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UMBRAL

viernes 14 de marzo de 2008, 21:01h
Día a día, los más afamados escritores van desgranando sus columnas literarias sobre la que ha dejado vacía Paco Umbral, y yo, que ni soy escritor ni afamado, sino sólo su médico y su amigo, siento el irresistible deseo de aportar algo nuevo sobre él.

Siempre he pensado que un médico no debe hacerse amigo de sus enfermos, porque la libertad del paciente podría verse coartada por una excesiva gratitud de éste hacia lo que simplemente es una obligación del médico: curarle.

Con Paco Umbral, confieso que no cumplí con esa regla y no pude evitar ser su amigo, y él el mío, como lo evidencia lo que escribió sobre mi familia, sobre mi y los hospitales que hemos creado, con aquella prosa suya tan chispeante y acabada, y al mismo tiempo tan sincera y tan sentida, que no dejaba resquicio alguno a la duda o al compromiso. Su supuesta altivez, era la puerta de entrada a su generosidad, a tal extremo que reunió y consiguió de las autoridades la promesa de la creación de un centro de investigación sobre enfermedades neurológicas, a sabiendas que a él no le alcanzarían los logros. En la intimidad resultaba sorprendente el profundo conocimiento que tenía del hombre, ya que, sin apenas oír, gracias a su aguda observación y su intuición privilegiada, conseguía entenderlo todo.

A lo largo de mi vida profesional he observado que en el mes de Agosto suceden las desgracias mayores y se hacen los mejores negocios. Ocurre lo primero, porque en la ciudad se quedan los enfermos más graves, y se van de vacaciones con frecuencia los médicos mejores; y lo segundo, los que se quedan rematan el negocio.

Pues bien; acaso por eso, fue en el mes de Agosto de hace cuatro años, cuando conocí a Paco Umbral. Su director Pedro J. Ramírez, que está a todas cuando se trata de un problema que afecta a alguno de los suyos, encomendó al Doctor José Luis de la Serna, que siguiera paso a paso la evolución de la salud de su amigo Paco, que habiendo sido intervenido quirúrgicamente, se enfrentaba a graves complicaciones. El citado doctor, dada su reconocida experiencia en Cuidados Intensivos, tras realizar unos análisis exhaustivos, decidió, para mayor seguridad, ingresarlo en el Hospital de Madrid Montepríncipe, recientemente acreditado como Hospital Universitario por la Comunidad de Madrid.

Como es lógico, Umbral se sintió muy bien tratado por médicos y enfermeras en una UVI espaciosa, dotada de luz natural, ya que el hospital está situado en un entorno de extrema belleza, rodeado de encinas, en un paraje único. A partir de aquel día, y al reiterarse las complicaciones que le originaba su enfermedad, Umbral incorporó el hospital a las rutinas de su vida diaria, y acudía a él con tal naturalidad y frecuencia que le hicimos Socio de Honor. El cariño que dispensaba a todo el personal del centro, sólo podemos compensarlo hoy, con nuestra gratitud y nuestro recuerdo.

A lo largo de estos últimos años, no llegó Umbral a apercibirse de la importancia de las situaciones críticas generadas por su enfermedad, merced, sin duda, a la facilidad con que eran resueltas por los médicos del Hospital. Pero en la fase final, la debilidad extrema, los temblores, la falta de fuerzas y la pérdida de peso, se convirtieron en sus "Jinetes del Apocalipsis", que sólo podían ser dominados porque su mente continuaba siendo lúcida y poderosa, al punto de olvidarse de su cuerpo doliente cuando iniciaba un parlamento sobre Arte o Literatura.

En mi última visita, en su casa, lo hice acompañado por un amigo común, el académico Luis María Ansón, que sentía por Umbral una admiración profunda y sincera. Durante casi dos horas estuvieron hablando de Valle Inclán, de Neruda, y de otros escritores y poetas, asistiendo yo atónito a aquel brillante intercambio de opiniones, acorde con la elevada estatura intelectual de ambos personajes. En efecto, durante aquel largo diálogo, Paco Umbral sacó a relucir su raza de siempre, y exhibió una mente de gigante. Al salir de su casa, Luis María, lleno de esperanza y de contento, me comentó: "si es por su lucidez, la columna de Umbral durará para rato".

Desgraciadamente, no fue así. Cuando de nuevo, y para reponer las fuerzas que le permitieran seguir escribiendo, tuvimos que ingresarle otra vez en el Hospital, comprendí que su derrumbe final estaba próximo, y fue entonces, cuando dictando a su querida España, su última e inacabada columna, sin apercibirse siquiera, despidiéndose sin saberlo de "sus Españas", se nos fue para siempre, sin sufrimiento, sin angustia. Sentimos entonces, junto a la desgracia de su pérdida, la íntima satisfacción de haber logrado cumplir con la misión más sagrada del médico: intentar conservar en el paciente la esperanza de vivir, hasta el instante mismo de morir.

Juan Abarca Campal

Doctor en Medicina y Cirugía

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