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Camino de Santiago, urbanismo y autonomías : El desastre de Cantabria

jueves 02 de septiembre de 2010, 21:16h
Época ésta de principios de septiembre, buena para reflexionar sobre casos y cosas que vimos durante el pasado verano, y que no podíamos entonces poner en negro sobre blanco, por la natural falta de medios.

Una de ellas, es el contraste vivido en el paisaje urbano y rural entre distintas regiones, cuando despaciosamente se las atraviesa, como ocurre cuando al pasar de camino por ellas, vas comprobando las diferencias en la gestión de un mismo asunto, como son las que produce andar por el Camino de Santiago. Un ejemplo claro para mirar tranquilamente las diferentes y diversas actitudes que sobre el turismo, paisaje, medio ambiente, en fin, cultura al final, tienen las disímiles Comunidades Autónomas.

El Camino de Santiago no es ajeno al Derecho. Desde que el Campus Stellae fuera fijado allá por el 813 por el Obispo de Iria, y reconocido como camino con protección real en 834 por Alfonso II el Casto, los Reyes fueron dando legislación en forma de privilegios que fijo las rutas por donde senderos y trochas imponían el tránsito de personas y alguna mula en los fundos, establecieron hospitales, y policía rural para proteger de asaltos al peregrino y lugares de posada y acogimiento de todo tipo.

Los Caminos, pues eran muchos, fueron confluyendo y entre ellos, comenzó al parecer el Camino del Norte, alejado entonces de tierras conquistadas, que es la vía que este agosto he realizado en una buena parte.

Debo decir que me ha parecido bien trazado y conservado el sendero que va atravesando el País Vasco. Bien cuidado, limpiado y señalizado, transcurre buena parte por entre monte y el caminante pisa tierra, y va encontrando lugares más o menos hóspitos donde puedes reparar fuerzas. Algunas de esas tierras, a veces, presentan todavía en su decorado urbano algunos síntomas de barbarie política, que sin embargo no se compadece con el buen hacer de las personas que vas encontrando. Te atienden bien, a veces con carestía si llegas de improviso, pero comúnmente resulta grato; hay fuentes más o menos bien situadas, y pese a franquear por sitios donde tras la umbría sigue otra sombra, no te pierdes y hay puntos de ayuda.

El urbanismo que vas atravesando, como en tantos otros lugares, muestra algunos despropósitos, pero casi todos, provenientes del pasado, notándose mucho que últimamente la urbanización se cuida más, se uniformiza con regularidad, se impide la anarquía y la brutalidad constructora. Parece que estas gentes aman su tierra, la quieren y no desean verla destruida.

Y sin embargo, al llegar a Cantabria, la buena impresión del caminante se deshace con rapidez. Parece que a estas gentes no les interesa mucho el camino, pese al formidable negocio que hacen con él. Y también, el urbanismo que se sufre es masivo, intensivo, brutal, propio de una cateta y hortera visión a corto plazo que ha vendido Cantabria y su paisaje por un plato de…ladrillo y hormigón.

Así, nada más cruzar la muga, en Cantabria la inmensa mayor parte del camino tienes que hacerlo por carretera, siendo mucho más escasos los tramos por sendas. Y la carretera ya es un mal síntoma. Desde el peligro que se corre, hasta la incomodidad que supone andar por entre camiones, con sus gases, ruidos y duro asfalto; esto es, cualquier cosa menos lo que es propiamente un camino de peregrinos.

En muchos puntos, está totalmente descuidado en estas tierras cántabras. Hay zonas enteras en las que la señal es inexistente y resulta fácil perderte. Cuando se adentra por alguna trocha, la maleza la tiene invadida y son muchas los lugares que están sucios, llenos de papeles, plásticos, restos higiénicos masculinos y femeninos, envoltorios, colillas – miles de colillas a veces – celofán, periódicos, escombreras. Hay puntos en los que los vertederos ilegales, con su secuela de suciedad y cochambre, son la referencia. Vertederos que bien habría que fotografiar, para que luego se pueda decir que se cuente lo que se ve. Y el Gobierno de Cantabria mirando a otro lado.

Luego, si se va a casas rurales o a pequeños y modestos hoteles, parece que todos se han puesto de acuerdo en cobrar 60 euros, lo que podríamos definir como el “cártel del camino cántabro”.

Una provincia, como Santander, elevada a Autonomía, con la formidable capacidad legislativa que eso supone, ha acabado pensando en las grandes obras, en la fuerte infraestructura, y desde luego, en el más zafio urbanismo del mundo, pero poco o muy poco en peregrinos y ciudadanos.

No me sorprendió, al llegar de nuevo al trabajo, encontrarme en el periódico oficial la publicación de una Ley cántabra totalmente inconstitucional, que ha venido así a romper el contenido de las Sentencias que ordenaban la demolición de edificios y urbanizaciones erigidos ilegalmente y que han dañado, hasta las heces, la otrora bella costa y paisaje de la vieja Cantabria (Ley 6/2010 de 30 de julio, BOC 13 de agosto).

Una ley, leggina en terminología diminutiva importada del sur de Italia, ha venido a establecer que allí donde el constructor (¿no será más propio llamarle destructor?) haya roto el paisaje y además lo haya hecho ilegalmente, con la consecuente orden judicial de demolición de lo edificado, va a lograr, como en las leyes de punto final, que su barbarie se erija y continúe durante siglos dañando con su fealdad, obstrucción y prepotencia el paisaje cántabro. Porque lo que hace esta Ley, rompiendo totalmente el principio de división de poderes, es dejar sin efecto las Sentencias de los Tribunales, las cuales obligaban a demoler lo fabricado.

En Cantabria no prima el Estado de Derecho. Y la Administración del Estado, y la Autonómica (a medias PSOE y Partido Regionalista) olvidándose de sus obligaciones internacionales sobre el medio ambiente (Convenios sobre Protección del Paisaje) y de sus obligaciones constitucionales sobre el obligado cumplimiento de las Sentencias, han colaborado en lograr que los constructores sean los verdaderos redactores del periódico oficial, y no los Parlamentos.

La Leggina cántabra, inventa un concepto verdaderamente estrafalario en el urbanismo mundial: “el paisaje mudable”.

Dice así la Leyecita cántabra:


“Se afronta así una modificación de la normativa reguladora de la protección del paisaje sobre la convicción de que el paisaje es mutable, experimenta constantes cambios que determinan que, lo que en un primer momento suponía un menoscabo de los valores paisajísticos por su inadecuación al entorno, posteriormente puede no ser sino una edificación más en un contexto ya transformado. Ante esas situaciones sobrevenidas la Ley no puede permanecer indiferente y, con pleno respeto a la normativa básica, ha de ofrecer los mecanismos adecuados para tratar de evitar comportamientos antieconómicos como es la desaparición de edificaciones que en un primer momento eran paisajísticamente inarmónicas pero que, por circunstancias sobrevenidas motivadas por cambios en el entorno, no son ya disonantes.”

Es decir, que aquél que haya conseguido destruir mucho, entonces como todo lo ha estropeado, ya no hay paisaje que proteger: es todo cochambre y ya como todo es un basurero, pues da igual. Bienvenida la destrucción del paisaje. A eso lo llaman… ¡¡¡paisaje inarmónico no disonante!!!

Parece mentira que esto lo hagan socialistas y regionalistas. No aman su tierra. Aman el dinero de los constructores. Cemento, mortero y hormigón, esta es su solución.

Si la justificación de las Autonomías era acercar la Administración al ciudadano, bien que lo han hecho en Cantabria. Pero no a todos los ciudadanos, claro está. Solo a unos cuantos, a los que se les privilegia tanto que incluso se destruye, también para ellos solamente, el principio de separación de poderes. Todo se les da, todo se les regala, incluso las Sentencias.

No sé si algún Juez se levantará y planteará una cuestión de constitucionalidad, o si muchos de ellos descansarán así tranquilos al poder decirse a sí mismos que ellos cumplieron sus deberes y que luego vino otro, el Gobierno de Cantabria y su Parlamento, a enmendarles la plana. Y que contra eso nada pueden hacer. Pero no es cierto y no tranquilizarán así su conciencia (el que la tenga). Sus Sentencias han quedado burladas, abrogadas singularmente, por un Gobierno que ha hecho del urbanismo un gran negocio, y que se burla de las convenciones internacionales, del Estado de Derecho y en definitiva, de todos nosotros.

Ni haciendo el Camino, tales gobernantes lograrán que se perdonen sus pecados. Y si se ponen a andar (lo harán en Mercedes) imagino que les complacerá ver ese urbanismo hortera, banal y chato, que ha poblado Cantabria con esos excrementos urbanísticos, propios de una república bananera.

Incumplir la Ley urbanística en Cantabria sale barato. Aquí se sabe que se puede vulnerar el paisaje y se puede ser condenado incluso a demoler la fealdad ilegal -hecha y cobrada- que luego los amigos te sacarán del apuro y se burlarán de las Sentencias. Esto es lo que hay. Res ipsa loquitur. Anímense y vengan a destruir el paisaje en Cantabria, que aquí, como en Sicilia, todo se puede hacer, pero ¡ojo!, siempre teniendo amigos, que si no, al indiferente se le aplica la legislación vigente, y esa, la Ley general, la Ley para todos, esa sí es muy dura.
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