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reseña

Stephen Crane: Historias de Nueva York

Stephen Crane: Historias de Nueva York. Prólogo de Juan Bonilla. Traducción de David Cruz. El Olivo Azul. Córdoba, 2010. 104 páginas. 15 €
Stephen Crane (Newark, Nueva Jersey, 1871) fue el décimo cuarto hijo de una familia metodista de muy bajos recursos. Escritor y periodista, su propia vida fue una fuente inagotable para la creación literaria. A los 19 años se trasladó a Nueva York donde trabajó como reportero de los barrios bajos, cuya realidad era idéntica a la vivida por Crane. De espíritu viajero, en Inglaterra trabó amistad con Joseph Conrad y Henry James. Murió joven en Badenweiler, Alemania, en 1900.

Perspicaz observador de la realidad, fue capaz de crear en El rojo emblema del valor (1896), un relato de neto corte realista sobre la Guerra Civil norteamericana, sin haber vivido nunca experiencias militares. Otro fue el caso de su obra Open boat and other tales (1898), donde plasmó sus peripecias como corresponsal de guerra cuando naufragó y estuvo cuatro días a la deriva, lo que con el tiempo le provocó una tuberculosis.

Ya desde su primera novela, Maggie: una chica de la calle (1893) que tuvo que publicar con seudónimo y que mereció el elogio de otros escritores de su época –pero sin obtener el éxito comercial– se perfilaba el estilo naturalista y comprometido de Crane. Impronta que se entrevé a las claras en su libro de relatos breves Historias de Nueva York, reeditado por El Olivo Azul.

Tan sólo 99 páginas bastan para describir la realidad descarnada de los que quedaron fuera del Sueño Americano. Inmigrantes pobres, coristas confundidas con prostitutas, mendigos ateridos de frío bajo la nieve, apiñados frente a una puerta estrecha a la espera de un refugio que parece no abrirse nunca, el amor incondicional de un chucho a su pequeño dueño compañero de desamparo, o el deleite morboso del ser humano frente al dolor ajeno son algunos de los motivos que desfilan por estas historias neoyorquinas de 1900.

¿Desde qué lugar el narrador relata estas crónicas cotidianas? Como un observador participante, el narrador es a la vez un antropólogo que describe lo que ve, que toma distancia pero que está absolutamente implicado con el lado de los sin voz, y que se propone develar hasta los detalles en apariencia más insignificantes. De hecho, sus reflexiones sobre las miserias humanas sólo distan en el tiempo, no en la calidad. Desde su crudeza, aún hoy, parecen sacudir la desidia del ciudadano medio, llamándolo a la reflexión para evitar que la indigencia o el abandono se transformen en meros espectáculos del paisaje urbano.

Pero, así como en la frase de los punks de los años setenta, “somos las flores de los tachos de basura”, los relatos breves de Crane dan paso a la redención mínima en medio del dolor, a la poesía en medio de la crónica realista. Retomando las palabras de Juan Bonilla respecto del prólogo a Historias de Nueva York: “Los relatos de Crane apenas tienen desarrollo, suelen ser estampas cazadas al vuelo por alguien que pasaba por allí y considera que mediante esas estampas se puede reflejar la vida íntima de un ente mayor que los individuos que las protagonizan: la vida de una ciudad que es además la capital del mundo”.

Nueva York como arquetipo de las contradicciones de la vida urbana donde el lujo, a la vez que se eleva hacia el cielo, es indolente a las penurias de aquellos que sobreviven en sus veredas.

Por Verónica Meo Laos
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