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Ora et labora: rezando a nuevos dioses y trabajando para viejos tiranos

lunes 18 de octubre de 2010, 20:25h
Todo el mundo está de acuerdo en que es necesario reformar el mercado laboral. Cada uno mirando por sus intereses, claro está. Todos tienen la clave para solucionar la presente coyuntura económica y hacer frente a ese viejo enemigo llamado 'paro'. Probablemente lo más indignante de todo esto es ver que mientras unos hacen cola frente a las oficinas del INEM, otros pasan hasta la mitad del día dentro de las de su empresa.

La Modernidad y su recalcitrante racionalismo nos han llevado a depender de meras abstracciones: Se piensa en las empresas, se piensa en crear empleos, se piensa en las posibles dinámicas de los mercados, conceptos superiores a nosotros que parecen comandar nuestras vidas. Sin embargo, parece que nunca se piensa en las personas. La democracia política no puede luchar contra la tiranía de unas condiciones laborales cuya responsabilidad siempre se achaca a la dura competencia del libre mercado, pero todos sabemos que detrás de dichas decisiones siempre se esconde alguien que rara vez es víctima de la precariedad.

Poco inteligente debe ser la especie humana si en tantos siglos no ha logrado superar la concepción medieval que en un discreto segundo plano nos susurra aquello de que el mundo es un valle de lágrimas al que hemos venido a sufrir, y sufrir y sufrir. ¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? Puestos a señalar culpables de nuestras desgracias deberíamos pensar también en nuestros hábitos de consumo, que juegan un importante papel en el hecho de que estemos dispuestos a pasar más de ocho horas encerrados en el puesto de trabajo.

Aspirar a una semana laboral más ligera no es un objetivo destinado a contar con más tiempo de ocio. Tenemos que quitarnos esa dualidad de la cabeza. Se trata también de obtener más formación complementaria, tener horas libres para buscar otro trabajo que nos interese más, atender a nuestros familiares y amigos, disfrutar y crear cultura, tener tiempo para pensar, para aprender y para involucrarnos en los asuntos públicos. Muchas personas arrastran su empleo como una cadena que le impide realizar muchas otras actividades. Se dice que el trabajo es una de las causas de las bajas tasas de fertilidad: las parejas españolas no pueden criar hijos. Lo que me extraña es que tengan tiempo para intentar tenerlos.

La falta de tiempo también nos lleva además a soportar una vida de segunda clase en la que no podemos organizarnos de forma adecuada. No sólo damos por algo normal la horrible tendencia hacia el fast-life, los ases del mercado se aprovechan de ello y nos venden estupendas soluciones y sustitutos. Nos vemos así obligados a recurrir a la comida basura (restaurantes de comida rápida, alimentos precocinados), al rechazo de nuestras capacidades artesanales (horribles muebles de montaje instantáneo, compra de prendas que tradicionalmente se confeccionaban en casa) a las irresponsables tecnologías de la velocidad (AVE, uso innecesario del avión), etc.

Los dos tiempos de la vida contemporánea, consumo y trabajo, parecen disputarse a esos individuos que pululan perdidos formando los mercados. Y es que sin consumo no hay trabajo y viceversa. Lo que seguro no parece que habrá a este paso, serán parcelas de nuestras vidas que no hayan sido conquistadas por la lógica de la oferta y la demanda. Queremos empleo, queremos trabajar y ganar, mucho, mucho dinero, pero... ¿Para qué? Quizás así ganaremos el doble pero viviremos la mitad.
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