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crítica

Santos Juliá: Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX

sábado 04 de septiembre de 2010, 01:03h
Santos Juliá: Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX. RBA. Barcelona, 2010. 375 páginas. 25 €
Santos Juliá es, a estas alturas de la historia, una de las mejores plumas, y una de las voces más consistentes, de la historiografía española. Es lo que antes se conocía como un maestro. Por eso mismo no resulta fácil la valoración de su obra. O uno tiene querencias iconoclastas y parricidas –que no es mi caso– o le atenaza el temor de caer en el elogio excesivo, en el ditirambo. Esto ocurre en relación a todos y cada uno de sus libros. Quizá más, dado el carácter de visión global, de mirada articulada sobre el itinerario del Novecientos español en su conjunto, de Hoy no es ayer.

En cualquier caso, no caben excusas y hay que empezar diciendo que en el tomo en cuestión se recogen una serie de artículos, conferencias o capítulos dados a conocer con anterioridad. El empeño editorial es más que de agradecer. Perfectamente ensamblados –las reiteraciones son inevitables y, en esta ocasión, nada farragosas–, el resultado que se presenta al lector es un ensayo global, una mirada inteligente, ágil, sabia, ácida, mordaz... –pónganle ustedes los calificativos que quieran y, seguramente, se quedarán cortos– acerca de la España del siglo XX.

Es, aclarémoslo también, un libro destinado a un público lector amplio. Si es usted un profesional de la Historia, debe leerlo. Si no lo es, también. Es la ventaja de la buena escritura, y de la erudición sin aspavientos. En realidad, y atendiendo a la enmarañada circunstancia actual –en ocasiones parece como si siguiéramos siendo una nación precisada de sobresaltos– Hoy no es ayer debería ser de lectura obligada en la medida que constituye un relato sólido sobre lo duro que ha sido alcanzar el estadio de la democracia liberal como mecanismo regulador de los inevitables, y necesarios, conflictos y un Estado capaz de asumir para con el ciudadano los compromisos del modelo social europeo.

El libro se abre con un prólogo combativo. Muy combativo. Y con una conferencia que no lo fue menos, y que en su momento levantó no pocas ampollas. Ese capítulo lleva el hermoso encabezamiento de "Anomalía, dolor y fracaso de España". Es el sentido último, global, de la contemporaneidad en nuestro país lo que se pone en discusión. El fracaso de los fracasos, de las excepcionalidades, como clave explicativa del acontecer hispánico. Y con él, el del conformismo que, ya procediese de literatos ya viniese de historiadores, implicaba respecto a las posibilidades y a las responsabilidades. Cierto, hoy no es ayer. Y la memoria, lo estamos viendo día sí día no, puede llegar a hacer estragos en la historia. Por más que determinados gestores políticos, con sus correspondientes cómplices académicos –es tan fácil encontrarlos–, se empeñen no ya en entender el pasado –lo que sería loable– sino en hallar en ese ayer los enemigos a los que combatir ahora. Justo ahora. Lo que resulta inútil y un tanto mezquino.

A partir de ese punto de arranque, la ordenación de los materiales es cronológica. Empezamos con un argumento que pasa a desarrollarse con sucesivas miradas sobre la Restauración y la crisis del liberalismo, sobre la Dictadura primorriverista y la brusca cancelación de las posibilidades de tránsito democrático a partir de ese legado liberal, sobre la República y sus avatares, sobre la Guerra Civil y el primer franquismo. Es ese momento la gran pieza explicativa, la clave de bóveda de todo el edificio: el episodio de liquidación de una eventualidad –la de la democracia, las conquistas sociales, algo muy próximo a la plenitud cultural– y su cruel aplazamiento en el tiempo. El libro avanza y nos permite recorrer, en un ejercicio filológico interesantísimo, los orígenes de términos y conceptos clave, como el de transición. Con un dominio envidiable, por lo exhaustivo y bien leído, nos lleva al corazón del franquismo y a la naturaleza real de los conflictos internos y de las impugnaciones externas al régimen. Nos acerca las coordenadas históricas de la conquista de la democracia –no tanto los desbaratados legados liberales como los nuevos lenguajes forjados en los combates de los años sesenta y setenta–. Nos adentra en esos discursos de superación que acompañan –ya que no derivan mecánicamente de– a las transformaciones sociales y económicas, al desarrollo del capitalismo, de las clases medias, a la lenta y progresiva recuperación de la actividad intelectual en su más noble sentido. Cierra el volumen una espléndida acotación al debate que él mismo sostuvo con Pedro Ruiz Torres sobre memoria, historia, transición política, transmisión de recuerdos, recreación de los mismos... Tema al que habrá que dar más vueltas, seguro, pero en el que el firmante de esta nota coincide, sustancialmente, con Juliá.

Juliá ha empezado el recorrido siendo demoledor para con las visiones que los hombres del 98 codificaron de España y lo acaba siendo, con argumentos difícilmente rebatibles, con quienes a día de hoy ponen en cuestión el carácter de la transición como conquista colectiva –y por ello mismo necesariamente transaccional– de la democracia.

Ahora bien... Pero..., ¿hay algo que no me convenza? Sí, lo hay. Entre otras razones porque es una pulsión que recorre el libro de punta a cabo. Hoy no es ayer pone de manifiesto un par de rasgos, inherentes a la obra de Juliá, que en esta ocasión, quizá debido al carácter reiterativo de ciertas piezas, se hacen más y más evidentes. En primer lugar la ojeriza, un tanto azañista, a José Ortega y Gasset. Comprensible en ciertos momentos; no tanto en otros. En ocasiones los diagnósticos orteguianos no pueden despacharse con sarcasmos. En segundo lugar, y sobre todo, el hartazgo de catolicismo que deriva en insistencia anticlerical. Juliá está saciado de presencia eclesial. El lector puede no ya comprenderlo sino incluso compartirlo. Es éste un posicionamiento perfectamente legítimo, faltaría más; el problema, a mi entender, es cuando el factor católico se convierte en una de las principales, pero que muy principales, claves explicativas de las disfuncionalidades políticas del Novecientos hispánico. Quizá lo sea en parte. No obstante, presentado como lo hace Juliá para los años de la República, para el primer franquismo..., hasta los años del Concilio Vaticano II, tiene un algo de monocausalidad que resulta poco convincente, por parcial, por sesgado. Para concretar con un ejemplo, la CEDA, como antes Acción Nacional y Acción Popular, expresiones políticas del catolicismo agresivo denunciado por Juliá, podía sustentarse sobre una filosofía política que contenía elevadas dosis de liberalismo. Con todo, incluso en sus propuestas de revisión constitucional, de signo supuestamente corporativista y autoritario, se mantuvieron dentro del terreno de juego. Fueron legalistas. Otros, estoy pensando en Cataluña pero no sólo, que se decían hijos directos de la tradición ilustrada y progresista quebrarían antes, y sin pensárselo mucho, el campo normativo en vigor. No sé yo si la República de republicanos no contenía, en su propia definición y en la fijación de sus urgencias programáticas, algo de exclusivo, algo de parcial que le impidió, embates exteriores al margen, consolidarse como mecanismo regulador consensuado de la vida nacional. Algo que no creo pueda decirse de la democracia hija de la transición.

Recomendar encarecidamente la lectura de una obra tan fundamental me obligaba, también, a decirlo.

Por Ángel Duarte
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