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Catalanes en campaña, catalanes en las urnas

domingo 28 de noviembre de 2010, 22:40h
Tarde de domingo, en Cataluña, sin fútbol. Guerra en Corea, crisis en Irlanda y elecciones tanto aquí como en Haití.

Campaña electoral vibrante y lujuriosa, muy rijosa, la que hemos vivido por estos lares. Campaña, en la que, contra el mundo, o como mínimo al margen de él, se ha debatido no ya sobre qué somos sino sobre hasta qué punto nos roban por ser lo que somos; a saber: trabajadores, ahorradores, emprendedores, solidarios. Nos roba, por si les quedaba alguna duda, España. En materia estrictamente interior la cosa estaba clara. Crisis económica, agitación con motivo de la sentencia del Tribunal Constitucional, ineficacias y disonancias varias... El cambio era urgente porque el galimatías del tripartito era insufrible. Ellos mismos -excepto los ecosocialistas de ICV- lo dijeron. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Tras dos intensas semanas ha llegado el gran día. El pueblo ha hablado. Una parte de él. Nada desdeñable dadas las circunstancias, los tiempos y las costumbres. Todos los candidatos, que se sepa, han acudido a las urnas. En familia. La propia, se sobreentiende. Han aprovechado la presencia de las cámaras para llamar a ejercer el voto. En las próximas elecciones convendría que un movimiento orgullosamente abstencionista denunciase ante la comisión correspondiente tamaño desafuero. ¡Han contado con todo el tiempo del mundo para abusar de la paciencia del contribuyente-elector y siguen en ello hasta el último momento!

La tarde transcurre sin incidencias. Los invidentes, en algunos colegios, han podido votar en secreto gracias a la implantación del sistema braille. Los únicos problemas han tenido lugar en algunas de las mesas electorales gestionadas electrónicamente. La conclusión es que no hemos llegado a los niveles tecnológicos de Brasil pero, afortunadamente, tampoco tenemos nada que ver, literalmente, con Haití. Allí, a mediodía, todos los candidatos, menos el que gana, han denunciado un fraude masivo

La tranquilidad se rompe. El corresponsal de TV3 en la isla de Yeongpyang tiene que correr hacia el refugio mientras suena la alarma -por cierto, ¿qué hace el corresponsal de una televisión autonómica en el Mar Amarillo mientras a mí me reducen, solo por ahora, el 7% del sueldo? Sus colegas en los estudios centrales no pierden la compostura y nos informan, con mucho detalle, de la intensa actividad a la que se ven sometidos a causa de las elecciones nacionales. Más sobresaltos. Hay que darlos antes de que se abran las urnas para el anhelado recuento. Así nos enteramos que los ministros de economía de la Unión Europea se pasan la tarde buscando un acuerdo sobre Irlanda. Elena Salgado sostiene que la cosa no va con nosotros. Aproximadamente a la misma hora en que sabemos que se ha dado luz verde al plan de rescate para la verde Erin los informativos comentan, con entusiasmo, que la participación ha aumentado, en Cataluña, unos tres puntos en relación a las anteriores autonómicas. Al final será algo más. Estamos de enhorabuena coincidiendo con que los suizos aprueban en referéndum, en línea con lo que el xenófobo local Josep Anglada: expulsar a los inmigrantes que hayan delinquido. La página web de Wickileaks sufre un ataque justo antes de dar a conocer nuevos desafueros en Ultramar. ¡Qué tarde! Parecía plácida y se está agitando.

Pero, volvamos a las elecciones catalanas. “En este partido nadie va a casa a llorar”, se le oye decir a Mourinho. Creo que se refiere al clásico porque esta noche de domingo pintan bastos. Ha sido un plebiscito. Dan el primer sondeo en TV3: triunfo convergente y hundimiento socialista. Estrepitoso. Sin paliativos. El nacionalismo vuelve sin haberse ido. La izquierda, en consecuencia, desplomada. El masovero Montilla -“labrador que, viviendo en masía ajena, cultiva las tierras anejas a cambio de una retribución o de una parte de los frutos”, según la RAE- se tendrá que retirar a unos aposentos más modestos. El independentismo, como la materia, ni se crea ni se destruye: se transforma. No crean que se consume. En esta ocasión se ha expresado a través del laportismo, del Reagrupament (sic) de Joan Carretero o, no lo olviden, votando a CiU. El constitucionalismo parece hacerse algo mayor por la derecha: a ver cómo lo negocia ahora, aquí y en Madrid, con el lobby, que dijo Josep A. Durán i Lleida. En el centro izquierda el constitucionalismo es pequeñito, pero existe. Lo que no puede permitirse es presentarse dividido. Plataforma, el grupo de Anglada, no sale, por ahora. Durante una hora parecía que sí. El establishment democrático suspira aliviado. Vale más que se pongan las pilas. De aquí a nada tendremos unas municipales.

Artur Mas será, en definitiva, el futuro president. ¿Es Pujol que vuelve? Vayan ustedes a saber. Si ha dejado nunca de mandar, quiero decir.
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