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El manicomio mediático español

viernes 29 de octubre de 2010, 21:37h
Como diría con sorna Luis Ciges, el entrañable criado de los Marqueses de Leguineche en La escopeta nacional de Berlanga, el truculento minifundio ibérico de los Media es lo más parecido a la “descojonación”.

Hace medio siglo, Televisión Española, «botín de guerra» (Montanelli), era «la mejor TV de España», para gloria y lucimiento de «Paca la Culona» (Queipo de Llano dixit), propaganda de Estado para Forrest Gump.

Cincuenta años después, «under the same moon» nos encontramos. Los medios de comunicación (públicos, privados, concertados, medio-pensionistas, españolistas, regionalistas, folcloristas o cantonalistas) se cuentan por dodecasílabos, y donde ayer se hablaba de «la televisión del régimen», hoy se habla de «televisiones, radios, periódicos y libelos de partido».

Mal que nos pese, el «avispero mediático» sefardí (Raúl del Pozo) es como la «Historia de la locura» de Michel Foucault, pero a lo bestia y en clave de risa, pues este cortijo nuestro sigue siendo la "tierra de los conejos" que describieron los fenicios: un ruedo pastueño de guerras mediáticas, componendas, antenicidios, espectrazos, decretazos, platajuntas, listas blancas y negras de gacetilleros, compradores de silencio, orgías desenfrenadas de bragas de Loewe, y falsas promesas incumplidas de regeneración democrática. Como en otras etapas oscuras de la historia, a la sombra del descabellado toro de Osborne vuelven a correr malos tiempos para la libertad de expresión.
Que, rebasado el siglo XX, existan en la Europa de la fracasada «Televisión sin Fronteras» 6.500 operadores de televisión y en España más de 400 televisiones de distintos ámbitos territoriales y colores políticos, no quiere decir ni mucho menos que esté garantizada la pluralidad y la libertad de información, por más que se empeñen en pintarlo de color rosa pantera en Moncloa, o en ese pantano lleno de cocodrilos (el «lobby feroz» de UTECA) que defiende legítimamente los intereses corporativos de las televisiones comerciales.

De un tiempo a esta parte, la fisonomía mundial de la industria informativa y del entretenimiento ha cambiado tanto, que tendría que recurrir a la prueba de ADN para reconocerse a sí misma. Más, mucho más debiera asustarnos la fiereza de los monopolios de conciencia, propaganda e idiocia, que el león manso de La Metro.

Claro que en situaciones melodramáticas como las que estamos viviendo en esta «Era de pensamiento unívoco inequívoco», sólo caben dos explicaciones: o bien que ya nadie se molesta en pensar, o que alguien piensa por todos los “ciudadasnos” (el vulgo rocinante que claudica al abrevadero del sillon ball), según la descriptiva recreación equina de Sánchez Dragó. Como Carmen Rigalt, soy de los que opinan que la necedad debería estar penada aunque fuera con un buen trago de aceite de ricino.

Pero sucede que en lugar de atender a la esencia de la discusión, siempre andamos enredados con frivolidades que sólo contribuyen a desviar el dardo de la diana, como la última pataleta de Prisa por el tiburoneo de la Cope desmantelándole el sarao de Carrusel Deportivo y arramblando con toda la tropa de «individuos» que han osado traicionar la causa polanquiana. Ni el Cardenal Segura se hubiera atrevido a tanto.

¡Ay, pena, penita, pena! dan los legatarios del Imperio cuando van llorando por las esquinas, casi con tan honda amargura como gemía La Faraona, ahora que como escribe Anson (a quien me gustaría dedicar mi primer divertimento en El Imparcial), el presidente circunflejo ya no depende de ellos para ganar las elecciones.

González regaló a Polanco oro, incienso y mirra; Aznar superó la dote de Felipe, no sin antes haber fracasado en su intento de crear una Contra-Prisa; y Zapatero se ha limitado a bendecir y engordar el usufructo mediático de sus ilustres predecesores, no sin antes sacarse de la chistera una Sexta carta marcada (el As de Roures, el Televisionarium de La Corte del Faraón del casto José) por si acaso había necesidad de bajarle los humos de la decadente prepotencia a los desorientados herederos de don Jesús. Bien merecen los tres el premio Ondas ex aequo por el zarrapastroso testamento audiovisual que nos han dejado.

Ambicionábamos la revolución mediática -¡qué ilusos!-, y camino llevamos de acabar peor que estábamos en los años aciagos del NODO. Sí, ya sé que no es corporativo plantearse semejante impertinencia, pero… ¿Cuántos medios de comunicación ni son lo uno ni lo otro, sino meros instrumentos de presión concebidos para conseguir rédito empresarial, que sucumben a la tentación de poner al Gobierno de servicio a su servicio, a cambio de inmunidad y protección editorial?

La tragedia no se masca en las peleas de verduleras a las que asistimos a diario en la noria mediática, sino en la descorazonadora conclusión de que muchos periodistas (doy por hecho que sólo se ofenderán los mamporreros del poder y los militantes cortesanos que se sientan aludidos) se han transfigurado en diputados cuneros sin escaño que ejercen en las tertulias como interlocutores de los partidos y se expresan con mayor vehemencia inclusive que lo haría Pajín y Cospedal, convirtiendo el Big Brother de La Milá, ya puestos a comparar, en el programa de culto de la parrilla.

España, país -¡qué país!- de opinadores y porteras a cuyo lado la entrañable portera de André Gide es Aristóteles. Como escribe Pedro G. Cuartango, la profusión de la oferta mediática disimula su pobreza cualitativa en un universo regido por la banalidad.
No sé si es bueno o malo lo que está ocurriendo, o sencillamente vomitivo pero irremediable como la satírica designación de Oliart como presidente de RTVE. Está tan devaluada la profesión, que gobierno y oposición recurrieron al IMSERSO y se permitieron la surrealista desfachatez de encomendar el «BOE audiovisual» a un honorable jubilado ignorante de los Media, esgrimiendo como aval el señuelo de la imparcialidad geriátrica, o sea, el recurrente eufemismo del “hombre de consenso”, pues por mucho que rebuscaron no encontraron un propagandista que no estuviera marcado por el hierro candente de alguna ganadería política, o sea, un profesional independiente y además capaz. Precisamente por ser lo uno y lo otro, harto de intrigas, se largó el que había (mi querido Luis Fernández) como en su día hizo Camacho en el Madrí galáctico, antes de que siguieran tomándole el pelo con el cuento chino de los trapicheos y la desgubernamentalización.

Pluralismo ideológico, gran farsa. Modelo concesional, la perversión del favor por favor en grado superlativo. Cama redonda, bacanal de castas, políticos, periodistas y gente de mal vivir. Stalin: gacetilleros, ingenieros de almas. Homenaje a Erasmo (José Luis Gutiérrez). Liberalización, involución. Apesebramiento institucional. Hoy por ti, y mañana por mí. Cosa Nostra (…) A falta de unos buenos ejercicios espirituales dirigidos por Barriocanal, el Cuarto Poder está pidiendo a gritos su refundación, o cuando menos una sátira inmisericorde de Juvenal.

José Antonio Ruiz

Periodista

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