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Fin de curso (político)

viernes 30 de julio de 2010, 20:44h
Todos los fines de curso se parecen en una cosa, en que los “cursillistas” reciben sus calificaciones finales. Con el mes de julio bien avanzado, la resaca del triunfo de la selección española, abundando en todo tipo de lecturas simbólicas, con palabras como “esfuerzo” y “solidaridad de equipo” sonando a gloria, pero también con las cifras de la crisis y las cifras de los manifestantes en las calles de Barcelona a favor de la nación catalana, todo ello dibujaba un horizonte en claroscuro que se reflejó en el debate del estado de la nación, digna clausura del curso político. No es de los que pasarán a la historia. Quizá lo más importante del debate estaba en cómo se delineaban las fuerzas parlamentarias para ver si Zapatero va a poder sacar adelante los próximos presupuestos. El debate en sí no importa porque todo el mundo sabe de antemano lo que cada cual va a decir. La sorpresa puede venir de que una diputada decida arriesgar citando unos versos del Tenorio de Zorrilla, por cierto, sin demasiado brío. Eso, la previsibilidad, está bien en las democracias consolidadas, pero no en época de crisis (es la segunda vez que escribo la palabra y no será la última). Tanta previsibilidad no es buena. Porque está pasando algo y no sabemos qué.

De modo que, a mi juicio, podemos suspender a la inmensa mayoría de sus señorías en lo que respecta al debate de la nación y en lo que respecta al curso político que termina. Pero unos están más suspensos que otros porque hay que exigir más al que más puede y en política, por definición, puede más el que gobierna que el que vegeta en la oposición. Así que el que más suspende es el presidente Zapatero. Para empezar por el final, teníamos grandes esperanzas puestas en la presidencia europea, en que la imagen de nuestra nación y la de nuestro presidente brillaran con luz propia. Y ha resultado una presidencia europea sin espíritu, sin ímpetu, adelgazada en sus pretensiones más o menos al mismo ritmo con que veíamos a Zp perder peso y aparecer con un aire macilento y como de pedir perdón… por no hacer las cosas un poco mejor. (Parece consciente de que no las puede hacer mucho mejor).

Pero para justificar el sentido de mi suspenso, aclaro que no me centro en la crisis económica. Quizá tenga parte de razón el Presidente al referirse a ella como a un “acontecimiento mundial” sobrevenido–no precisamente el que vaticinaba la señorita Pajín poco antes de que España asumiera la presidencia europea— y frente al que los países aislados poco pueden hacer. Pero no podemos dejar de anotar en su debe que estuvo demasiado tiempo negándola y sobre todo no tomándosela en serio. Y ahora llego al centro de mi argumento para justificar el suspenso. A mi juicio, Zapatero no se hizo cargo de la crisis porque estaba demasiado ocupado con aquello de lo que entiende –ya sabemos que de economía sabe lo que da de sí una tarde con los apuntes prestados. ¿Y de qué sabe? Pues sabe de reideologización de la política. Y se puso manos a la obra por la doble vía de reabrir la caja de Pandora de las reivindicaciones nacionalistas catalanas y al mismo tiempo, pues guardan una relación interna, poner en duda la legitimidad del juego político democrático basado en la Constitución del 78.

La ley de memoria histórica con su carga de suspicacia acerca de lo mal que se hicieron las cosas en la transición democrática respecto de los “vencidos”; el olvido intencionado de que la guerra y su desenlace fue una “experiencia trágica” (me sirvo de la ajustada expresión de Santos Juliá) sólo apunta a un objetivo. La denuncia del pacto constituyente aunque no se haya dicho con esta crudeza. Es necesario hacer otro en el que ahora sí, a la derecha vamos a pedirle que exhiba su pedigree democrático porque el que tiene ha dejado de servir. (A pesar de las elecciones ganadas y perdidas; a pesar del impecable comportamiento democrático en estos más de treinta años.). Y al fondo el paisaje de los nacionalismos llamados “históricos” y su rechazo del Estado de las autonomías.

Vale, Señor Presidente. El principio de estabilidad política, clave de la salud económica y financiera, ha quedado puesto en tela de juicio a la luz pública. ¿Podemos estar seguros de que los analistas de inversiones no toman en cuenta este tipo de riesgos? Siendo dramática la cifra de parados, no lo es a mi juicio tanto como el hecho de que el consenso de convivencia que nos ha permitido llegar a donde estamos en lo que va de siglo XXI esté puesto en entredicho. Pero sí sabemos los que algo sabemos de historia de la increíble fragilidad de los asuntos públicos. Con los consensos políticos pasa como con la buena reputación, que cuesta mucho tiempo ganarla pero que basta una maledicencia bien urdida para arruinarla.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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