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Rothko: el pintor de templos griegos

Pedro González-Trevijano
miércoles 13 de octubre de 2010, 14:12h
Rothko parece invadirlo todo en mi vida las últimas semanas. Dos libros recientes publicados entre nosotros se refieren prolijamente al artista americano: Sacrificio y creación en la pintura de Rothko, de Amador Vega Esquerra, y La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón. Uno, de forma íntegra. Otro, sólo parcialmente, aunque tan sugerente que, a los efectos de reflexionar sobre su pintura, da la mismo. Por más que sea posible encontrar algún que otro descreído. Nunca mejor dicho en el supuesto, dado su halo religioso, de la obra de Rothko. Este es el caso, siempre provocador, de Charles Saatchi (Me llamo Charles Saatchi y son un artehólico). En palabras del afamado publicista afincado en Gran Bretaña, “la última vez que estuve delante de un cuadro de Rothko, no tuve ninguna sensación sobrecogedora de eternidad, ni ningún tipo de experiencia mística.” Y aún así, es tal el sacrosanto prestigio del pintor en la cultura occidental, que el mismísimo Saatchi se encuentra inmediatamente compelido a darnos una explicación de su heterodoxo relativismo. Excusatio non petita, acusatio manifiesta, diríamos nosotros: “Quizás sea que he visto demasiados Rothkos y que por eso ya no palpitan como un esplendor etéreo para mí. O igual es que nunca he entendido el milagro de Rothko.” Lo que, dicho sea de paso, podría ser la causa de su frialdad en un personaje tan iconoclasta como el internacional publicista. “También podría decir -apuntaba Saatchi- que los cuadros de Rothko parecen alfombras.” En fin, nuestro adinerado publicista, ya ven, no tiene arreglo. Así que volvamos, siguiendo los cánones ortodoxos, al cortejado Rothko.

Así las cosas, nada mejor para ensalzar grandilocuentemente su pintura, que el tajante juicio de Robert Motherwell: “Si Rothko no hubiera existido no habríamos conocido ciertas posibilidades emocionales en el arte moderno.” ¿Qué cosas sentimos hoy gracias al nuevo Fra Angelico norteamericano? El canto de este otro san Juan de la Cruz, de este admirador de la filosofía de Kierkegaard y de la música de Mozart, nos conduce al terreno de los impulsos religiosos, al sentido ético de las cosas, a la búsqueda de la verdad y de lo sagrado. Nos arrastra irrefrenablemente a los orígenes de la creación y del sacrificio, del heroísmo y del drama, en una sociedad curiosamente nihilista, existencialista y apologeta de la muerte de Dios. Y, claro ésta, pues nos referimos a Rothko, de la mística y del tratamiento facultativo idóneo para superar la enfermedad de la soledad individual: el milagro. El milagro también está en sus cuadros.

Perseguimos en ellos, su retraída intimidad y su recogimiento. Su anhelo por la profundidad y el gusto por el movimiento. En dicho camino, las etapas a recorrer pasan por la eliminación de todos los obstáculos, con la desaparición de la figura humana, pues nada ha de interferir entre la obra y el espectador, y por la conquista del silencio. Aquí m reencuentro con el gran Eduardo Chillida. Por la búsqueda de la luz, pero también con la destinada caída en la oscuridad. Una plástica desgarradora y desgarrada en emociones que aspira a conformarse plásticamente de manera integra y unida -hasta la mera disposición de los cuadros en las galerías y museos preocupaba al autor-, pero que se expresa premeditadamente de modo ambiguo. Ya lo decía el propio artista: “Diles que he estado pintando templos griegos durante toda mi vida sin saberlo.” Por eso Rothko nos habla de la muerte, de la liberación de los egoísmos humanos, de la ética antes que la estética. Un canto desde las emociones y sensaciones, y a las emociones y sensaciones. Adentrados, por la fuerza de su conjuro, en las simas profundas de la emotividad. Tenía razón otra vez Rothko, al afirmar que sus lienzos “no eran cuadros”, sino “retratos”, “estados del alma”.

De estas y de otras cosas, hablan los dos libros mencionados. El primero, desde la sesuda óptica del profesor universitario de estética. El segundo, desde la argumentación erudita del escritor de minorías. El primero, bajo la inflexible fórmula del ensayo. El segundo, bajo las indiferenciados límites de la novela. El primero, de una manera acusadamente mental, en una explicitación de un discurso metodológica y epistemológicamente formal. El segundo, de modo más humanizado, en búsqueda quizás de un exorcismo personal salvador. Una salvación en la que ya no creía sin embargo Rothko, cuando decidía suicidarse un veinticinco de febrero de 1970

Por mi parte, siempre que me acerco a su obra, me sucede lo mismo. Me sigue atrayendo su originalidad y honestidad, así como su sacrificio y trascendencia. Y eso que aquí, entre nosotros, hay escasísimas oportunidades de poder ver sus trabajos. Salvo su presencia en alguna privilegiada colección, como las de Carlos March, Juan Abelló y Alicia Koplowictz, y alguna que otra representación en una exposición sobre pintura norteamericana contemporánea, poco hay. Lo que favorece, desde luego, la mitificación del artista nacido en Letonia. No hay como manifestarse escasamente para entrar en la senda de los oráculos deseados por el gran público y la selecta crítica. Aunque si les soy sincero, siempre pienso lo mismo últimamente, al detenerme en los títulos que reseñan la propiedad y ubicación de sus millonarios lienzos. ¡Qué envidia no ser rector o presidente de alguna de las afortunadas universidades americanas que gozan de obra suya!: las Harvard, Chicago- Smart Museum-, Santo Tomás en Huston… son mis continuas pesadillas. ¡Así cualquiera se sitúa en los mejores rankings universitarios!


Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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