capacidad de impregnación. Sin volver la espalda a la voluntad de estilo, su imperativo categórico lo constituye un texto caudaloso, en el que el lector se sumerja con garantía de ensanchar su bagaje cultural. Bien conscientes de la fugacidad del trabajo periodístico, tales escritores aspiran, no obstante, a dar a los destinatarios de su afán, materia para la meditación y, en el mejor de los supuestos, aportarles un haz de valiosas observaciones en torno a asuntos de entidad.

Si la frivolidad es el peligro que ronda la actividad de los primeros, la cargazón o el adoctrinamiento se convierten con frecuencia en el lastre de los segundos. En paisajes como el nuestro, de cultura predominantemente visual y auditiva, con escasa afición por el ejercicio del pensamiento, la descalificación antes a éstos que a aquellos, como lo demuestra la experiencia cotidiana, y pese a la mayor importancia de su frente. Aunque ardua, la confección de un buen artículo no encierra mayores obstáculos que otras aventuras intelectuales. Diariamente vienen a demostrarlo muchos ejemplos. Sus grandes cultivadores enseñan que no debe, naturalmente, establecerse ningún antagonismo entre belleza expositiva y nervio argumental, aunque no pueda dejar de reconocerse lo difícil de ese matrimonio. La sustancia parece requerir pesantez: mientras que la ligereza – no la superficialidad- semeja convocar la ingravidez. La conciliación es, sin embargo, posible. El tenso esfuerzo de la pluma y el rigor de la lógica logran que el dardo llegue a su diana. Asaeteado en un punto sensible de su imaginación o curiosidad, el lector entabla de inmediato un diálogo con el articulista. Asentirá aquí, rechazará allí; pero incorporará a su universo ideológico, de manera a veces inconsciente, sugerencias e incitaciones, con saldo positivo para su enriquecimiento intelectual.

Unos y otros articulistas son, claro, indispensables para la preservación de un género, el periodismo literario, que hoy se bate en retirada en casi todas partes y que en España gozó siempre de roborante salud. Aunque también sobre el periodismo informativo se ciernen graves amenazas, en manera alguna cabe compararlas con las que envuelven el porvenir del abordado en estas líneas, menos instalado en las preocupaciones y preferencias del hombre del presente, al que, a veces, se le ofrece como una pervivencia del ya muy lejano siglo XIX. SOS: Que vengan en su auxilio plumas bien cortadas y enjundiosas para demostrar las múltiples virtualidades que aún encierra.
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