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reseña

John Irving: La última noche en Twisted River

sábado 13 de noviembre de 2010, 15:29h
John Irving: La última noche en Twisted River. Traducción de Carlos Milla Soler. Tusquets. Barcelona, 2010. 654 páginas. 26 €
La novela popular norteamericana, desde Scott Fitzgerald y Faulkner hasta la actualidad, parece recorrida por un lugar común: la tarea de tejer narrativamente una identidad para un país inmenso que, sin habérselo propuesto (en el seno de una cultura intransigentemente individualista), se ve de repente convocado a la tarea de comandar el mundo entero. Es la ambigua situación de un Estado casi impotente para controlar un país insondable en sus territorios y sus gentes, que tiene que ponerse a la altura de una responsabilidad planetaria (aun de naturaleza imperialista) y convoca a ello a una nación casi inexistente, embrionaria, refractaria a reconocerse a sí misma como tal. La literatura se hará eco tanto de esa necesidad como de esta contradicción.

Pero toda la novelística occidental se ha fraguado, asimismo, en torno a la cuestión de la identidad. El Quijote sacudió la identidad de la monarquía universal católica y la de los individuos abrumados ante la sociedad depredadora de libertad a través de una tragicómica road story de jamelgo y jumento. Los estadounidenses de los siglos XX y XXI redescubren este género hispánico, pero sienten el apremio por albergar en sus narraciones de sujetos perdidos y desdichados a un personaje más ambicioso: la propia historia contemporánea de su país y de su nación apenas esbozada. Tan descomunal y desproporcionado es el intento que sólo se puede saldar con violencia pura. Por eso las road stories estadounidenses están llenas de sangre, que le salpica al lector en el regazo.

El libro de La última noche en Twisted River, del celebrado autor de culto John Irving (uno de los poquísimos que conocen el secreto de unir la calidad literaria y el éxito masivo), cumple a la perfección con estas condiciones, pero es igualmente capaz de ir un paso más allá: una cuidada construcción argumental, de leve sabor a western crepuscular, puesta al servicio de la grandeza de carácter de los personajes –y su testarudez– en su lucha contra las acechanzas del destino, tan unido a los pliegues de su personalidad que es en realidad una lucha contra sí mismos; el protagonismo añadido del paisaje agreste, de la multiplicidad étnica y cultural, de la fidelidad a ciertos lazos (familiares o de amistad) que unen a la existencia a los personajes; y una sugestiva reflexión sobre la escritura narrativa incorporada al propio curso del relato, un artificio no lejano al de las menciones que en el Quijote hacen los personajes sobre el propio libro en el que están incluidos, convirtiéndose así súbitamente en conscientes conocedores, junto con el escritor, de su misma singladura literaria.

Todos los ingredientes, en fin, del arquetipo de la novela moderna, centrada en la temática de la identidad que se afana en no desvanecerse en el caos de los remolinos sociales o históricos; tal como si Cervantes se hubiera reencarnado en un sagaz autor contemporáneo norteamericano de novela popular.

Por José Antonio González
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