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crítica

Florencio Domínguez: Las conexiones de ETA en América

sábado 21 de agosto de 2010, 18:49h
Florencio Domínguez: Las conexiones de ETA en América. RBA. Barcelona, 2010. 320 páginas. 22 €
Corría el año 1999 cuando el autor de esta reseña se encontraba en la capital de El Salvador. Acudía invitado a impartir una conferencia referente a la violencia política desatada antes y durante la etapa de guerra civil padecida por aquel pequeño país centroamericano en la década de 1980, un asunto que hube de estudiar a fondo en años anteriores. Al final de la intervención comenzó un turno de preguntas de los oyentes que me serían planteadas por escrito, sin que pudiera identificar al autor de cada una de ellas. La más destacada hacía referencia a la situación española del momento. Más o menos, se me preguntaba si existía alguna forma de violencia que pusiera en riesgo la estabilidad política de España. Con naturalidad respondí ante el conjunto de la audiencia que, en efecto, ese caso existía por culpa de la organización terrorista ETA, la cual llevaba décadas jugando a desestabilizar España a través del chantaje y el asesinato. Al terminar oficialmente el acto dejé la mesa y una señora salida de entre los asistentes se acercó a mí con rostro contrariado para regañarme por no haber mencionado el caso de los GAL. De nuevo, con toda la naturalidad de la que pude hacer gala contesté que, ciertamente, los GAL habían sido un lamentable episodio en el que se habían visto implicadas altas instancias del Estado, pero que la pregunta a la que había respondido remitía a la situación presente, en la que los GAL ya no operaban y cuando el propio sistema español de justicia había logrado llevar a los tribunales a todos los responsables involucrados. En cualquier caso, añadí, el daño causado por las torpes y brutales acciones de los GAL no eran ni de lejos comparables con los ocasionados por ETA, una organización terrorista que, a pesar de encontrarse entonces al final de una etapa de tregua (la tregua-trampa denunciada como tal por Mayor Oreja), seguía ejerciendo una opresión implacable en el País Vasco. La respuesta dio igual, pues mi interlocutora sólo quería despotricar contra el Estado “opresor” de España.

Como cualquier español que haya conversado sobre el tema con personas y grupos próximos a las izquierdas latinoamericanas, en años sucesivos pude comprobar personalmente en México, Uruguay, Chile, Argentina o Bolivia cuán hondo seguía calando en Iberoamérica la falaz narrativa de ETA sobre su conflicto con España, a la que se otorgaba mucha más credibilidad que a las posiciones oficiales de nuestros gobiernos. Triste error de un Estado democrático que durante demasiado tiempo, hasta llegar el gobierno de José María Aznar, no se atrevió a librar con plena contundencia y a escala internacional la batalla de las ideas contra el nacionalismo vasco radical y violento. En parte por no haberlo hecho antes, y en parte por haber permitido y alentado que el continente americano se convirtiera en lugar de exilio y refugio para etarras, la organización terrorista pudo tramar una tupida red de contactos e intereses que le ayudaron a dar continuidad a su herencia de sangre y fuego, y así hasta hoy mismo.

La trama de contactos e intereses a la que se acaba de hacer alusión es estudiada con toda profundidad y detalle en un libro de reciente aparición, Las conexiones de ETA en América (2010, RBA editores), escrito por el periodista Florencio Domínguez, seguramente el analista español que mejor conoce a ETA, tal y como lo atestigua su larga lista de libros antes publicados sobre el asunto y sus indispensables artículos escritos para los diarios El Correo y La Vanguardia. Basándose en un gran número de pruebas documentales y testimonios cuyo contenido es sopesado con máximo rigor y prudencia, el nuevo libro de Domínguez pasa revista a la historia de los vínculos establecidos por ETA a lo largo de su dilatada trayectoria asesina con organizaciones violentas de la extrema izquierda en Iberoamérica, así como con algunos Estados latinoamericanos que han ofrecido respaldo explícito o tácito al asentamiento de etarras en sus propios territorios, además de utilizarlos para promover acciones delictivas e insurgentes en terceros países. Los vínculos estatales estudiados en el texto reseñado remiten principalmente a Cuba, la Nicaragua sandinista y Venezuela (antes y durante los gobiernos de Chávez), además de explicar la política igualmente protectora o pasiva aplicada en ciertos momentos por Uruguay y México hacia los “refugiados” etarras. Entre los grupos insurgentes que aparecen como colaboradores de ETA en uno u otro momento de su historia se incluyen a los chilenos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria; las Fuerzas Bolivarianas de Liberación, radicadas en Venezuela; la guerrilla salvadoreña del FMLN (Frente Farabundo Martín de Liberación Nacional); los tupamaros de Uruguay; las FARC e incluso ciertas colaboraciones puntuales con narcos colombianos como el propio Pablo Escobar, a quien miembros de ETA prestaron ciertos servicios en su época de esplendor.

Domínguez demuestra y explica cómo ETA perpetró secuestros conjuntos con los insurgentes chilenos (por ejemplo, el de Emiliano Revilla), contó con miembros propios que se integraron en las filas del FMLN y que participaron en la guerra civil librada contra el gobierno salvadoreño, financió a los tupamaros, entrenó a los bolivarianos venezolanos e intercambió favores, cocaína, armas y experiencias con las FARC (lo que quizá siga ocurriendo hoy). Estas relaciones no han sido permanentes o no han implicado el mismo nivel de colaboración en todo momento. Pero el autor ofrece pruebas sólidas en apoyo de una tesis inquietante. Esas pruebas indican que el interés de ETA para relacionarse con los movimientos “revolucionarios” de la izquierda iberoamericana ha variado en función de un criterio único o esencial: la actitud de dichos movimientos hacia la violencia. En concreto, los vínculos han alcanzado su máxima intensidad mientras los socios latinoamericanos han mantenido una estrategia violenta y, por ende, han tendido a debilitarse cada vez que se ha optado por una incorporación a la política pacífica e institucional. Como dice el propio Domínguez, esa pauta revela la obcecación de ETA con la violencia, su absoluta incapacidad para resignarse a la política convencional, una opción que en realidad siempre ha resultado incomprensible para sus sucesivos líderes en activo.

Más allá de esa constatación, en sí misma decisiva y clarificadora, el libro de Florencio Domínguez está repleto de informaciones del máximo interés. Una vez más, un trabajo indispensable para aumentar nuestro conocimiento sobre una de las grandes rémoras de nuestra democracia.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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