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publica nuevo libro

Luis Mateo Díez: "Vivimos en un mundo engañoso"

jueves 16 de septiembre de 2010, 17:19h
Las 130 páginas de "Azul serenidad o la muerte de los seres queridos" están escritas para consolar y para reflexionar. Luis Mateo Díez lo hace sin pretensiones, con sus experiencias personales como espejo de las que han entristecido y entristecen a sus lectores. Muy consciente de la importancia de crear un universo propio, Mateo Díez pone sobre la mesa sus sentimientos en un libro en el que no sólo indaga en el sentido de la muerte sino también en el sentido de la vida.
Estremece pensar en los vínculos que hay entre los seres queridos porque somos capaces de anteponer nuestra muerte a la de ellos…
El destino de la muerte tiene mucho que ver con que la gente fallece en las edades avanzadas. Los traumas provienen cuando es al revés. Los seres queridos son esa gente cercana con la que tenemos especiales compromisos afectivos, así como nosotros somos seres queridos para ellos. Hay un entendimiento mutuo de amparo, comprensión, cercanía y sentimientos puros. Eso establece unos vínculos muy peculiares. Una vez que esos seres queridos desparecen te das cuenta de que parte de lo que tú eres se lo debes a ellos, lo mismo que parte de lo que ellos fueron te lo deben a ti. Funciona como una especie de espejos mutuos.

Es como si algo se fuera contigo…
Indudablemente. Cuando un ser querido se va queda un vacío, el de su inexistencia, pero también de algo tuyo que pierdes.

La muerte está tan asumida que no condiciona nuestra vida diaria. Quedarnos en paro, solteros o que nos roben el coche sí lo hace. ¿Eso le sorprende?
De la muerte todos tenemos conciencia, sería absurdo no hacerlo. Pertenece a nuestra naturaleza y condición. Lo que ocurre es que no tenemos por qué tener la propensión morbosa de la continua presencia del final de nuestro destino. De la muerte se rehúye en el pensamiento. Son duras y crueles las muertes imprevistas, lo que yo llamo la muerte que viene cuando todavía no merece que venga. Eso es quizá lo más traumático. También es cierto que en las sociedades avanzadas hay un ideal hedonista. La infraestructura del consumo tiene mucho que ver con lo saludable. Da la impresión de que en este tipo de sociedades, en las que vivimos mucho más con lo innecesario que con lo necesario, se transmite un cierto sentido de inmortalidad. Eso quita un poco de naturalidad al propio sentimiento de la muerte y la hace tener a veces unas connotaciones un poco sucias. Lo que está claro es que la muerte pertenece a la vida y que en ella es donde podemos notar el vacío extremo que afecta a nuestra existencia.

Luis Mateo Díez (Foto: Manuel Engo)
Ha escrito un libro para el consuelo. ¿Usted lo ha encontrado?
Este libro está escrito para otra gente que puede participar de sentimientos paralelos. Era un libro necesario. Cuando ocurrieron estas dos muertes tan radicales, la de Charo y la de Sonia, noté que mi familia se resentía más que nunca. Fue un mazazo excesivo. Me conmocionó mucho. Tuve en ese momento cierta idea de que a través de la escritura podía hacer el relato preciso de lo que estaba sintiendo, del sentido de sus vidas y que, a la vez, tuviera un efecto de alivio. El camino de la escritura del libro, que fue duro y costoso y que tiene un gran esfuerzo literario, me ha conducido al consuelo. Noto por lectores que lo han leído que asumen el contenido del libro con muchísima intensidad. En mi familia ha tenido un efecto curativo.

Dice en el libro que la muerte puede ser respetuosa, ¿a qué se refiere?
El otro día un periodista me preguntó qué muerte quería para mí. Le contesté que me gustaría que llegara la muerte, que tocara el timbre de casa, que pidiera permiso para entrar y que yo estuviera ya un poco malito, pero no sufriendo porque yo soy un pobre desgraciado y el dolor me aterra. Entonces le diría: "siéntate un momento y tómate un café que yo voy a terminar de despedirme".

En este libro rompe con dos características de sus novelas: la fabulación y su recelo a contar experiencias personales. ¿Por qué?
Por lo que te comentaba de que ha sido necesario escribirlo. De cualquier forma, es un libro que se emparenta mucho con mi mundo, así que tampoco es tan distinto. Lo autobiográfico lo asumí por la vida directa, ya que no he cambiado ningún nombre porque quería hablar de mis seres queridos como reflejo significativo de los que todos tenemos, queremos y perdemos. En mi literatura está muy presente la muerte, la extinción, las desapariciones y las pérdidas. De hecho, he hablado mucho más de lo que acaba que de lo que arranca. Desde el momento en que empecé a escribir este libro tuve conciencia de que no era un libro ensimismado, sino de que estaba escrito con la idea de reivindicar el honor de los sentimientos. Creo que en esta sociedad no está mal hacerlo, tal vez porque a estas alturas de la vida me interesan mucho más los sentimientos que las ideas.

Hace pensar mucho al lector por la cantidad de reflexiones que alberga. ¿Es consciente de ello?
Los escritores ambiciosos, en mi caso soy muy ambicioso como escritor y nada como persona, cuando tenemos un reto literario, que conlleva complejidad, el resultado de lo que haces necesita mayor atención. En la creación, normalmente, hay un gran esfuerzo y un tipo de escritor que pide al lector un esfuerzo paralelo.

Descubrir lo que ha querido expresar el autor siempre satisface, ¿no cree?
Sí, sin duda. Sobre todo porque vivimos en un mundo en el que las cosas están bastante depreciadas y hechas para que no tengas que esforzarte en nada. Vivimos en un mundo muy engañoso. Creo que el arte tiene la responsabilidad de proponernos asuntos sustanciales que nos exijan el esfuerzo del placer de recibirlos. Los placeres del arte hay que aprenderlos y eso conlleva esfuerzo, por eso son más ambiciosos que los placeres triviales que te pueden vender en cualquier esquina.

Entonces, ¿es mejor que haya de todo para todos o hay que hacer lo posible para hacer lo mejor y quien quiera que se esfuerce?
Hay que hacer lo mejor para que la gente se esfuerce. Es uno de los caminos. Sobre todo que todo eso pueda existir sin engaños. Cuando eres un autor exigente, acertando o no, encuentras lectores exigentes. En eso me siento totalmente retribuido.

Luis Mateo Díez (Foto: Manuel Engo)
La apertura de la Real Academia Española en la Noche en Blanco fue un éxito. ¿Ese interés alivia entre tanta frivolidad?
Es cierto, fue mucha gente. Esa curiosidad ante la RAE o ante la exposición de Turner denota un cierto alimento del espíritu. Si nuestros medios televisivos tuvieran un nivel más alto de exigencia, tendríamos un tipo de espectador más exigente. Si cultivas lo más tirado del mundo, acabas teniendo un espectador grosero. Hay muchísima curiosidad en la gente, mucho más de lo que parece. Por ejemplo, no tenemos a los políticos que nos merecemos. El pueblo está a años luz de ellos. Son unos zoquetes.

Pero hay que tener cierta sensibilidad y predisposición para tener esa curiosidad de la que habla.
Sí claro. Todo proviene de las mejoras que pudiéramos tener en el medio educativo, que sigue siendo el reto incumplido de nuestra democracia. No hay manera de que los políticos se pongan de acuerdo para tener una ley que sustente un medio educativo que sea una auténtica cuestión de estado y no de diatribas y contrasentidos.

Siempre ha sostenido el valor incalculable del poder de la palabra. ¿Qué opina de su uso en los medios?
Creo que, en general, salvo casos perdidos, normalmente los profesionales del periodismo se esfuerzan por hacer las cosas bien, en el sentido de cómo se expresan. Así pues, no tengo un sentido tan derrotista de que tratemos mal a la lengua. Tampoco la academia puede actuar como una policía lingüística porque la lengua es del pueblo.

Dijo hace un año que quería intensificar el humor en sus novelas. Veo que este libro ha sido un paréntesis, pero ¿mantiene la idea?
En mi narrativa hay mucha ironía y una visión humorística que ha sido muy explícita. Lo que ocurre es que yo siempre busco elementos tragicómicos. Después de haber acabado con “Las fábulas del sentimiento”, creo que estoy en un momento de recuperar una mirada más sardónica. Eso no quiere decir que me vaya a pasar al humor, aunque me encantaría escribir una novela de humor, pero va a haber proyectos que van a mezclar el rastro de la persona que soy, alguien con una mirada irónica de la vida más allá de las desgracias que me han perseguido. Lo haré así porque el humor lo entiendo como un punto de vista de la inteligencia, lo que mejor nos pone en nuestro sitio.
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