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Derechos Humanos: un concepto devaluado

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
domingo 07 de noviembre de 2010, 19:04h
Tal y como el materialismo marxista surgió de la Europa del siglo XIX, de ese continente nos continúan remitiendo, para consumo inmediato de los latinoamericanos, otras corrientes culturales materialistas. Pero estas nuevas tendencias no son inconformidad contra la miseria, como sucedió con el marxismo, sino por el contrario, son una versión light resultado de la abundancia económica propia de las actuales sociedades de consumo. Y como en la América latina deglutimos lo importado sin cuestionar, hay quienes pretenden imponerlas a la brava. Cuentan con la connivencia de personas educadas para quienes les parece consecuente imitar las tendencias internacionales, siempre y cuando hayan llegado arrastradas por la última ola ideológica del mundo desarrollado.

Corrientes culturales alimentadas por multiplicidad de fuentes y medios. Si hubiese que resumirlas en una frase, podríamos afirmar que -desde la perspectiva filosófica-, se enfocan en una cosmovisión materialista de la existencia; desde la cultural, en el goce de los sentidos y su retribución inmediata. Como no tendría espacio para detallar cada una de sus manifestaciones, me limitaré a denunciar una de sus más perniciosas facetas: la perversión del concepto de derechos humanos y civiles, del que estas corrientes han abusado, desnaturalizándolos. Un ejemplo para ilustrar la idea. La filósofa post estructuralista Judith Butler, declaró a medios de prensa internacionales, que el siguiente paso de la lucha por “la igualdad de los derechos” consiste en la ruptura del concepto actual de dependencia, parentesco y alianza sexual. Entre otras ocurrencias, confronta el concepto de matrimonio restringido a dos personas, por considerarla contrario a “la igualdad de los derechos”.

El mismo silogismo absurdo que ha prohibido en ciertas naciones Europeas la educación formal de los valores espirituales y que, contra el criterio del 84% de la población, llevó a la Corte Europea de Derechos Humanos a prohibir los símbolos cristianos en las Escuelas “por considerarlos violatorios de los derechos humanos”. Así secuestró ese Tribunal la constitucionalidad europea. Sobre esa línea se encarrila también la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quien ahora pretende condenar a Costa Rica dictando juicio absoluto sobre un debate tan inconcluso e incierto como el de la vida de los embriones mediante la fertilización in Vitro, técnica que el Tribunal constitucional costarricense ha prohibido, por considerar que viola el derecho a la vida y transgrede nuestra tradición de valores judeocristiana. Todo ello invocando una desnaturalizada protección de los derechos fundamentales. Es una corriente que arbitrariamente ha decidido desconocer el verdadero origen de los derechos humanos, prohijando la falacia de que son una derivación de una suerte de moral secular autocontenida en sí misma.

Así, se niega una verdad histórica indiscutible: que la piedra angular de los derechos humanos se funda en una convicción absolutamente espiritual, la de la dignidad humana derivada del concepto judeocristiano de igualdad moral. Algo que hoy ha sido olvidado. El historiador Sommerville relata que las civilizaciones de la antigüedad no podían concebir el mensaje cristiano pues no comprendían cómo las sociedades podían sobrevivir si no sustentaban su fuerza en el reconocimiento de la desigualdad humana. Por la realidad material de que los seres humanos poseemos diferentes condiciones y cualidades, las culturas precristianas negaban la idea de igualdad que hoy nos parece tan indiscutible a quienes hemos nacido en sociedades de origen cristiano. Contrario a la creencia generalizada, aún en las admiradas Grecia y Roma antiguas, la vida humana tenía poco valor. Allí eran socialmente aceptadas, prácticas como el infanticidio, la crueldad contra los desventajados, o la pederastia. Fue el ascenso de la cristiandad lo que acabó con eso. Incluso el embrión filosófico del constitucionalismo y su sistema de garantías y limitación del poder, es una derivación tanto de la revolucionaria concepción cristiana del “líder servidor”, como de la convicción de igualdad sustentada en el concepto de humanidad creada a imagen y semejanza de un Ser ético. Ambas después desarrolladas doctrinalmente por los pensadores clásicos.

Sin embargo, hoy estos valores parecen tan indiscutibles, que caemos en el espejismo de que podemos deshacernos de la ética que los sustentó sin afectar nuestra calidad de vida. Pero aún la historia reciente demuestra que, desarraigados de su base espiritual, estos valores también desaparecen. Y si ahora resulta que la cultura cristiana amenaza los derechos humanos ¿por qué entonces la plena libertad individual se le debe a ella? En las civilizaciones precristianas, la idea de libertad se limitaba a la posibilidad que tenían algunos habitantes de las antiguas comunidades de participar de la decisión de ciertos asuntos comunes o de Estado, -como sucedía en la Grecia antigua-, sin embargo, el consenso político precristiano concebía al ciudadano como una pertenencia del poder soberano. Así mismo, la valía del ser humano dependía de sus capacidades y posesiones. Es la cultura cristiana la que vuelca aquella concepción y promueve la moral individual como virtud del carácter. No del intelecto, ni del poder. Esa ha sido la más grande y silenciosa revolución de la historia universal. La objeción real que se oculta, son las fronteras morales que impone la ética cristiana. Cuando J. Ingenieros sostenía que “las manos que temblaban no podían levantar los estandartes”, con la metáfora afirmaba que las sociedades que eran vacilantes de su herencia espiritual estaban vencidas.
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Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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