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ópera

Rusia protagoniza el inicio del nuevo curso en el Teatro Real

miércoles 08 de septiembre de 2010, 10:51h
El Teatro Real inició anoche su decimocuarta temporada con el estreno, presidido por Su Majestad la Reina, de un clásico ruso, “Eugenio Oneguin” compuesta por Chaikovski, con una producción del prestigioso Teatro Bolshoi de Moscú. Un comienzo de temporada que supone también un nuevo ciclo para el coliseo madrileño con la llegada de su nuevo director artístico, Gerard Mortier, de quien se espera, aunque haya también quien más bien tema, importantes novedades en la programación lírica de la capital.
Sin embargo, la obra escogida para la “transición” y el comienzo oficial de la temporada 2010 – 2011 ha sido una ópera bastante “convencional”, tal vez el título más popular del repertorio ruso, y mucho menos arriesgada, por ejemplo, que la obra que el pasado año se programó para inaugurar el nuevo curso: la polémica Lulu, de Alban Berg, que no convenció del todo al público con el lenguaje dodecafónico de su música ni con su oscura puesta en escena. “Eugenio Oneguin” es, desde luego, mucho más asequible para empezar después del parón veraniego, porque su música de gran belleza, con momentos sublimes como la polonesa o el walz, siempre es una apuesta bastante segura.

En 1877, Chaikovski andaba buscando una idea para su siguiente ópera y la cantante Lavrovskaia le sugirió la novela de Pushkin “Eugenio Oneguin”, una verdadera sensación en su época entre los lectores rusos, pero al compositor al principio la idea le pareció, según escribió a su hermano, absurda. Sin embargo, esa misma noche, mientras cenaba solo en un restaurante, la idea empezó a cuajar en su apasionado espíritu y a los postres la decisión estaba tomada. Esa noche no durmió, la pasó en vela releyendo la obra con auténtica admiración y aceptó el reto de convertir en una ópera el extenso relato versificado de Pushkin, publicado por capítulos desde febrero de 1825 a enero de 1832. Lo cierto es que la novela se había convertido en un objeto casi de adoración para cualquier ruso culto de entonces, y que, como dijo Ainhoa Arteta en una entrevista, con ocasión de su interpretación de Tatiana, la protagonista de este drama romántico, para el pueblo ruso “Eugenio Oneguin” es algo así como el Quijote para los españoles.

Por ello, la misión encomendada al director de escena Dmitri Tcherniakov de hacer una versión actual de la clásica, que se había convertido ya en un icono del Bolshoi, no tuvo que ser nada fácil. A su llegada a Madrid, Tcherniakov aseguraba que su nueva producción nació marcada por una gran presión, porque no sólo la obra, sino también sus personajes, son muy conocidos por parte del público ruso. Lo cierto es que su estreno hace 4 años en Moscú recibió de todo un poco por parte de la crítica y del público, divididos ambos entre el rechazo y la aceptación de la propuesta del joven director moscovita que acababa con casi cuarenta años de la escena clásica para acercar a Oneguin al público del siglo XXI, a pesar de que, como cualquier obra de calidad, no necesite de ornamentos para que el público la sienta más cercana. Y, menos aún, en una obra en la que la pasión la sienten personajes que no son dioses, sino hombres y mujeres arrastrados, entonces igual que ahora, por el sufrimiento de los amores no correspondidos o simplemente no sincronizados, de los desengaños, los celos y los miedos al compromiso. Una psicología de los personajes que acompaña magistralmente la bella música del genial compositor ruso pero que, como se comprobó anoche, se ve anclada por una propuesta escénica fría y literalmente demasiado lejana, fatalmente inaprensible por parte del público, que no encuentra la manera de involucrarse con el drama que, primero Tatiana, y, al final, el propio Oneguin, manifiestan en la partitura.

De modo que la escenografía clásica, estática y tremendamente convencional, con un elemento dominante y presente durante toda la obra, la enorme mesa redonda alrededor de la cual se vive la lenta acción, que domina pesada y repetitivamente en el escenario, con los cantantes que, demasiadas veces, dan la espalda al teatro, se convierte en el auténtico lastre de la obra a la que, afortunadamente, rescata la calidad de las voces, especialmente la de Mariusz Kwiecien. El barítono polaco es quien demuestra, además, unas grandes dotes interpretativas, creando un Oneguin de gran intensidad, creíble en su transformación de frívolo seductor a solitario e infeliz trotamundos, una credibilidad que ninguno de los demás intérpretes logra, obligados, quizás, por la propia dirección de escena, a ejecutar tremendos excesos, como ocurre en el caso del poeta o de la joven enamorada.

El resto de las voces solistas contribuyeron también a que el aplauso del público madrileño no fuera tan frío como se presagiaba nada más caer el telón y el bajo Anatolij Kotscherga, así como el tenor Alexey Dolgov, recibieron una merecida aclamación, junto con la joven soprano Tatiana Monogarova, quien, sin embargo, estuvo bastante más irregular que sus compañeros de reparto. Muy aplaudido también el director de orquesta, el jovencísimo Dmitri Jurowski, al frente de la orquesta del Bolshoi.
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