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El elogio de la cucaracha

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Este verano he recibido la visita de algunas cucarachas. Por supuesto, no ha sido la primera vez. He conocido con cierta intimidad cucarachas españolas, japonesas y norteamericanas. Las japonesas fueron las más sorprendentes. Cuando me acerqué a una, en mi propia casa, para mi sorpresa y sin avisarme antes, echó a volar. Eso le daba una clara ventaja sobre las demás cucarachas y sobre mí mismo. (Me quedó claro que, desde el punto de vista de la tecnología del siglo veinte, las cucarachas japonesas eran las mejor adaptadas, como por otro lado era de esperar). No sé a qué se han debido las visitas este verano; si al calentamiento global, al calentamiento local o al desempleo del mundo cucarachil que les obliga a buscar sustento fuera de sus habituales lugares de residencia. Y digo esto porque las cucarachas que me han visitado no eran las cucarachas habituales, pequeñas o de tamaño medio, menesterosas, marrones, negras o en algunos casos abermejadas, sino los big honchos, los peces gordos. Eran cucarachas grandes, muy grandes, como de cinco centímetros de cuerpo, más tres o cuatro de antenas. A diferencia de sus congéneres más pequeños no se movían en grupo, sino en solitario o como mucho en pareja. Y eran bastante descaradas como no podía ser de otra manera, dada su morfología.

Antes, he de confesar algo: yo no mato a los insectos. No voy a entrar a saco en las razones, pero digamos que me mueve cierta compasión hacia cualquier cosa perecedera. Hablo de cosas perecederas con vida, claro está, no de los cartones de leche o las bandejas de carne picada. Alguien me podría tachar de 'budista' en mi relación con las cucarachas, y eso mismo creía yo hasta que este verano he descubierto que más que budista soy sarkoziano. Porque yo a las cucarachas no las mato, sino que las deporto. Cuando veo una, cojo un papel doble de cocina de la mejor calidad posible (por eso del grueso y del tacto, ya comprenderán), lo doblo, y la persigo hasta que la arrincono. Entonces la sujeto con el papel --irreductible a sus movimientos de protesta--, abro la ventana y la echo fuera. (Tranquilos. Si alguna vez les cae una cucaracha de tamaño más bien grande en la cabeza o en un hombro, no habré sido yo; vivo en un bajo con jardín.) Es cierto que no les doy un billete para Bucarest o para cualquier otro país de la comunidad europea, pero mis métodos no incluyen la cohabitación pacífica, como sería el caso si fuera un auténtico budista.

Y ahora que hablo del respeto a los animales y de su valoración, debo confesar que nunca he llegado al punto al que sí llegó un vecino mío de comerse una cucaracha. Estaba un día con él, cuando de repente pasó una cucaracha a su lado, por el suelo. Mi vecino, sin decir nada y con un rápido movimiento de mano, la agarró, se la llevó a la boca y la engulló como si nada. (Se pueden imaginar mi asombro.) Luego siguió jugando tranquilamente. Los dos teníamos cinco años. La historia ha perdurado en mi memoria a lo largo de los años. Tanto que, cuando alguna vez he visto a mi vecino convertido en padre de familia y alto ejecutivo de un gran banco español, no he podido dejar de imaginármelo alguna vez en su mesa de trabajo, expectante de unos pequeños pasitos, de unos sutiles movimientos de antenas. (Mi vecino, como pueden ver, era antisarkoziano, y sus métodos eran más parecidos a los que le achacan sus enemigos galos. Aunque en mi vecino creo que no había nada germánico ni holocaústico sino más bien una actitud pantagruélica y por tanto muy gala.)

El caso es que, sarkoziano, en mis actividades de deportación de las cucarachas que insistían en colarse en mi casa --seguramente debido a mi insistencia en dejar abiertas las ventanas--, me dediqué también a alguna veleidad darwinista y las observé con atención. Vi, por ejemplo, que siempre que me veían y que se daban cuenta de que yo las había visto a ellas, lo que hacían era salir escopetadas hacia un lugar oscuro, hacia una sombra. Buscaban la sombra con desesperación y la seguían --el intersticio donde se une el rodapié con la tarima, el espacio que hay entre la suela de los zapatos cuando se curva y el suelo, etc. Me di cuenta de que obviamente las cucarachas son sensibles a la luz y quizá a la temperatura. Y bastante inteligentes. Si pillan una buena sombra, ya no hay quien las atrape con el papel de cocina. Además, hace tiempo que me di cuenta de que los seres humanos caminamos en Madrid durante los meses de verano como si fuéramos cucarachas, buscando la sombra. A veces, junto a mi casa, muy de mañana, la acera de sol está vacía, mientras que por la de sombra caminamos todos a nuestros trabajos, codo con codo, hombro con hombro, quiero decir chocando como alegres coches de choque mañaneros. Quizá lo hagamos no solo para evitar el calor, sino para huir de la exposición a las miradas, para ser menos accesibles al papel de doble forro que pudiera venir a por nosotros. Hay que recordar también que Pío Baroja siempre aconsejaba caminar en Madrid por la sombra, incluso en invierno, como forma de evitar los resfriados. Lo cierto es que, una vez sentada su inteligencia y sus concomitancias con el género humano, debo también decir que nunca he entendido bien el odio atávico a las cucarachas. Las deporto, ya lo sé, pero soy consciente de que no pican, de que no muerden ni ensucian y de que tampoco hacen ruido. ¿Por qué las odian los demás? ¿Quizá por su lugar de residencia, por esa cercanía al inframundo? Esto quizá explicaría los precios de algunos pisos en Madrid, pero eso es otra historia.

Bueno, ¿y qué fue de las cucarachas de este verano? Deporté algunas y luego... me fui yo. Me deporté yo mismo, algo que quizá Sarkozy haga en algún momento. Es decir, les dejé la casa a su completo antojo, sol y sombra. Hasta el estéreo. Me olvidé de ellas en lugares en los que había mosquitos, arañas, moscas, cigarras, pero no cucarachas. Cuando volví, ya no había ni una. No sé si la crisis ha remitido, me temo que no. Más bien me inclino a pensar que no les gustaron mis discos. A veces, con cierta añoranza, pienso si no serán sinfónicas. Es que yo soy camerístico.
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