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La “hubris” de Kirchner

jueves 28 de octubre de 2010, 02:31h
Según los griegos, la “hubris” era el mayor de los pecados porque la pretensión de aquellos que lo cometían era igualar a los dioses por creerse más allá de la condición humana. Las tragedias griegas desplegaron, cada una a su manera, un argumento común: el inexorable castigo de los dioses a todos los que fueran tan soberbios como para invadir su territorio. También Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso cuando, siguiendo el diabólico consejo de la serpiente, supusieron que, si desobedecían a Jehová, serían “como dioses”. En la mitología y en las tragedias griegas, el castigo de la “hubris” recaía sobre reyes y guerreros porque sólo ellos eran capaces de abrigar en sus pechos la arrogancia que acompaña a los poderosos. Homero cuenta cómo el orgulloso Aquiles unció a su carro de combate el cadáver del valeroso Héctor, mancillándolo sin razón y sin piedad e incurriendo así en la “hubris” que la diosa Némesis, la encargada de las retribuciones, sancionaría con la propia muerte del héroe transgresor a cargo del arco y la flecha de Paris, el vengador de Héctor.

Escenas como ésta se han repetido mil veces en la historia. Los políticos, esos buscadores del poder, se dividen en dos clases. Los moderados, esto es los republicanos, sólo aspiran a ejercer el poder dentro de los los límites y los plazos establecidos por la Constitución. Némesis, por eso, los respeta. Pero también hay políticos que, poseídos por la “hubris”, apuntan a un poder sin límites y sin plazos reflejando una vocación ya no republicana sino tiránica. Muchos Héctor yacen como consecuencia a sus pies hasta que Némesis, finalmente, los alcanza.

A casi tres mil años de distancia, la clásica tragedia de Aquiles se acaba de repetir en la Argentina. No bien llegó al poder en 2003, Néstor Kirchner concibió el proyecto de retenerlo sin límites y sin plazos, ignorando que estaba actuando en el el marco de una democracia. La suya fue por eso, mientras duró, una tiranía intrademocrática. “Tiranía”, debido a la obsesión por el poder que trasuntaba. “Intrademocrática”, porque su extravagante designio, al igual que el de su mentor el venezolano Hugo Chávez, creció como un tumor en el seno mismo de la democracia.

Puesto en este empeño sobrehumano y por ello inhumano, Kirchner pasó a destruir uno por uno a sus adversarios como si fueran enemigos pensando quizás, al revés de Clausewitz, que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Lo notable fue en su caso que, en aras de su furia política, Kirchner ni siquiera respetó los límites que le sugería su propia cuerpo, ya que desoyó reiteradamente los consejos de sus médicos, que lo habían exhortado a la moderación después de varios accidentes cerebro-vasculares. El ex presidente, que retenía el poder absoluto a través de su esposa y sucesora Cristina Kirchner, fue en cierto modo su propio enemigo, su propia Némesis. Por eso un país tan “latino” como el nuestro, se halla en estos momentos bajo el tremendo impacto emocional de la muerte súbita de Néstor Kirchner, quien había sido hasta hoy su principal protagonista, ya que todo giraba detrás de él o en contra de él. ¿Qué harán de ahora en más sus seguidores, que se han quedado sin conductor y sus opositores, que se han quedado sin enemigo? Esta pregunta nos sugiere que la muerte de Kirchner, como las tragedias griegas, ha tenido cierta grandeza.

Pero Néstor Kirchner no estaba solo en su pretensión absoluta de poder. Lo acompañaba su esposa, Cristina Kirchner. Había una estricta división de tareas en el interior de la pareja presidencial. Mientras Néstor mandaba, Cristina hablaba. ¿Le será posible a la actual presidenta y ahora viuda de Kirchner mantener, sostener por sí sola la ciclópea tarea que le acaba de transmitir su esposo?

Esta pregunta se abre en dirección de dos escenarios contrapuestos. Podría ocurrir que Cristina, reduciendo sus ambiciones a la medida de lo humano, inaugurara un diálogo sincero con las fuerzas opositoras, reencauzando el país en dirección del ejercicio democrático. Esto sería, naturalmente, lo mejor para la Argentina, que de este modo se encaminaría sin tensiones a una elección presidencial “normal” en 2011 en la cual la propia Cristina podría participar porque constitucionalmente puede ser reelecta por única vez. ¿Pero es esto a lo que aspira Cristina o Kirchner le ha transmitido la furia del poder total, lo cual la llevaría a pretender ahora para ella la tarea “tiránica” que dejó inconclusa él?

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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